Ciencia sin etiquetas

mayo 18, 2020

El papel que ha jugado el gobierno mexicano en las últimas décadas con respecto a la ciencia ha sido malo. Durante años se ha dejado de lado uno de los ingredientes más importantes para el desarrollo social y económico del país. Gran parte de la estructura sobre la que funciona la sociedad, está íntimamente asociada al conocimiento científico, independientemente de si usted y yo lo sabemos, comprendemos o creemos. El hecho de que ese conocimiento no se haya obtenido en nuestro país y, además, esté aparentemente alejado de nuestra vida (que no, pero puede parecerle a usted), es irrelevante. Irrelevante para lo que podamos creer, es extremadamente relevante para poder explicar por qué no podemos desarrollarnos.

Durante años, una incompetencia generalizada y bañada de corrupción, en todos los niveles, ha dejado un legado nefasto que resumo en dos cosas esenciales (no son las únicas, pero son muy importantes para todo lo demás): una educación general paupérrima y una ciencia endeble.

Si nos enfocamos a los años más recientes, los de los últimos sexenios, vemos que la ciencia era un área más de simulación. La comunidad científica seria hacía lo que podía con muy poco, con casi nada (e hizo mucho, compitiendo en una arena dispareja en donde personas de otros países contaron con una infraestructura robusta. Aún así, México generó algo de ciencia de ESE nivel). Por otro lado, lo que sonaba con ahínco y estupor, era la enorme necesidad de que nuestro país y “nuestra ciencia”, dejara su “zona de confort” y se metiera a hacer desarrollos tecnológicos, “patentes”. Con insistencia nos decían, de muchas maneras, que dejásemos de publicar cosas que “para nada sirven” y mejor, nos volviésemos los súper líderes del emprendimiento y lleváramos a cabo proyectos que devinieran en “patentes” y mucho, mucho, pero mucho dinero con su comercialización. “Ya saben, como Japón”. Eso era lo que necesitábamos, eso pedían los indicadores. “¿A quién le importa saber qué hay allá en las estrellas, o la biodiversidad?, ¿a quién? No, necesitamos tecnología, patentes, y rápido”. Así, con esas elocuentes frases e intenciones, no solo se limitó el apoyo para las actividades científicas serias, sino que se desperdiciaron cantidades importantes en pseudo-proyectos tecnológicos propuestos por un sin fin de audaces emprendedores que se jactaban de no publicar “artículos inútiles”. No, ellos sí transformarían al país con sus inventos tecnológicos, en donde casi siempre, se trataba de alguna aplicación programática (es lo único que muchas personas entienden por desarrollo tecnológico).  Era tan nefasta la situación que cuando surgían proyectos tecnológicos verdaderamente sustentados, y que por ende no resultaban “espectaculares” a los ojos de los responsables tomadores de decisiones, era prácticamente imposible ganar los fondos, y si se ganaban, eran montos discretos, por decir lo menos. No, lo que importaba era tener ideas rimbombantes (ridículas muchas de ellas), y, sobre todo, estar conectado con las personas adecuadas. El tráfico de influencias era pan de cada día.

En este camino se sacrificó a la ciencia básica. Para que vea la trascendencia de este último enunciado considere lo siguiente: La ciencia básica es lo más importante de la ciencia. ¿Qué es? Es la que explora lo desconocido. Su propósito es aprender más sobre la naturaleza, en todas sus manifestaciones. ¡No se sabe qué encontrará y siempre rinde frutos! Sin ella, NO hay ciencia.

Y así llegó el nuevo gobierno. No es novedad que un porcentaje significativo de la comunidad científica apoyó al actual presidente, no solo en las urnas, sino incluso durante su campaña. Se esperaba que un cambio político, con fuertes matices de cambio social, pudieran ser un escenario más favorable para que, ahora sí, finalmente, la ciencia, esa que se hace con fundamentos y con el mayor nivel y rigor posible, pudiera sentarse como uno de los pilares para la construcción del futuro. Sin embargo, rápido se empezó a ver que, en efecto, la ciencia no solo no es importante en la concepción de país al que parece quieren llegar, sino que, por alguna razón, la ciencia es mala para el pueblo (en realidad para sus intenciones). Claro que todo, a final de cuentas, es palabrería, pero es palabrería que daña. El vulnerable camino que la comunidad científica mexicana ha logrado construir, a pesar de las condiciones adversas en que siempre ha estado, es fácil de derrumbar.

