Escepticismo

septiembre 21, 2020

Sabemos poco. De hecho, casi nada, que no es lo mismo, pero es igual. Gracias a lo poco que sabemos hemos avanzado como sociedad inmensamente y vivimos mejor, a pesar de que a veces nos parezca – “creamos” – que no. Sabemos poco y lo sabemos desde hace poco. Por “saber” me refiero exclusivamente a la gama de ideas y conocimientos verificables y reproducibles que tenemos. Incluyo también a algunas de las técnicas y métodos que hemos desarrollado para intentar saber más. Me refiero, entonces, a lo más confiable, a lo que sí podemos asegurar.

Existe desde luego una inmensa gama de conocimientos anecdóticos y tradicionales que usamos todos los días y que necesariamente “creemos”, ya que caen en alguna de las siguientes clases: no se han podido comprobar con las técnicas actuales y tendremos que esperar más tiempo, se han comprobado que son falsos, o simplemente no han sido puestos a prueba aún. A veces sirven, a veces no. Dependiendo de la experiencia (anécdota) personal o de grupo, si funcionaron se vuelven verdades difíciles de cuestionar.

La mayor parte de la vida del ser humano (alrededor de unos 150,000 años) hemos vivido y salido adelante con estas “verdades” sin confirmación (algunas incluso demostradas como falsas). Una vez que descubrimos cómo encontrar “verdades” un poco más confiables y verificables, hace apenas unos pocos siglos, la vida se transformó de manera radical. En particular, de manera tangible, la esperanza de vida subió dramáticamente (en todo el mundo, incluyendo los lugares más marginados), debido en parte gracias a los conocimientos sobre el cuerpo humano, las vacunas y al asociado a la necesidad de tener agua potable.

Un dato curioso, que quizás tome por sorpresa a algunas personas, es que, en términos históricos registrados, el mundo ha estado viviendo, en los últimos 50 – 60 años, la época más pacífica en su historia. Estoy casi seguro que las “noticias” y la situación local (es decir, la cotidiana) puede hacer parecer que el mundo nunca había sido tan hostil y devastador, pero no, resulta que no es así.

Creer o no creer. Una de las características esenciales para la generación de un pensamiento crítico es el escepticismo, es decir, la capacidad de dudar. Claro que dudar por dudar no es mejor que creer por creer, no. Se trata de que ante una aseveración se dude de su validez para luego, por todos los medios posibles, buscar información y evidencias que nos permitan llegar a determinar si efectivamente la tiene. Una persona que simplemente duda por dudar no es una persona escéptica. Yo le llamaría incrédula. Así como a una persona que cree por creer, le llamo creyente.

¿A qué conclusión podemos llegar cuando, escépticamente, buscamos respuestas? Para una persona genuinamente escéptica existen tres posibles resultados ante una duda: 1.- existe evidencia a favor que puede entender claramente y/o que es compartida por personas expertas en el tema en discusión, y por lo tanto deja de dudar y la acepta. 2.- existe evidencia de que la aseveración es incorrecta o falsa, por lo tanto, deja de dudar y la rechaza. 3.- No existe evidencia suficiente para desechar o aceptar la aseveración y por lo tanto se queda con la duda sin tomar partido en alguna dirección, ni aceptar cualquier explicación como válida. Simplemente no sabe.

Es difícil tener escepticismo. Es difícil por varias razones. Primero, aún siendo genuinamente escéptica, la persona muchas veces tiene una idea o preferencia sobre el tema. Si la evidencia le contradice o no es determinante, tendrá que aceptar que su “sentir” no es suficiente. Por otra parte, nuestro cerebro busca respuestas. A veces, para no gastar mucha energía (es decir, por flojos), algunos de nuestros cerebros se “conforman” con una respuesta, la que sea. Cualquier cosa en lugar de la duda. Da la impresión de que para nuestro cerebro la duda tiende a generar angustia e inquietud. Así, en lugar de sufrir esa angustia, se inventa (o acepta) un montón de cosas – algunas de ellas rarísimas, algunos otras muy intuitivas y a veces funcionales – que le permite estar en tranquilidad. Aunado a esto tenemos el problemita que mencioné arriba, que consiste en que, en realidad, sabemos poco y por lo tanto hay pocas respuestas definitivas a la mayoría de las preguntas humanas. Como podrá ver, es difícil tener escepticismo. Es más fácil tener la razón. Siempre. Aunque no la tengamos.

