Los renglones retorcidos de odios(os)

Quienes hayan tenido la enorme fortuna de seguirme por aquí saben que varias veces he mencionado que la ciencia en nuestro país no ha sido apoyada. No es un misterio, la ciencia nunca ha sido considerada como una parte importante, ya no digamos esencial, de los proyectos de país. Ha existido como un rubro, uno más de muchos, que hay que incluir y darle “algo de dinero” para que no se diga que no existe. Nunca se ha entendido a la ciencia como un ingrediente estratégico en el que se fundamenten todos los programas y proyectos.

Quienes me leen saben que digo esto de la importancia y sustancia de la ciencia no porque yo sea científico. Es precisamente por su relevancia que algún día decidí dedicarme a la ciencia. En otras palabras, esto no pretende ser una queja por pertenecer a sector que no ha sido tomado en cuenta, esto es una preocupación general de que, al no considerar la ciencia como una de las guías más útiles e importantes para el desarrollo del país, estamos destinados al fracaso. Si no lo cree, considere que la realidad actual del país es evidencia contundente del desinterés y poco entendimiento de ello que tuvieron los gobiernos del pasado.

Se habla de que en tal o cual administración se aumentó o disminuyó el presupuesto, que se crearon o cerraron centros, becas, etcétera. La verdad es que hay ciencia (básica, sobre todo) en México gracias a esfuerzos descomunales de personas que han logrado sobrevivir en un ambiente poco propicio, sobre todo fuera del centro del país (ahí sí han estado un poco más “protegidas”). También, y en mucho gracias a esas condiciones, se han desarrollado vicios, usos y costumbres dentro de las pequeñas comunidades científicas que afectan su desarrollo pleno y transparente, así como una enorme cantidad de simulación en lo que corresponde al supuesto “desarrollo tecnológico” y “aplicación” de la ciencia. Dicho de otra manera: existe ciencia en México. Poca, mal organizada y con problemas de crecimiento y perspectiva. Todo esto derivado de una casi nula inversión y un definitivo desinterés y desconocimiento por parte de quienes han gobernado.

Hoy no es diferente. Bueno, quizás un poco.

Se esperaba una oportunidad. No sucedió. Y no es como antes, lo percibo diferente. Antes no significábamos nada, o casi nada, que no es lo mismo, pero es igual. Ahora tengo la sensación de que significamos algo negativo, malo. No solo innecesario, sino contrario y opuesto a la sociedad. Ahora parece que la ciencia, y más concretamente quienes nos dedicamos a ella, no tenemos ningún respeto, interés ni sensibilidad por los problemas que aquejan a la sociedad. No, al parecer somos personas que estamos en “nuestro mundillo”, despreocupados y siempre pidiendo dinero. No queremos incomodarnos; gozamos de comodidad y no la queremos perder. No nos importa nadie. Bueno, tampoco, al parecer lo que sí nos interesa es apoyar a las grandes empresas e imperios a retener su poder y opresión sobre los demás. Al parecer, estamos enterándonos en este momento, de que un gran número de personas que nos dedicamos a la ciencia, hemos estado manipuladas, engatusadas y “ensuciadas de la mente” con ideas que solo benefician a los poderes opresores de la sociedad y de la naturaleza. Somos odiosos, la verdad.

Otro aspecto (relacionado) que en lo personal me inquieta mucho: uno de los factores que desde “pequeño” identifiqué como preocupante en nuestra falta de apropiación de la ciencia y el conocimiento era, aparte de una educación deficiente y desinteresada, el de una gran afección por la superstición. Eso no es exclusivo de México, pero es fuerte en nuestra sociedad. Ese tipo de pensamiento no solo se contrapone con el pensamiento científico, sino que al ser tomado en serio por muchas personas, atrofia el desarrollo social. Hoy parece institucionalizarse. Si es así, será devastador.

Al margen de todo esto, que al final del día es solo una expresión de desilusión, lo que queda evidenciado de manera contundente es que la ciencia, y su comunidad mexicana, son consideradas completamente innecesarias para el futuro de este país. Dos renglones, no perdón, menos, cinco renglones, lo evidencian.

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