Para contextualizar en términos de una comparación con el pasado, la situación actual, que está tratando de imponerse, es la siguiente: el “emprendedor” de los años anteriores se está convirtiendo en el “activista”. Ambos escritos entre comillas porque se trata de emprendedores y activistas sin fundamento. Ambos tratando de aprovechar el momento para su beneficio económico (en el caso del emprendedor solo ese) y/o ideológico. Ahora no son las “patentes”, ahora son los proyectos que “de verdad” impacten a la sociedad, en donde ese “de verdad” está definido de manera arbitraria y discreta. Más grave aun es el hecho de que en la situación actual se está implantando, además, una fuerte corriente pseudocientífica, que amenaza con tener repercusiones muy fuertes en una sociedad que de partida tiene poco acercamiento y confianza en la ciencia. Esto tiene el potencial de causar daño mucho más profundo al desarrollo de nuestra comunidad científica y su impacto en la sociedad, que el “simple” deterioro financiero en el que no encontramos y al parecer seguiremos.

Desafortunadamente, la mejor arma que tienen quienes actualmente intentan implementar sus intereses en la administración de la ciencia en el país, es precisamente lo que nos tuvo sofocados y marginados en los periodos anteriores. Esos pseudo-científicos, de los que nos quejábamos constantemente, representan hoy la más clara “justificación” utilizada por quienes pretender tener la verdad. Obviamente, ante la crítica, viene la generalización: la comunidad científica es corrupta, solo quiere privilegios, se gastó los recursos del pueblo en nimiedades, etc. Esa generalización es burda, torpe, nefasta, pero útil, demasiado útil, sobre todo cuando estamos ante un contexto político general, en el que existe una “oposición” política obtusa que representa males anteriores (acrecentados y en constante preparación bajo su propio jugo – ¡qué miedo!) que solo se dedica a golpetear de manera grotesca y sin sentido. Esto hace que quienes buscan una oportunidad de contribuir a la educación y la ciencia en el país, con diversidad de opinión y método, pero siempre contrastando sus resultados con rigor y transparencia internacional, buscando que más jóvenes se formen de la mejor manera y logren contribuir realmente al conocimiento y por ende a la sociedad, se encuentren con que es una tarea innecesariamente difícil.  Y, aun así, seguiremos intentando. Afortunadamente (desgraciadamente) nos hemos acostumbrado.

Motivado por esta deposición y en contraposición con la necia y maliciosa clasificación de tipos de ciencia, en la que de manera ridícula se intenta manipular a una sociedad científicamente analfabeta, diré que nuestra ciencia no es ni libre, ni neoliberal, ni mexicana. Lo único que podría más o menos aceptar es que, dadas las condiciones de antes y de hoy, a quienes nos dedicamos a la ciencia, no nos queda (como no nos quedaba) mas que hacer “ciencia por la libre”.

 


Radiación y comida

mayo 1, 2020

Somos ya casi ocho mil millones de personas en este momento (pueden ver el número en cada momento aquí). Cada año, poco más de una cuarta parte (unos dos mil millones) se intoxican con comida. Para la mayoría de esas ellas no pasa de varias noches pegadas a un inodoro o una visita a urgencias para que les ayuden con medicamentos e hidratación. Por otra parte, aproximadamente dos millones de personas mueren cada año debido a infecciones gastrointestinales (principalmente fiebre tifoidea y cólera) generadas por bacterias que se encuentran en la comida y el agua.

Esto sucede en todo el mundo. Por ejemplo, en Gringolandia se estima que al año hay más de cien mil personas hospitalizadas por enfermedades asociadas a la comida, y que entre tres y cuatro mil personas mueren por comer alimentos contaminados con bacterias como E. Coli, Salmonella y Listeria. Sin embargo, la gran mayoría de las intoxicaciones – y de las muertes – suceden en países en vías de desarrollo

Una manera muy efectiva de esterilizar la comida es la irradiación con rayos gama o X. Los rayos gama y X son ondas electromagnéticas (luz) con una energía suficiente para destrozar los enlaces químicos que bacterias y otros microbios necesitan para crecer y reproducirse. Se les conoce genéricamente también como radiación ionizante.

