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Para consultar y profundizar
OCDE — PISA 2022: Nota de país para México. Presenta los principales resultados mexicanos, tendencias históricas, niveles de competencia y comparación con el promedio de la OCDE.
PISA 2022 Results: Mexico — Country Note
OCDE — PISA 2022 Results, Volume I: The State of Learning and Equity in Education. Informe internacional con resultados en matemáticas, lectura y ciencias y análisis de las tendencias observadas entre 2018 y 2022.
PISA 2022 Results — Volume I
OCDE — PISA 2022 Results, Volume II. Analiza especialmente los sistemas educativos, la resiliencia y el contexto en el que deben interpretarse los resultados posteriores a la pandemia.
PISA 2022 Results — Volume II
Participantes
- César Terrero
- Luis Cruz
- Luis Javier Amador
- Fefo
Introducción
Los resultados de una prueba internacional pueden convertirse rápidamente en munición política. Si los números son malos, unos los utilizan para demostrar que el gobierno actual destruyó la educación; otros responden que el problema viene de décadas atrás. Unos culpan a los maestros, otros a los padres de familia, otros a los estudiantes y otros a los planes de estudio.
Y mientras buscamos culpables, existe el riesgo de perder de vista la pregunta verdaderamente importante:
¿Qué nos dicen los datos acerca de lo que nuestros jóvenes están aprendiendo y qué podemos hacer para mejorarlo?
Ese fue el punto de partida del episodio 28 de Hablemos de Ciencia con Fefo, titulado “Las 3P: PISA, Pantallas y Politiquería”.
¿Qué es realmente PISA?
PISA (Programme for International Student Assessment) es el Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes de la OCDE. Se realiza desde el año 2000 y evalúa a jóvenes de 15 años. No pretende simplemente averiguar cuánto contenido escolar pueden memorizar. Busca conocer hasta qué punto pueden utilizar lo que han aprendido para enfrentarse a problemas y situaciones de la vida real.
Las tres áreas tradicionales son matemáticas, lectura y ciencias.
En PISA 2022 participaron alrededor de 690 mil estudiantes de 81 países y economías, representativos de aproximadamente 29 millones de jóvenes de 15 años. En México participaron 6,288 estudiantes de 280 escuelas. La edición 2022 tuvo a matemáticas como área principal de evaluación.
Esto ayuda a entender por qué PISA no debe verse simplemente como otro “examen escolar”. En matemáticas, por ejemplo, interesa la capacidad de razonar matemáticamente y utilizar las matemáticas para resolver problemas en contextos reales. En lectura importa comprender, interpretar y evaluar información. Y en ciencias importa la capacidad de utilizar conocimientos y razonamiento científicos.
Dicho de otra manera: PISA intenta medir parte de las herramientas intelectuales adquiridas por los jóvenes, no su inteligencia ni su potencial.
Esta distinción fue una de las más importantes de nuestra conversación: un mal resultado de los estudiantes mexicanos no significa que los jóvenes mexicanos tengan menor potencial que los de otros países. Nos habla, en cambio, de las habilidades que el sistema educativo, las familias y el entorno social han conseguido desarrollar en ellos hasta ese momento.
México: los datos no son buenos
Los resultados mexicanos de PISA 2022 son preocupantes.
De acuerdo con la OCDE, los estudiantes mexicanos obtuvieron resultados inferiores al promedio de la organización en matemáticas, lectura y ciencias. Pero quizá sea más revelador observar qué porcentaje alcanzó por lo menos el nivel 2, considerado por PISA como un nivel básico de competencia.
En México lo alcanzó solamente 34% en matemáticas, frente a 69% en promedio entre los países de la OCDE. En lectura fue 53%, frente a 74% de la OCDE; y en ciencias, 49%, frente a 76%.
Visto desde el otro lado, esto significa que aproximadamente 66% de los estudiantes mexicanos quedaron por debajo del nivel 2 en matemáticas, 47% en lectura y 51% en ciencias.
Son cifras que merecen atención.
Pero aquí aparece la primera de las advertencias que discutimos durante el programa: un mal resultado no necesariamente significa que acabamos de caer al fondo.