Entonces, una persona escéptica duda, investiga y decide si acepta, no acepta o se queda dudando una cierta aseveración. No debe confundirse con una persona que no quiere creer nada. Si alguna persona que usted conozca le dice “yo no creo en las vacunas” o “el tapabocas no sirve de nada”, esa persona no es escéptica, simplemente no ha investigado o, si lo ha hecho, no quiere reconocer su equivocación. Las vacunas son maravillosas y los tapabocas ayudan a disminuir los contagios.


Vuelve “El ruido cuántico de la radio”

agosto 4, 2020

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“Tocata y fuga” o “comentarios sobre un nacionalismo barato”

julio 30, 2020

Muchas veces he escuchado la frase fuga de cerebros para referirse a la situación en la que personas altamente capacitadas o con un gran potencial realizan su vida productiva en un país distinto al que nacieron, sobre todo si nacieron en un país subdesarrollado. Como podrán imaginar, en el ámbito científico es común encontrar esa situación y por ende el uso de esa frase.

¿Es la fuga de cerebros un problema?

La ciencia es una actividad internacional, o dicho de otra manera, es una actividad sin nacionalidad. Bueno, más o menos, al final es imposible quitar por completo los sentimientos de arraigo y nacionalismo por completo. También, el hecho de que ciertos países sean los que producen la mayor parte de los resultados (e invierten la mayor parte de los recursos), ayuda a darle tintes regionales a la ciencia y su desarrollo. Sin embargo, en la mayoría de los casos, incluyendo los de esos países, las personas que llevan cabo las investigaciones, creaciones y descubrimientos, son de muchas partes del mundo y hay una gran diversidad.

Por otro lado, no debemos olvidar que las personas que nacen en países no desarrollados tienen muchas menos posibilidades de obtener una educación adecuada que les permita acceder a una vida en la ciencia (y a cualquier profesión, pero me enfoco en la ciencia). Ese es un reto que, en nuestro país, debemos enfrentar y tratar de vencer si queremos avanzar.

Cuando una persona de un país como el nuestro decide dedicarse a la ciencia (en el caso de haber tenido la enorme fortuna de estar en esa condición) debe tomar toda una serie de decisiones relevantes para su futuro. En particular, varias de esas decisiones están relacionadas con el lugar en el que debe/puede prepararse. Si tiene la suerte de ser bien orientada, entenderá rápidamente que lo que más le conviene, en términos de formación integral y de nivel, es realizar su doctorado en alguna institución de uno de los países más desarrollados (desde luego en una buena institución). Si logra hacerlo, ya sea con el apoyo de su país o, mejor aun, del país en donde estudiará***, se dará cuenta inmediatamente de que las condiciones de trabajo y posibilidades de desarrollo existentes en esos lugares son abismalmente diferentes a las existentes en México. No solo en términos de infraestructura física, sino también en el ambiente y ecosistema de trabajo y desarrollo intelectual (y por ende en las posibilidades de contribuir a la sociedad).

*** Un comentario al calce: en países como el nuestro, cuando alguien logra estudiar y pensar en un posgrado en un área científica, es importante mencionar que es posible hacerlo sin tener los recursos económicos para pagar universidades extranjeras. Para lograrlo, “solo” hay que competir por becas extranjeras, es decir, hay que tener la oportunidad de poder hacer una buena licenciatura, lo que en nuestro país – y en otros como el nuestro – es poco probable pero posible. Otra manera es buscar apoyo de becas nacionales en conacyt.

Al terminar su doctorado tendrá que decidir dónde buscar un empleo. No será muy difícil imaginar que, de tener posibilidades reales de conseguir un empleo en una institución de mucho nivel en un país desarrollado, será difícil no aceptarlo.

Sin embargo, existen muchas razones por las que las personas deciden volver o no a su país. Muchas de esas razones no tienen que ver con el ámbito científico. Las que sí, también son variadas, pero insisto, si solo se tomara en cuenta el aspecto estrictamente laboral, académico, y además se tuviera la oferta de trabajo en una muy buena institución, seria muy difícil tomar la decisión de regresar a México.