A pesar de ello, hay muchas personas que (dicen) preferir exponerse a esas bacterias que ingerir alimentos que hayan sido irradiados. Algunas creen, incorrectamente, que la comida se vuelve radiactiva al ser irradiada por los rayos gama o X. Obvio que eso suena feo y sería peligroso, pero es muy importante saber que no es físicamente posible convertir la comida en comida radiactiva pasándola por un haz de rayos gama o rayos X (si quisieran hacerla radiactiva tendrían que hacer otra cosa, como irradiarla con neutrones y generar elementos radiactivos adentro de la comida).

La forma en que la irradiación de los alimentos funciona consiste en utilizar una fuente de rayos gama o X, que puede ser cobalto-60 o cesio-137 para los gama y chorros de electrones para los rayos X, que luego se hacen pasar por los alimentos. Como mencioné hace unos renglones, se necesitan rayos gama o X para que tengan la suficiente energía y así puedan romper los enlaces químicos que las bacterias y otros microbios necesitan para crecer y reproducirse. Al lograrlo, las bacterias se acaban y esto permite, además de que ya no nos intoxiquen, que los alimentos duren más.

Pero, ¿serán nutritivos los alimentos irradiados? Pues sí. Recordemos que cualquier método que se utilice para procesar alimentos, incluido el almacenarlos por unas horas a temperatura ambiente después de ser cosechados, produce una pérdida de nutrientes. La pérdida de nutrientes debida a irradiación es tan pequeña que es prácticamente indetectable. Para darnos una idea: con una muy alta dosis de irradiación para incrementar la vida de almacenamiento de alimentos se reduce el valor nutricional al mismo nivel (o menor) que cocinarlos o congelarlos.

Algunos de los grupos que se oponen a este tipo de esterilización (la mayoría fanáticos, lo que implica que no les interesa saber sino solo tener la razón) argumentan que los rayos gama alteran la estructura molecular de los alimentos induciendo radicales libres y por ende posibles mutaciones. En particular les preocupa que la irradiación genera benceno en la carne (el cual, en suficiente cantidad, es cancerígeno). Sin embargo se les olvida mencionar (quizás no se han enterado) que el benceno está presente en pequeñas cantidades en el agua, muchos alimentos y el aire. Hay más benceno en la leche entera que en carne irradiada, por ejemplo. También obtenemos algunas buenas dosis de benceno cuando esperamos el autobús en una esquina con tráfico, cuando llenamos el tanque de gasolina, etc.

Para seguir contextualizando: Todos los tratamientos que le damos a la comida generan cambios químicos. Cocinar genera más cambios que la irradiación – el sabor y olor de la comida cocinada son producidos por cambios químicos generados por el calor. Asar carne produce muchos cancerígenos en la superficie de la carne a través de su interacción con el carbón, que es un hidrocarburo (y además contribuye al calentamiento global, al igual que tu respiración).

La irradiación de los alimentos tiene el potencial de salvar millones de vidas, es decir, de ayudar a muchas más personas de las que pudiera afectar, especialmente dado que probablemente no hace ningún daño. Este proceso de esterilización es especialmente importante en países en desarrollo, ya que es ahí donde actualmente sucede el mayor número de casos de envenenamiento por alimentos.


Necesito de su ayuda: “Juego” en cuarentena

abril 25, 2020

Quiero hacer un pequeño experimento y necesito de su ayuda, por favor.

Aquí va, son tres simples pasos:

Primero –  Quiero pedirles a quienes estén leyendo este mensaje que por favor cierren los ojos durante un par de minutos y traten de pensar en una pregunta sobre algo de la naturaleza que les gustaría saber. No importa qué tan sencilla o sofisticada sea. Solo una pregunta. Tampoco importa si tienen una idea de la respuesta, o si es técnica, o si no. No importa. Nada más escojan una pregunta.

Segundo – Escriban su pregunta en los comentarios a este post.

Tercero – Lean las preguntas de otros lectores. Escojan una y contesten o comenten o discutan sobre ella. Una, eso es todo (claro, si quieren hacerlo para más, mucho mejor).

Mi predicción es que no llegamos a 100. Prove me wrong!


