Una chulada

diciembre 31, 2017

Prácticamente todas las personas que nos dedicamos a la ciencia damos clases. Dependiendo del sistema de organización universitaria de nuestros países, damos clases a estudiantes que se están formando para dedicarse a la ciencia y/o a estudiantes de carreras no científicas. No somos maestras ni maestros, pero una parte importante de nuestro tiempo y de nuestra contribución a la sociedad es precisamente dar clases. A la mayoría nos gusta.

Otra característica básica de quienes nos dedicamos a la ciencia es que nos encanta el chisme. Nos produce placer andar hablando de lo que hacemos y lo que estamos pensando. No podemos obtener un resultado porque inmediatamente queremos darlo a conocer y compartirlo (presumirlo) con colegas. La manera oficial de hacerlo es a través de las publicaciones científicas y, por lo tanto, quienes estamos activos, publicamos en ellas nuestros hallazgos. Existen revistas de varios niveles de calidad, como en todo, y por lo general intentamos publicar en las más reconocidas (claro que hay quienes, al no poder publicar en revistas serias, que no es trivial, inventan sus propias revistas, pero no nos distraigamos con eso).

Publicar – entonces – es una manera de presumir con colegas lo que hemos logrado. Otra manera muy común e importante de difundir resultados y de enterarnos de lo que otras personas realizan es la participación en congresos científicos. Estos son eventos en los que exponemos nuestros resultados ante una audiencia muy crítica. Aunque se da, es poco común que asistir a un congreso solo para escuchar. Más bien la idea es, además de escuchar y criticar (la crítica es uno de los pilares de la actividad científica) el trabajo de los demás, exponer las ideas propias para que sean analizadas y criticadas por la comunidad científica. Solo así se crece. Nota: desde luego que existen congresos “patito”, como las revistas que mencioné antes, pero otra vez, aquí estamos hablando de los serio.

En los congresos se interacciona con personas de todo el mundo y se dan posibles inicios a colaboraciones futuras. En los ratos en que no hay “charlas” (conferencias) se platica de proyectos, ideas, errores y posibles colaboraciones. A la hora del café, a la hora de la comida, a la hora de la cena, prácticamente todo el tiempo, se mantiene uno hablando de los temas de su área y escuchando que hacen las demás personas. ¡Puro presumir!, aunque con cuidado: el ambiente, sobre todo si el congreso es de buen nivel, es bastante crítico y no se perdona fácilmente. Así que, para andar de chismoso, ya sea presumiendo o criticando, más vale tener argumentos sólidos y fundamentados, ya que de lo contrario se puede salir de ahí algo “lastimado”.

Luego hay otro tipo de actividad que combina la presumida y la enseñada, se les conoce como “escuelas”. Una escuela es un evento que puede durar desde una semana a un par de meses en el que se presentan cursos especializados a estudiantes, provenientes de todo el mundo, y pueden ser de nivel licenciatura o posgrado, a veces mixta. Esos eventos son muy bonitos y en lo personal de mis favoritos.

En todos estos congresos y escuelas se presentan algunas conferencias especiales, por lo general de colegas con cierto nivel de reconocimiento e impacto. Algo que puede parecer curioso (a mí me pareció curioso saber que en otras áreas no es así): ninguna de estas personas cobra. Ni conferencistas especiales, ni quienes imparten las clases para las escuelas, y mucho menos quienes presentan sus trabajos en los congresos. Me he enterado recientemente, hablando de chisme, y ha sido una desagradable sorpresa para mí, que, en muchas áreas no científicas, cualquier conferencista de medio pelo termina cobrando, a veces cantidades importantes. Eso sí, por lo general son conferencias en donde no se cuestiona nada y todas las personas van muy bien presentadas. Una chulada.

 Agradezco sus comentarios…..

 


¡Qué curioso!

diciembre 29, 2017

Ya me canso de contar cuántas veces he escuchado o leído en diferentes discursos frases cercanas a “no debemos quedarnos con solo la creación del conocimiento sino hay que ver cómo utilizarlo para mejorar la sociedad” (o algo similar). Por lo general son emitidas por personas que ni han generado conocimiento ni lo han aplicado, pero que por alguna razón piensan que la frase tiene sentido. A mí me confunde mucho. Bueno, me confunde si considero que están diciendo lo que quieren decir y no otra cosa, y en realidad sé que están tratando de decir otra cosa. Por lo general (otra vez) lo que intentan decir es que no se hace nada y que se debería hacer algo. O más aun, como son frases emitidas (casi siempre) por personas a las que se les pide/exige/ruega por recursos, y que además son responsables del desarrollo de sus comunidades, les gustaría que hubiese soluciones inmediatas y baratas a los problemas. Al ser imposible, como que se les empieza a generar la idea de que se ha invertido mucho en educación (falso) e investigación (falso) y que no se generan soluciones “reales” y solo se estudian cosas que no tienen nada que ver con los problemas “verdaderos”. La verdad es mucho más complicada, como ya hemos discutido en este espacio.

Existen problemas concretos de importancia social inmediata. Las posibles soluciones involucrarán a los diferentes sectores de la sociedad – incluido el científico – trabajando en sintonía y cooperación. No es seguro que se puedan resolver: no se trata únicamente de que se desee hacerlo. En el caso concreto de la participación de la ciencia y/o la comunidad científica, es importante entender con claridad que las posibles soluciones a los problemas más apremiantes de la sociedad no surgen por receta. Ya la ciencia ha demostrado durante los últimos años que su impacto en la sociedad es inminente, y que las soluciones surgen de un proceso que se nutre de la abstracción y la curiosidad.

La forma en que vivimos está influenciada en todos los aspectos por el conocimiento adquirido por la humanidad, independientemente de dónde (léase país) se haya generado y transferido. Es verdad que los problemas más específicos y locales de las diferentes regiones sí son atendidos con mayor eficacia por sus propias comunidades científicas (hay un interés tribal, de pertenencia) y por ende aquellos lugares (léase países) en los que existe una comunidad científica robusta son precisamente los que logran avanzar con menor dificultad.

¿Qué es una comunidad científica robusta? Es aquella que cuenta con una masa crítica de personas preparadas en todos los ámbitos de la actividad científica, que no está contrariada por etiquetas de conocimiento versus aplicación, y que ha mantenido un apoyo constante y real durante un tiempo considerable (varias generaciones). Desde luego que existen pocos países con comunidades científicas robustas y consolidadas. Hay algunos que están en ese camino y se están acercando. Algunos incluso ya empiezan a ver los frutos de manera muy tangible. Hay muchos más en los que apenas se está empezando.

Hay otros, como el nuestro, en el que se tiene mucho tiempo “empezando” pero no arrancamos. Hemos sido demasiado tibios. Tenemos una comunidad científica, sí, pero pequeña, endeble, contrariada en sus divisiones y propósitos. La ciencia en nuestro país no ha sido parte del proyecto de nación, lo que necesariamente implica que no ha sido apoyada para ser relevante. Y sin embargo, en el discurso, y por la comparación con otras naciones (sobre todo las desarrolladas, con las que a algunas de las personas que emiten los discursos les gusta comparar), se dice que la ciencia y las personas que hacemos investigación deberíamos “no solo generar conocimiento, sino aplicarlo”. Y yo no dejo de decir en mi mente cada vez que escucho eso “¡qué curioso!, si es obvio que no pueden separarse esas dos cosas”.