Y no es porque la situación sea muy mala, no, es porque la situación es catastrófica. Hay espinas por cualquier ángulo que se tome. Por un lado, los salarios. La mayoría de las personas que nos dedicamos a la ciencia en el país laboramos en universidades, sin embargo, no se nos contrata como científicas sino como instructoras. Pagan lo mismo a una persona que tenga la formación como científica que a una que no, ya que en el esquema implementado por el gobierno para las universidades, se supone que todas las personas hacemos lo mismo y al mismo nivel** (un milagro, la verdad). Esto se trata de compensar con el Sistema Nacional de Investigadores, pero ni así se acerca a lo que debería ser (soy consciente de las excepciones existentes en algunas instituciones de país en donde sí hay diferencias y notables, así que obviémoslas, que para nada representan la realidad de la comunidad científica mexicana).

** Se maquilla la situación diciendo que todas las personas hacen investigación, solo que le llaman investigación a cualquier cosa, o a casi cualquier cosa, que no es lo mismo, pero es igual.

Pero eso, el salario, no es (ni por mucho) el mayor de los problemas. Para muchos eso no representa una razón suficiente para no intentar contribuir a la ciencia desde nuestro país. Al final, pocas personas se deciden entregar a la ciencia pensando en “hacer dinero”. El problema mayor es la inexistente infraestructura científica y tecnológica del país. La falta de recursos para proyectos de gran nivel, de medio nivel y de nivel individual, así como de recursos para garantizar una infraestructura física mínima que permita hacer ciencia a nivel competitivo de manera sostenida a lo largo y ancho de nuestro país (un país enorme, con una población grande, distribuida en toda su extensión geográfica). La falta de una política pública que dé certeza y su lugar a la ciencia como centro de desarrollo integral del país. Todo ello simplemente inexistente. Sí, inexistente, a pesar de todo lo que a veces se cacarea en los medios y dentro de la misma comunidad científica.

Y hablando de comunidad científica, hay otro aspecto por el cual muchas personas no vuelven. Nosotros mismos no somos capaces de generar ambientes de trabajo y organización con un mínimo de meritocracia y trasparencia. Las contrataciones son oscuras, empantanadas, arregladas. Aprovechando la obtusa burocracia y la conveniente dosis de ineptitud en los esquemas de contrataciones de prácticamente todas las instituciones, seguimos contratando y creciendo de la misma manera: endogamia académica, esquema de favores y conocidos (una versión patética de proteccionismo que nos permite auto-engañarnos/simular y decir que estamos apoyando a nuestros estudiantes), un fingido patriotismo y nacionalismo para no contratar a las mejores opciones, vengan de donde vengan, y luego, al mismo tiempo, con la contradicción característica de nuestro surrealismo (inmensa fuente de orgullo nacional), contratando supuestos gurús extranjeros que pa’ nada sirven.

Y luego, cuando a pesar de todo ello, las enchiladas, los tacos y la familia hacen que alguna que otra desventurada persona decida regresar, seguramente pasará por toda una serie de nefastas indignaciones y sinsabores administrativos. Si tuvo la suerte, el apoyo, la fortuna de que alguien se haya apiadado de ella (o que se aniquilen los esfuerzos de todos los grupos y hayan optado por contratarle para no contratar a los de los demás) y gracias a ello obtener la dicha de haber sido considerada merecedora de una “plaza” – de la que se espera esté agradecida y en deuda toda la vida – entonces, en ese momento, cuando pensó que ya había terminado el calvario, justo unos días después, se entera que no, que el infierno apenas empieza: descubrirá que se le llama investigación a casi cualquier cosa, que lo académico es completamente prescindible en comparación con otros intereses, que la calidad produce incomodidad en muchas personas, que en aras de “aplicar el conocimiento” y “desarrollar tecnología” se simula y desperdicia una cantidad asombrosa de recursos. Aprenderá de inmediato que intentar poner nivel en los esquemas es un pecado capital. Y luego, como postre, descubrirá que alguien inventó cosas raras como “Cuerpos académicos”, “perfil”, “estímulos docentes”, etc….