Todo lo que sube, cae

abril 21, 2020

Todo lo que sube, cae
Esta expresión es bien conocida y evidente en el día a día. Así lo ha sido siempre, bueno, al menos mientras han existido humanos que la hayan podido expresar (en cualquier forma). Lo interesante es que esa observación tan cotidiana y aparentemente simple, al tratar de ser entendida, permite descubrir un hermoso (y valioso) atributo de la naturaleza: la gravedad.
La gravedad ha tenido tres momentos decisivos en su entendimiento y desarrollo. El primero con Galileo Galilei, el segundo con Isaac Newton y el tercero con Albert Einstein.
Cuenta la leyenda que Galileo fue a misa. Estando en medio del sermón (supongo), se quedó observando el enorme candelabro que colgaba desde una de las cúpulas y que oscilaba un poco debido a que lo acababan de encender (era de velas, obviamente) y subir. El movimiento pendular lo cautivó. Ver el candelabro oscilar era equivalente a verlo caer, y solo la presencia de la cuerda restringía esa caída y hacía que frenara y subiera de nuevo. Quiso entender mejor ese simple y cotidiano movimiento, así que al regresar a casa se puso a “jugar” con péndulos.
Una de las observaciones más importantes que realizó fue la de que el tiempo que sus péndulos tardaban en dar un ciclo (que el objeto colgado regresara al mismo lugar del que había sido soltado), llamado periodo, no dependía de la masa del objeto (para todos los péndulos siempre y cuando las oscilaciones fuesen pequeñas). Es decir, que si hacía un péndulo con una masa pequeña y otro con una masa mucho mayor, mientras la longitud de la cuerda fuese la misma, el periodo de oscilación era el mismo. De esto concluyó que, al contrario de lo que los filósofos habían dicho (solo dicho, nunca verificado ni contrastado), los objetos caen con la misma velocidad independientemente de su peso.
Es posible que usted, como primera reacción, dude de este resultado. A final de cuentas nuestra experiencia cotidiana puede hacernos pensar, como a los filósofos de los siglos anteriores a Galileo, que los objetos más pesados caen más rápido. Como ejemplo sencillo para ponerle a pensar y dar oportunidad a que el resultado de Galileo nos parezca más sensato, haga lo siguiente (que seguro ya lo ha hecho): agarre una piedra y un trozo de papel. Déjelos caer al mismo tiempo desde la misma altura. Es obvio que la piedra (más pesada) caerá rápidamente mientras que el trozo de papel realizará un zigzagueo lento hasta llegar al suelo. Repitamos el experimento, pero ahora haga una bola pequeña con el mismo trozo de papel antes de tirarlos. Verificará que ahora caen al mismo tiempo. Esto puede ser no suficiente para creerle a Galileo, a final de cuentas, en ciencia no queremos creer nada. Queremos proponer y verificar ideas para poco a poco – sin llegar nunca – acercarnos a la verdad. Lo que sí nos permite este pequeño experimento es deducir al menos dos cosas: primero que la fricción juega un papel importante en la caída de los objetos, y que por eso, en el primer intento, el papel fue muy lento. La segunda es que si bien no hemos demostrado fehacientemente que el tiempo de caída es el mismo independientemente de la masa, el papel arrugado (y por ende con una fricción similar a la de la piedra) sí cayó mucho más rápido que antes y al menos casi igual que la piedra, aún cuando sus masas sí son muy distintas. Esto debe, al menos, inquietarnos sobre la posibilidad de que Galileo no ande tan equivocado.
En los tiempos de Galileo se tuvo que convencer a los sabios de la época (que solo hablaban, y mucho), cosa que no era trivial ya que había que convencerlos de que en realidad no sabían nada, o casi nada, que no es lo mismo, pero es igual. Para lograrlo, Galileo ideó y llevó a cabo varios experimentos que confirmaron su observación. Los experimentos consistieron en utilizar planos inclinados para que los tiempos de caída fuesen más largos y así poder medirlos mejor (no había relojes, recordemos). También, de manera más dramática, la leyenda cuenta de que subió a la torre de Pisa y dejó caer objetos de masas muy distintas (o mandó esclavos, perdón, discípulos a que subieran y los dejaran caer), los cuales cayeron al mismo tiempo, ante el asombro de todas las personas presentes.
Con el análisis de sus experimentos y observaciones, Galileo también fue capaz de obtener algunas relaciones matemáticas que describían esos movimientos. Así, con esos resultados, se podía predecir el tiempo que tardaría en caer cualquier objeto desde cualquier altura. Lo que no se podía hacer era explicar por qué era así. Cuál era la razón. Para eso, tuvo que llegar Newton.