México participa en PISA desde el año 2000 y su desempeño históricamente ha estado por debajo del promedio de la OCDE. Más aún, la propia OCDE señala que los resultados mexicanos de 2022 no son estadísticamente diferentes de los observados diez años antes, en 2012. En matemáticas sí hubo un retroceso importante respecto a 2018, que eliminó buena parte de los avances conseguidos entre 2003 y 2009; en lectura y ciencias, las fluctuaciones de largo plazo han sido menores.
Por eso la discusión no debería reducirse a:
“¿Qué gobierno destruyó la educación?”
El problema es mucho más profundo.
Y tampoco es un fenómeno exclusivamente mexicano
Hay otro elemento indispensable para interpretar PISA 2022.
Los resultados internacionales fueron extraordinariamente malos.
Entre 2018 y 2022, el promedio de la OCDE cayó casi 15 puntos en matemáticas y 10 puntos en lectura. En las dos décadas anteriores de PISA jamás se había observado entre dos evaluaciones consecutivas una caída promedio superior a cuatro puntos en matemáticas o cinco en lectura.
La pandemia de COVID-19 parece una explicación inmediata, y ciertamente forma parte del contexto. PISA 2022 incluso debía realizarse originalmente en 2021 y fue pospuesto un año debido a la pandemia.
Sin embargo, la historia tampoco es tan sencilla.
La propia OCDE advierte que algunas tendencias descendentes en lectura y ciencias habían comenzado antes de la pandemia. Por ello, atribuir todo el deterioro educativo mundial al cierre de las escuelas sería otra simplificación.
Y aquí aparece uno de los temas centrales del episodio: cuando nos enfrentamos a un problema complejo, tenemos una enorme tentación de buscar una causa sencilla y una solución sencilla.
La tentación de copiar al primer lugar
Una reacción común frente a PISA consiste en preguntar:
“¿Quién quedó primero?”
Y después:
“Pues hagamos lo que ellos hacen.”
Durante la conversación mencionamos el ejemplo de Finlandia, aunque en PISA 2022 el sistema con mejor desempeño en las tres áreas fue Singapur, con 575 puntos en matemáticas, 543 en lectura y 561 en ciencias.
Pero copiar mecánicamente al país que ocupa los primeros lugares no constituye una política educativa.
Un sistema educativo está inmerso en una sociedad. Depende de su economía, infraestructura, formación y condiciones laborales de los docentes, desigualdad, características de las familias, cultura, expectativas sociales y muchos otros factores.
No podemos pedir “la educación de Finlandia” o “la educación de Singapur” aislándola de todo aquello que hace posibles esos sistemas.
Esto no significa que no podamos aprender de otros países. Precisamente una de las grandes virtudes de PISA es permitir comparaciones internacionales. Pero aprender no es copiar.
Las pantallas: ¿el nuevo culpable?
La segunda P del programa fue Pantallas.
En distintos países se ha discutido la reducción o eliminación de teléfonos, tabletas y otras pantallas en las escuelas. Al mismo tiempo, existe una creciente literatura científica que investiga los posibles efectos del uso de tecnologías digitales sobre la atención, el aprendizaje y el desarrollo cognitivo.
Es un tema que merece atención.
Pero precisamente por eso requiere cuidado.
Una cosa es preguntarnos, con evidencia, qué efectos tiene determinado tipo de tecnología, utilizada durante cierto tiempo y en determinadas edades y contextos. Otra muy diferente es transformar inmediatamente una preocupación social en una política pública espectacular:
“Se acabaron las pantallas.”
La palabra importante aquí es contexto.
Una pantalla puede utilizarse para ver videos durante horas sin propósito educativo o puede ser una herramienta para programar, consultar información, visualizar un fenómeno físico, aprender un idioma o comunicarse con estudiantes del otro lado del planeta.
Preguntar simplemente si “las pantallas son buenas o malas” probablemente es una pregunta demasiado pobre.
Y aquí llegamos a la tercera P.
Politiquería
La educación es inevitablemente política.
Decidir qué debe aprender una persona, cuánto dinero destinamos a las escuelas, cómo formamos a los docentes, cómo evaluamos el aprendizaje y qué esperamos de nuestros jóvenes son decisiones que tienen consecuencias sociales, económicas y políticas.