La fuga de cerebros no existe. Lo que existe es una deficiente y mediocre organización de la estructura laboral científica en el país. Debemos intentar contribuir a que cambie y dejar de acusar a lo tonto a jóvenes que están buscando su futuro y construir más conocimiento. No hay nada más noble que eso: el haber querido estudiar y aprovechar las oportunidades que pocas personas tienen. Debemos invertir en ciencia y en particular en la formación científica de un montón de personas para que, una vez formadas y preparadas, hagan ciencia competitiva y por ende útil, independientemente del área (disciplina) y lugar.

Para que lo hagan en México será necesario invertir en mejorar la estructura administrativa de la ciencia y la educación. ¿Cómo? Apoyando más y decididamente a las universidades públicas del país. Sí, exigiéndoles claridad, absoluta transparencia e incentivando políticas de contratación basadas en calidad académica. Dejando de pensar en ellas como simple productoras de profesionistas (y/o escaparates políticos) y enfocando recursos a áreas científicas para formación de pregrado de alto nivel como primera fase.

Si lo hacemos, más pronto de lo que imaginamos, la gente regresará y ya no será necesario que a alguien se le ocurra hacer el increíble ridículo de exigirles compromisos de retorno (a la nada) por una beca. Regresarán automáticamente y muchas personas de todo el mundo desearán poder trabajar y contribuir a la ciencia desde instituciones mexicanas.


Haciendo ciencia en México

julio 27, 2020


Conversatorio virtual “Ciencia y Docencia Universitaria”

junio 27, 2020

Martes 30 de junio a las 20:00 horas:

Conversatorio virtual “Ciencia y Docencia Universitaria” 

Panelistas:

Alma Maldonado Maldonado (DIE – CINVESTAV)

Alfredo Aranda Fernández (UCOL)

Moderador: Ricardo A. Sáenz Casas (Facultad de Ciencias – UCOL)

zoom: https://us02web.zoom.us/j/81490952639

Facebook:  https://www.facebook.com/rcuanticor/


Conversatorio virtual “La investigación científica en las Instituciones de Educación Superior Públicas”

junio 18, 2020

Viernes 19 de junio a las 18:00 horas:

Conversatorio virtual “La investigación científica en las Instituciones de Educación Superior Públicas

Panelistas:

William Lee Alardín (Coordinador de la Investigación Científica de la UNAM)

Gabriel López Castro (Secretario Académico CINVESTAV)

Moderador: Alfredo Aranda Fernández (Coordinador General de Investigación Científica – UCOL)

zoom: https://us02web.zoom.us/j/86402795410

Facebook:  https://www.facebook.com/rcuanticor/

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Escépticos arrogantes

junio 12, 2020

Es difícil saber.

Muchas veces se tiende a utilizar “el método” pero no se comprende, no se verifica. Algunas personas piensan que por usar “equipos” sofisticados, ya hacen ciencia. Otras lo creen solo por utilizar matemáticas. La verdad es que el conocimiento es muy difícil de obtener.

La “arrogancia” supuestamente mostrada por (y asociada en muchas ocasiones a) las personas de ciencia ante muchos “entendimientos”, es en realidad una manifestación ante las ideas superficiales y no verificadas escrupulosamente, que pretenden mostrar “verdades” y que claramente denotan una profunda ignorancia sobre lo que significa entender algo.

Es el fracaso constante ante la naturaleza, el fracaso en pretender entenderla, lo que, en realidad, hace al verdadero científico sencillo, simple y sumiso ante ella. Casi no entendemos nada, pero un poco sí. Eso permite, determinar cuando no se sabe algo y, además, con importancia suprema, saber si algo es incorrecto. En otras palabras, no saber algo, no implica no poder discriminar patrañas.

Quien pretenda entender algo sin ponerlo a prueba, quien emita “verdades” sin escrutinio ni evidencia, se topará, irremediablemente, con el rechazo del científico, e interpretará ese rechazo como arrogancia. Ni pex.