¿Fuga de cerebros? ¿En serio?

septiembre 23, 2019

Muchas veces he escuchado la frase fuga de cerebros para referirse a la situación en la que personas altamente capacitadas o con un gran potencial realizan su vida productiva en un país distinto al que nacieron, sobre todo si nacieron en un país subdesarrollado. Como podrán imaginar, en el ámbito científico es común encontrar esa situación y por ende el uso de esa frase.

¿Es la fuga de cerebros un problema?

La ciencia es una actividad internacional, o dicho de otra manera, es una actividad sin nacionalidad. Bueno, más o menos, al final es imposible quitar por completo los sentimientos de arraigo y nacionalismo por completo. También, el hecho de que ciertos países sean los que producen la mayor parte de los resultados (e invierten la mayor parte de los recursos), ayuda a darle tintes regionales a la ciencia y su desarrollo. Sin embargo, en la mayoría de los casos, incluyendo los de esos países, las personas que llevaba cabo las investigaciones, creaciones y descubrimientos, son de muchas partes del mundo y hay una gran diversidad.

Por otro lado, no debemos olvidar que las personas que nacen en países no desarrollados tienen muchas menos posibilidades de obtener una educación adecuada que les permita acceder a una vida en la ciencia (y a cualquier profesión, pero me enfoco en la ciencia). Ese es un reto que, en nuestro país, debemos enfrentar y tratar de vencer si queremos avanzar.

Cuando una persona de un país como el nuestro decide dedicarse a la ciencia (en el caso de haber tenido la enorme fortuna de estar en esa condición) debe tomar toda una serie de decisiones relevantes para su futuro. En particular, varias de esas decisiones están relacionadas con el lugar en el que debe/puede prepararse. Si tiene la suerte de ser bien orientada, entenderá rápidamente que lo que más le conviene, en términos de formación integral y de nivel, es realizar su doctorado en alguna institución de uno de los países más desarrollados (desde luego en una buena institución, ya que también pueden tener instituciones malas). Si logra hacerlo, ya sea con el apoyo de su país o, mejor aun, del país en donde estudiará***, se dará cuenta inmediatamente de que las condiciones de trabajo y posibilidades de desarrollo existentes en esos lugares son abismalmente diferentes a las existentes en México. No solo en términos de infraestructura física, sino también en el ambiente y ecosistema de trabajo y desarrollo intelectual (y por ende en las posibilidades de contribuir a la sociedad).

*** Un comentario al calce: en países como el nuestro, cuando alguien logra estudiar y pensar en un posgrado en un área científica, es importante mencionar que es posible hacerlo sin tener los recursos económicos para pagar universidades extranjeras (y sin ser hijos de papi ni mami, ni tener contactos ni “relaciones” –> esos por lo general no se van a las ciencias y no concursan becas extranjeras. Los becan sus relaciones a través del erario y, además, consiguen becas de conacyt). Para lograrlo, “solo” hay que competir por becas extranjeras, es decir, “solo” hay que tener la oportunidad de poder hacer una buena licenciatura, lo que en nuestro país – y en otros como el nuestro – es poco probable pero posible.

Al terminar su doctorado (independientemente de quién le financió) tendrá que decidir dónde buscar un empleo. No será muy difícil imaginar que de tener posibilidades reales de conseguir un empleo en una institución de mucho nivel en un país desarrollado, será difícil no aceptarlo.

Sin embargo existen muchas razones por las que las personas deciden volver o no a su país. Muchas de esas razones no tienen que ver con el ámbito científico. Las que sí, también son variadas, pero insisto, si solo se tomara en cuenta el aspecto estrictamente laboral, académico, y además se tuviera la oferta de trabajo en una muy buena institución, seria muy difícil tomar la decision de regresar a México.

Y no es porque la situación sea muy mala, no, es porque la situación es catastrófica. Hay espinas por cualquier ángulo que se tome. Por un lado los salarios. La mayoría de las personas que nos dedicamos a la ciencia en el país laboramos en universidades, sin embargo no se nos contrata como científicas sino como instructoras. Pagan lo mismo a una persona que tenga la formación como científica que a una que no, ya que en el esquema implementado por el gobierno para las universidades, se supone que todas las personas hacemos lo mismo y al mismo nivel** (un milagro, la verdad). Esto se trata de compensar con el Sistema Nacional de Investigadores, pero ni así se acerca a lo que debería ser.

** Se maquilla la situación diciendo que todas las personas hacen investigación”,solo que le llaman investigación a cualquier cosa.