El problema comienza cuando sustituimos la política educativa por la politiquería educativa.
Es decir, cuando ante un problema complejo buscamos medidas rápidas, vistosas y fáciles de comunicar.
Los resultados son malos: eliminemos la evaluación.
Los estudiantes están distraídos: eliminemos las pantallas.
Los exámenes generan estrés: eliminemos los exámenes.
Otro país obtiene mejores resultados: copiemos su modelo.
Ninguna de estas afirmaciones constituye por sí misma una política educativa.
Durante el programa surgió precisamente una pregunta sobre la posibilidad de eliminar los exámenes. La respuesta no puede ser simplemente sí o no. Es perfectamente posible imaginar sistemas educativos que utilicen mecanismos de evaluación diferentes de los exámenes escritos tradicionales. Pero si todo un sistema está construido alrededor de determinadas formas de evaluación, quitar el examen sin reconstruir el sistema de evaluación no resuelve el problema.
¿De quién es la culpa?
Quizá ésta sea la pregunta que deberíamos intentar abandonar.
¿De los maestros?
¿De los padres?
¿De los estudiantes?
¿Del gobierno?
¿De los sindicatos?
¿De los planes de estudio?
Probablemente todos estos elementos participan de alguna manera, pero convertir a cualquiera de ellos en el culpable vuelve a simplificar un problema extraordinariamente complejo.
Las realidades educativas dentro del propio México son enormemente diferentes. Hay familias capaces de acompañar diariamente el aprendizaje de sus hijos y otras en las que eso es materialmente imposible. Hay excelentes docentes trabajando en condiciones muy difíciles. Hay escuelas con infraestructura adecuada y otras enfrentando carencias básicas.
Como comentamos al final del episodio, no debemos convertir la discusión educativa en una competencia por decidir quién tiene la culpa. Debemos buscar datos, identificar problemas y formular propuestas para mejorar.
Algo mucho más profundo: ¿para qué queremos educar?
Quizá la pregunta más importante de toda esta discusión no aparezca en ninguna tabla de PISA:
¿Qué esperamos de la educación?
¿Qué queremos que pueda hacer una persona después de pasar seis años por la primaria, tres por la secundaria y varios más por el bachillerato?
¿Queremos solamente que obtenga certificados?
¿Que consiga empleo?
¿Que memorice determinados contenidos?
¿O queremos formar personas capaces de leer y comprender un argumento, manejar información cuantitativa, distinguir evidencia de opinión, plantear preguntas, reconocer cuando no saben algo, cambiar de opinión ante nueva evidencia y participar responsablemente en una sociedad?
Si no tenemos relativamente claro el objetivo, será muy difícil decidir qué programas, tecnologías, evaluaciones o estrategias pedagógicas necesitamos.
Por eso PISA es útil, pero PISA no es la educación.
Es un instrumento. Un indicador. Una pieza de información dentro de un diagnóstico mucho más amplio.
Menos culpables y más evidencia
Quizá ésta sea la conclusión más importante de nuestras 3P.
Los resultados de PISA deben preocuparnos. No tiene sentido minimizarlos. Que sólo alrededor de un tercio de los jóvenes mexicanos evaluados alcance al menos el nivel básico establecido por PISA en matemáticas debería provocar una discusión seria.
Pero preocuparnos no significa buscar inmediatamente culpables ni adoptar la primera solución atractiva que aparezca.
Los problemas educativos se construyeron durante años y probablemente requerirán años para modificarse. Como señalamos durante el programa, una intervención educativa seria difícilmente puede evaluarse esperando que al año siguiente todo haya cambiado.
Necesitamos datos.
Necesitamos evaluación.
Necesitamos mejores condiciones para enseñar.
Necesitamos entender las realidades de estudiantes, docentes y familias.
Y, sobre todo, necesitamos recuperar una expectativa social mucho más ambiciosa sobre lo que significa educar.
Porque los resultados de PISA no nos dicen cuánto valen nuestros jóvenes ni cuál es su potencial.
Nos dicen algo mucho más incómodo:
qué herramientas hemos conseguido darles hasta ahora.
Y eso sí es responsabilidad de todos nosotros.
Escrito por fefino 