Ciencia sin etiquetas

mayo 18, 2020

El papel que ha jugado el gobierno mexicano en las últimas décadas con respecto a la ciencia ha sido malo. Durante años se ha dejado de lado uno de los ingredientes más importantes para el desarrollo social y económico del país. Gran parte de la estructura sobre la que funciona la sociedad, está íntimamente asociada al conocimiento científico, independientemente de si usted y yo lo sabemos, comprendemos o creemos. El hecho de que ese conocimiento no se haya obtenido en nuestro país y, además, esté aparentemente alejado de nuestra vida (que no, pero puede parecerle a usted), es irrelevante. Irrelevante para lo que podamos creer, es extremadamente relevante para poder explicar por qué no podemos desarrollarnos.

Durante años, una incompetencia generalizada y bañada de corrupción, en todos los niveles, ha dejado un legado nefasto que resumo en dos cosas esenciales (no son las únicas, pero son muy importantes para todo lo demás): una educación general paupérrima y una ciencia endeble.

Si nos enfocamos a los años más recientes, los de los últimos sexenios, vemos que la ciencia era un área más de simulación. La comunidad científica seria hacía lo que podía con muy poco, con casi nada (e hizo mucho, compitiendo en una arena dispareja en donde personas de otros países contaron con una infraestructura robusta. Aún así, México generó algo de ciencia de ESE nivel). Por otro lado, lo que sonaba con ahínco y estupor, era la enorme necesidad de que nuestro país y “nuestra ciencia”, dejara su “zona de confort” y se metiera a hacer desarrollos tecnológicos, “patentes”. Con insistencia nos decían, de muchas maneras, que dejásemos de publicar cosas que “para nada sirven” y mejor, nos volviésemos los súper líderes del emprendimiento y lleváramos a cabo proyectos que devinieran en “patentes” y mucho, mucho, pero mucho dinero con su comercialización. “Ya saben, como Japón”. Eso era lo que necesitábamos, eso pedían los indicadores. “¿A quién le importa saber qué hay allá en las estrellas, o la biodiversidad?, ¿a quién? No, necesitamos tecnología, patentes, y rápido”. Así, con esas elocuentes frases e intenciones, no solo se limitó el apoyo para las actividades científicas serias, sino que se desperdiciaron cantidades importantes en pseudo-proyectos tecnológicos propuestos por un sin fin de audaces emprendedores que se jactaban de no publicar “artículos inútiles”. No, ellos sí transformarían al país con sus inventos tecnológicos, en donde casi siempre, se trataba de alguna aplicación programática (es lo único que muchas personas entienden por desarrollo tecnológico).  Era tan nefasta la situación que cuando surgían proyectos tecnológicos verdaderamente sustentados, y que por ende no resultaban “espectaculares” a los ojos de los responsables tomadores de decisiones, era prácticamente imposible ganar los fondos, y si se ganaban, eran montos discretos, por decir lo menos. No, lo que importaba era tener ideas rimbombantes (ridículas muchas de ellas), y, sobre todo, estar conectado con las personas adecuadas. El tráfico de influencias era pan de cada día.

En este camino se sacrificó a la ciencia básica. Para que vea la trascendencia de este último enunciado considere lo siguiente: La ciencia básica es lo más importante de la ciencia. ¿Qué es? Es la que explora lo desconocido. Su propósito es aprender más sobre la naturaleza, en todas sus manifestaciones. ¡No se sabe qué encontrará y siempre rinde frutos! Sin ella, NO hay ciencia.

Y así llegó el nuevo gobierno. No es novedad que un porcentaje significativo de la comunidad científica apoyó al actual presidente, no solo en las urnas, sino incluso durante su campaña. Se esperaba que un cambio político, con fuertes matices de cambio social, pudieran ser un escenario más favorable para que, ahora sí, finalmente, la ciencia, esa que se hace con fundamentos y con el mayor nivel y rigor posible, pudiera sentarse como uno de los pilares para la construcción del futuro. Sin embargo, rápido se empezó a ver que, en efecto, la ciencia no solo no es importante en la concepción de país al que parece quieren llegar, sino que, por alguna razón, la ciencia es mala para el pueblo (en realidad para sus intenciones). Claro que todo, a final de cuentas, es palabrería, pero es palabrería que daña. El vulnerable camino que la comunidad científica mexicana ha logrado construir, a pesar de las condiciones adversas en que siempre ha estado, es fácil de derrumbar.