Pero eso no es (ni por mucho) el mayor de los problemas. Para muchos eso no representa una razón suficiente para no intentar contribuir a la ciencia desde nuestro país. Al final, pocas personas se deciden entregar a la ciencia pensando en hacerse ricas. El problema mayor es la inexistente infraestructura científica y tecnológica del país. La falta de recursos para proyectos de gran nivel, de medio nivel y de nivel individual, así como de recursos para garantizar una infraestructura física mínima que permita hacer ciencia a nivel competitivo de manera sostenida a lo largo y ancho de nuestro país (un país enorme, con una población grande, distribuida en toda su extensión geográfica). La falta de una política pública que dé certeza y su lugar a al ciencia como centro de desarrollo integral del país. Todo ello simplemente inexistente. Sí, inexistente, a pesar de todo lo que a veces se cacarea en los medios y dentro de la misma comunidad científica.

Y hablando de comunidad científica, hay otro aspecto por el cual muchas personas no vuelven. Nosotros mismos no somos capaces de generar ambientes de trabajo y organización con un mínimo de meritocracia y trasparencia. Las contrataciones son oscuras, empantanadas, arregladas. Aprovechando la obtusa burocracia y la conveniente dosis de ineptitud en los esquemas de contrataciones de prácticamente todas las instituciones, seguimos contratando y creciendo de la misma manera: endogamia académica, esquema de favores y conocidos (una versión patética de proteccionismo que nos permite auto-engañarnos/simular y decir que estamos apoyando a nuestros estudiantes), un fingido patriotismo y nacionalismo para no contratar a las mejores opciones, vengan de donde vengan, y luego, al mismo tiempo, con la contradicción característica de nuestro surrealismo (inmensa fuente de orgullo nacional), contratando supuestos gurus extranjeros que pa nada sirven.

Y luego, cuando a pesar de todo ello, las enchiladas, los tacos y la familia hacen que alguna que otra desventurada persona decida regresar, seguramente pasará por toda una serie de nefastas indignaciones y sinsabores administrativos. Si tuvo la suerte, el apoyo, la fortuna de que alguien se haya apiadado de ella (o que se aniquilen los esfuerzos de todos los grupos y hayan optado por contratarle para no contratar a los de los demás) y gracias a ello obtener la dicha de haber sido considerada merecedora de una plaza – de la que se espera esté agradecida y en deuda toda la vida – entonces, en ese momento, cuando pensó que ya había terminado el calvario, justo unos días después, se entera que no, que el infierno apenas empieza (descubrirá que se le llama investigación a casi cualquier cosa, que lo académico es completamente prescindible en comparación con otros intereses, que la calidad produce incomodidad en muchas personas, que en aras de “aplicar el conocimiento” y “desarrollar tecnología” se simula y desperdicia una cantidad asombrosa de recursos. Descubre que intentar poner nivel en los esquemas es un pecado capital. Y luego, como postre, descubre que alguien inventó cosas raras como “Cuerpos académicos”, “perfil”, “estímulos docentes”, etc…………..).

La fuga de cerebros no existe. Lo que existe es una deficiente y mediocre organización de la estructura laboral científica en el país. Debemos intentar contribuir a que cambie y dejar de acusar a lo tonto a jóvenes que están buscando su futuro y construir más conocimiento. No hay nada más noble que eso: el haber querido estudiar y aprovechar las oportunidades que pocas personas tienen. Debemos invertir en ciencia y en particular en la formación científica de un montón de personas para que, una vez formadas y preparadas, hagan ciencia competitiva y por ende útil, independientemente del área (disciplina) y lugar.

Para que lo hagan en México será necesario invertir en mejorar la estructura administrativa de la ciencia y la educación. ¿Cómo? Apoyando más y decididamente a las universidades públicas del país. Sí, exigiéndoles claridad, absoluta transparencia e incentivando políticas de contratación basadas en calidad académica. Dejando de pensar en ellas como simple productoras de profesionistas y enfocando recursos a áreas científicas para formación de pregrado de alto nivel como primera fase.

Si lo hacemos, más pronto de lo que imaginamos, la gente regresará y ya no será necesario que a alguien se le ocurra hacer el increíble ridículo de exigirles compromisos de retorno (a la nada) por una beca. Regresarán automáticamente y muchas personas de todo el mundo desearán poder trabajar y contribuir a la ciencia desde instituciones mexicanas.

no_bullshit


SOS a la comunidad científica

septiembre 15, 2019

Hace unas semanas asistí a dar un curso en la Escuela de Física Fundamental, este año celebrada en el CINVESTAV. Ahí tuve la oportunidad de ver a varios colegas y platicar sobre la situación general de la ciencia en el país, tema que siempre comentamos, pero que hoy han tomado una emergencia/interés peculiar.

El tema nos llevó a hablar de la presencia de la pseudociencia en el discurso oficial y de cómo, a mi parecer, la comunidad científica no ha reaccionado de manera contundente al respecto. Ya entrados en ese tema, en una de las charlas me enteré de la existencia de un aparato milagroso, inventado por un físico indio, que según dice tiene el potencial de curar cualquier enfermedad. Dicho portento tecnológico lleva el creativo nombre de “cytotrón”. Nunca antes había escuchado de esa maravillosa y milagrosa tecnología, así que me entró la curiosidad y me puse a investigar. Era obvio que se trataba de una locura, pero quería saber los detalles porque, según se comentó, el aparatito ya estaba en hospitales. No lo creí, pero uno nunca sabe.

Bastaron 5 minutos para saber que se trata, efectivamente, de una basura pseudocientífica de lo más burdo. No le voy a insultar describiendo los mecanismos que dicho aparato milagroso utiliza, pero si le interesa ver cómo se escribe una descripción pseudocientífica de gran envergadura, el afamado inventor no le decepcionará y ha creado una página de internet con todos los detalles, utilizando toda la palabrería y estilo adecuados. No le daré promoción directa, así que no publicaré en este espacio su página, pero si usted tiene ganas, fácilmente la encontrará buscando “cytotrón” (solo en inglés, pero quizás pronto alguien tenga una traducción).

Lo malo es que sí es verdad que un hospital ya cayó en el timo desde hace más de un año. De alguna manera, algún vendedor muy hábil, había logrado insertar un “cytotrón” para hacer “pruebas” en el Hospital Infantil de México Federico Gómez.

Mi reacción inmediata fue poner un tweet y contactar a un amigo que conoce mucho sobre los temas de fraudes tecnológicos y su relación con las autoridades. Le envié un mensaje a Luis Mochán, investigador del IFC-UNAM en Morelos, y le comenté la situación. Luis inmediatamente me respondió y empezó su propia indagación. Compartió nuestra preocupación y, entre otras cosas, contactó a una colega física médica del IFUNAM, María Esther Brandán, que es experta en el tema y ya ha lidiado con otros fraudes similares (como el del sostén que detecta cáncer de mama y que Peña Nieto anunció con bombo y platillo desde Los Pinos como un gran emprendimiento de juventud).

No tengo mucho espacio pero entiendo que el aparato se promueve citando publicaciones que no le son relevantes, no hay ningún ensayo clínico que verifique su efectividad, no tiene ninguna certificación y su uso preocupa a reconocidos médicos, incluyendo oncólogos. En México no se han comprado aún, se hallan en comodato, pero se están “probando” en niños con cáncer en fase terminal. ¿Cómo lo permitieron? No lo sé. La descripción del aparatito es tan burda y ridícula, que da miedo pensar que algo así pueda suceder en un hospital tan importante. No quiero imaginar que los médicos encargados de dictaminar si una nueva tecnología/herramienta deba ser puesta a prueba en hospitales no hayan sido capaces de determinar que se trata de un timo evidente y obsceno. Si efectivamente cayeron en el engaño, será muy difícil que lo reconozcan y dejen de tajo el “ensayo”, que solo logrará mantener esperanzas falsas a quienes están sufriendo la enfermedad, y un desperdicio irracional de recursos y tiempo por parte del hospital. En todo caso, es urgente verificar que el protocolo tenga los controles adecuados. Si no cayeron en el timo y son sus promotores, ya no tengo palabras que pueda publicar aquí para referirme a ellos.

Insisto, la cosa es tan ridícula que muy ingenuamente pensé que la situación ahí había quedado. Sin embargo hace unos días me entero que al parecer las “pruebas” siguen en el hospital. Por otro lado, con la reciente situación que hemos tenido en el país en relación a los medicamentos asociados a las quimioterapias, no quiero imaginar que parte de la propuesta para vencer a las farmacéuticas asesinas vaya a ser recurrir a estas tecnologías “alternativas” y le vayan a llevar la idea al presidente. Es esta posibilidad la que me obliga a intentar hacer algo de ruido y mandar un SOS: colegas, hagamos lo que esté a nuestro alcance para intentar frenar estas amenazas a la salud.