Para contextualizar en términos de una comparación con el pasado, la situación actual, que está tratando de imponerse, es la siguiente: el “emprendedor” de los años anteriores se está convirtiendo en el “activista”. Ambos escritos entre comillas porque se trata de emprendedores y activistas sin fundamento. Ambos tratando de aprovechar el momento para su beneficio económico (en el caso del emprendedor solo ese) y/o ideológico. Ahora no son las “patentes”, ahora son los proyectos que “de verdad” impacten a la sociedad, en donde ese “de verdad” está definido de manera arbitraria y discreta. Más grave aun es el hecho de que en la situación actual se está implantando, además, una fuerte corriente pseudocientífica, que amenaza con tener repercusiones muy fuertes en una sociedad que de partida tiene poco acercamiento y confianza en la ciencia. Esto tiene el potencial de causar daño mucho más profundo al desarrollo de nuestra comunidad científica y su impacto en la sociedad, que el “simple” deterioro financiero en el que no encontramos y al parecer seguiremos.

Desafortunadamente, la mejor arma que tienen quienes actualmente intentan implementar sus intereses en la administración de la ciencia en el país, es precisamente lo que nos tuvo sofocados y marginados en los periodos anteriores. Esos pseudo-científicos, de los que nos quejábamos constantemente, representan hoy la más clara “justificación” utilizada por quienes pretender tener la verdad. Obviamente, ante la crítica, viene la generalización: la comunidad científica es corrupta, solo quiere privilegios, se gastó los recursos del pueblo en nimiedades, etc. Esa generalización es burda, torpe, nefasta, pero útil, demasiado útil, sobre todo cuando estamos ante un contexto político general, en el que existe una “oposición” política obtusa que representa males anteriores (acrecentados y en constante preparación bajo su propio jugo – ¡qué miedo!) que solo se dedica a golpetear de manera grotesca y sin sentido. Esto hace que quienes buscan una oportunidad de contribuir a la educación y la ciencia en el país, con diversidad de opinión y método, pero siempre contrastando sus resultados con rigor y transparencia internacional, buscando que más jóvenes se formen de la mejor manera y logren contribuir realmente al conocimiento y por ende a la sociedad, se encuentren con que es una tarea innecesariamente difícil.  Y, aun así, seguiremos intentando. Afortunadamente (desgraciadamente) nos hemos acostumbrado.

Motivado por esta deposición y en contraposición con la necia y maliciosa clasificación de tipos de ciencia, en la que de manera ridícula se intenta manipular a una sociedad científicamente analfabeta, diré que nuestra ciencia no es ni libre, ni neoliberal, ni mexicana. Lo único que podría más o menos aceptar es que, dadas las condiciones de antes y de hoy, a quienes nos dedicamos a la ciencia, no nos queda (como no nos quedaba) mas que hacer “ciencia por la libre”.

 


Radiación y comida

mayo 1, 2020

Somos ya casi ocho mil millones de personas en este momento (pueden ver el número en cada momento aquí). Cada año, poco más de una cuarta parte (unos dos mil millones) se intoxican con comida. Para la mayoría de esas ellas no pasa de varias noches pegadas a un inodoro o una visita a urgencias para que les ayuden con medicamentos e hidratación. Por otra parte, aproximadamente dos millones de personas mueren cada año debido a infecciones gastrointestinales (principalmente fiebre tifoidea y cólera) generadas por bacterias que se encuentran en la comida y el agua.

Esto sucede en todo el mundo. Por ejemplo, en Gringolandia se estima que al año hay más de cien mil personas hospitalizadas por enfermedades asociadas a la comida, y que entre tres y cuatro mil personas mueren por comer alimentos contaminados con bacterias como E. Coli, Salmonella y Listeria. Sin embargo, la gran mayoría de las intoxicaciones – y de las muertes – suceden en países en vías de desarrollo

Una manera muy efectiva de esterilizar la comida es la irradiación con rayos gama o X. Los rayos gama y X son ondas electromagnéticas (luz) con una energía suficiente para destrozar los enlaces químicos que bacterias y otros microbios necesitan para crecer y reproducirse. Se les conoce genéricamente también como radiación ionizante.