Luis: gracias por tu apoyo con este artículo.

#NoBullshit

no_bullshit

 


Los renglones retorcidos de odios(os)

julio 30, 2019

Quienes hayan tenido la enorme fortuna de seguirme por aquí saben que varias veces he mencionado que la ciencia en nuestro país no ha sido apoyada. No es un misterio, la ciencia nunca ha sido considerada como una parte importante, ya no digamos esencial, de los proyectos de país. Ha existido como un rubro, uno más de muchos, que hay que incluir y darle “algo de dinero” para que no se diga que no existe. Nunca se ha entendido a la ciencia como un ingrediente estratégico en el que se fundamenten todos los programas y proyectos.

Quienes me leen saben que digo esto de la importancia y sustancia de la ciencia no porque yo sea científico. Es precisamente por su relevancia que algún día decidí dedicarme a la ciencia. En otras palabras, esto no pretende ser una queja por pertenecer a sector que no ha sido tomado en cuenta, esto es una preocupación general de que, al no considerar la ciencia como una de las guías más útiles e importantes para el desarrollo del país, estamos destinados al fracaso. Si no lo cree, considere que la realidad actual del país es evidencia contundente del desinterés y poco entendimiento de ello que tuvieron los gobiernos del pasado.

Se habla de que en tal o cual administración se aumentó o disminuyó el presupuesto, que se crearon o cerraron centros, becas, etcétera. La verdad es que hay ciencia (básica, sobre todo) en México gracias a esfuerzos descomunales de personas que han logrado sobrevivir en un ambiente poco propicio, sobre todo fuera del centro del país (ahí sí han estado un poco más “protegidas”). También, y en mucho gracias a esas condiciones, se han desarrollado vicios, usos y costumbres dentro de las pequeñas comunidades científicas que afectan su desarrollo pleno y transparente, así como una enorme cantidad de simulación en lo que corresponde al supuesto “desarrollo tecnológico” y “aplicación” de la ciencia. Dicho de otra manera: existe ciencia en México. Poca, mal organizada y con problemas de crecimiento y perspectiva. Todo esto derivado de una casi nula inversión y un definitivo desinterés y desconocimiento por parte de quienes han gobernado.

Hoy no es diferente. Bueno, quizás un poco.

Se esperaba una oportunidad. No sucedió. Y no es como antes, lo percibo diferente. Antes no significábamos nada, o casi nada, que no es lo mismo, pero es igual. Ahora tengo la sensación de que significamos algo negativo, malo. No solo innecesario, sino contrario y opuesto a la sociedad. Ahora parece que la ciencia, y más concretamente quienes nos dedicamos a ella, no tenemos ningún respeto, interés ni sensibilidad por los problemas que aquejan a la sociedad. No, al parecer somos personas que estamos en “nuestro mundillo”, despreocupados y siempre pidiendo dinero. No queremos incomodarnos; gozamos de comodidad y no la queremos perder. No nos importa nadie. Bueno, tampoco, al parecer lo que sí nos interesa es apoyar a las grandes empresas e imperios a retener su poder y opresión sobre los demás. Al parecer, estamos enterándonos en este momento, de que un gran número de personas que nos dedicamos a la ciencia, hemos estado manipuladas, engatusadas y “ensuciadas de la mente” con ideas que solo benefician a los poderes opresores de la sociedad y de la naturaleza. Somos odiosos, la verdad.

Otro aspecto (relacionado) que en lo personal me inquieta mucho: uno de los factores que desde “pequeño” identifiqué como preocupante en nuestra falta de apropiación de la ciencia y el conocimiento era, aparte de una educación deficiente y desinteresada, el de una gran afección por la superstición. Eso no es exclusivo de México, pero es fuerte en nuestra sociedad. Ese tipo de pensamiento no solo se contrapone con el pensamiento científico, sino que al ser tomado en serio por muchas personas, atrofia el desarrollo social. Hoy parece institucionalizarse. Si es así, será devastador.

Al margen de todo esto, que al final del día es solo una expresión de desilusión, lo que queda evidenciado de manera contundente es que la ciencia, y su comunidad mexicana, son consideradas completamente innecesarias para el futuro de este país. Dos renglones, no perdón, menos, cinco renglones, lo evidencian.