A pesar de ello, hay muchas personas que (dicen) preferir exponerse a esas bacterias que ingerir alimentos que hayan sido irradiados. Algunas creen, incorrectamente, que la comida se vuelve radiactiva al ser irradiada por los rayos gama o X. Obvio que eso suena feo y sería peligroso, pero es muy importante saber que no es físicamente posible convertir la comida en comida radiactiva pasándola por un haz de rayos gama o rayos X (si quisieran hacerla radiactiva tendrían que hacer otra cosa, como irradiarla con neutrones y generar elementos radiactivos adentro de la comida).

La forma en que la irradiación de los alimentos funciona consiste en utilizar una fuente de rayos gama o X, que puede ser cobalto-60 o cesio-137 para los gama y chorros de electrones para los rayos X, que luego se hacen pasar por los alimentos. Como mencioné hace unos renglones, se necesitan rayos gama o X para que tengan la suficiente energía y así puedan romper los enlaces químicos que las bacterias y otros microbios necesitan para crecer y reproducirse. Al lograrlo, las bacterias se acaban y esto permite, además de que ya no nos intoxiquen, que los alimentos duren más.

Pero, ¿serán nutritivos los alimentos irradiados? Pues sí. Recordemos que cualquier método que se utilice para procesar alimentos, incluido el almacenarlos por unas horas a temperatura ambiente después de ser cosechados, produce una pérdida de nutrientes. La pérdida de nutrientes debida a irradiación es tan pequeña que es prácticamente indetectable. Para darnos una idea: con una muy alta dosis de irradiación para incrementar la vida de almacenamiento de alimentos se reduce el valor nutricional al mismo nivel (o menor) que cocinarlos o congelarlos.

Algunos de los grupos que se oponen a este tipo de esterilización (la mayoría fanáticos, lo que implica que no les interesa saber sino solo tener la razón) argumentan que los rayos gama alteran la estructura molecular de los alimentos induciendo radicales libres y por ende posibles mutaciones. En particular les preocupa que la irradiación genera benceno en la carne (el cual, en suficiente cantidad, es cancerígeno). Sin embargo se les olvida mencionar (quizás no se han enterado) que el benceno está presente en pequeñas cantidades en el agua, muchos alimentos y el aire. Hay más benceno en la leche entera que en carne irradiada, por ejemplo. También obtenemos algunas buenas dosis de benceno cuando esperamos el autobús en una esquina con tráfico, cuando llenamos el tanque de gasolina, etc.

Para seguir contextualizando: Todos los tratamientos que le damos a la comida generan cambios químicos. Cocinar genera más cambios que la irradiación – el sabor y olor de la comida cocinada son producidos por cambios químicos generados por el calor. Asar carne produce muchos cancerígenos en la superficie de la carne a través de su interacción con el carbón, que es un hidrocarburo (y además contribuye al calentamiento global, al igual que tu respiración).

La irradiación de los alimentos tiene el potencial de salvar millones de vidas, es decir, de ayudar a muchas más personas de las que pudiera afectar, especialmente dado que probablemente no hace ningún daño. Este proceso de esterilización es especialmente importante en países en desarrollo, ya que es ahí donde actualmente sucede el mayor número de casos de envenenamiento por alimentos.


Necesito de su ayuda: “Juego” en cuarentena

abril 25, 2020

Quiero hacer un pequeño experimento y necesito de su ayuda, por favor.

Aquí va, son tres simples pasos:

Primero –  Quiero pedirles a quienes estén leyendo este mensaje que por favor cierren los ojos durante un par de minutos y traten de pensar en una pregunta sobre algo de la naturaleza que les gustaría saber. No importa qué tan sencilla o sofisticada sea. Solo una pregunta. Tampoco importa si tienen una idea de la respuesta, o si es técnica, o si no. No importa. Nada más escojan una pregunta.

Segundo – Escriban su pregunta en los comentarios a este post.

Tercero – Lean las preguntas de otros lectores. Escojan una y contesten o comenten o discutan sobre ella. Una, eso es todo (claro, si quieren hacerlo para más, mucho mejor).

Mi predicción es que no llegamos a 100. Prove me wrong!