¿Por qué desconfiamos de la ciencia?

octubre 21, 2017

Pareciera que la experticia es algo negativo. Al preguntar sobre algo, uno esperaría que lo que se busca es una respuesta. Por alguna razón, si la respuesta viene de una persona experta, como que no nos gusta. “¿Son malos (para la salud) los transgénicos?”, le preguntan a una bióloga. “No, para nada”, responde. “¿Y cómo sabes? Yo leí que hay muchos estudios que dicen que hacen mucho daño. Es más, vi un video donde un científico dice que sí.”

El hecho de que quien contestó haya pasado tiempo preparándose y aprendiendo, especializándose en un área que precisamente tiene que ver con la pregunta, una persona que ha dedicado buena parte de su vida precisamente a tratar de entender e incrementar nuestro conocimiento en esa área, no es suficiente para contrarrestar una idea formada por lecturas poco técnicas y creencias. Ni siquiera cuenta en la discusión que quien pregunta no terminó la prepa (o si la terminó nadie sabe exactamente por qué ni cómo) y que considera que todas las opiniones cuentan. Perdón, no solo cuentan, sino que cuentan lo mismo.

Es bien sabido – y hasta me resulta cansado el repetirlo – que todas las personas deben tener el derecho a pensar y opinar lo que deseen, pero eso no hace que sus ideas y sus expresiones tengan sentido o que no puedan ser criticadas. Las ideas no tienen por qué ser respetadas, sobre todo si sabemos y podemos sustentar con evidencia que están equivocadas. Ninguna persona está – ni debe ser – forzada a aceptar ninguna idea, independientemente de que yo tenga el derecho de expresarla. Las ideas deben ser analizadas, criticadas, contrastadas y matizadas. Cada quien decidirá con qué se queda. Lo interesante es que cuando estudiamos y nos preparamos un poco, se esperaría que aprendiésemos a explotar nuestra capacidad de análisis para que así, poco a poco, lográramos ir aceptando aquellas ideas que tienen sustento y desarrolláramos la habilidad de ir “soltando” aquellas que no. También, ya que no podemos saber todo, ni podemos volvernos expertos en todo, cuando nuestras dudas e inquietudes recaen en áreas que no dominamos, y queremos tener un poco de idea, se esperaría que al preguntar y recibir información, si esta viene de una persona experta, uno le daría un poco más de peso que si no. No se trata de que un experto siempre tenga la razón, se trata, simplemente, de que un experto sabe más que yo.

En realidad el problema no es creerle o no a una persona experta. El problema consiste más bien en recibir una respuesta que vaya en contra o sea diferente a nuestra pre-concepción. Ahí está el asunto. Es difícil ver que nos equivocamos y más si ya hemos manifestado nuestra idea antes. Nos veremos mal y eso no lo podemos permitir (¡faltaba más!)


Exámenes

septiembre 14, 2017

¿Cómo evaluar? ¿Cómo examinar? Estoy sentado en el escritorio al frente del salón de clase. Tengo frente a mí a un grupo de estudiantes realizando un examen de uno de mis cursos de licenciatura, uno de mis favoritos. Al verlos me pongo a pensar y recordar cuando yo estaba de ese lado. La verdad, lo recuerdo con gusto. Las sensaciones de expectativa, el proceso de cortejo previo cuando estaba tratando de pensar cómo sería el examen. Desde luego que tuve de exámenes a exámenes, y los hubo aburridos, torpes, regulares y excelentes. También una parte interesante del “feeling” era su relevancia. Había exámenes bastante intrascendentes mientras que había otros por los que había esperado – e invertido – desde años. Recuerdo particularmente mis exámenes generales, los que se hacen en el posgrado para obtener la candidatura al doctorado: esos los había estado soñando desde que iba la mitad de mi licenciatura.

Como profesor y evaluador me he tenido que preguntar muchas veces cómo evaluar, cómo calificar. Esto ya que seguramente no hay una manera única de evaluar a las personas que tuvieron la enorme suerte de escucharme durante el semestre. Al principio, en mis primeros intentos de curso, recuerdo que me resultaba muy complicado realizarlo. Prácticamente cualquier cosa que se me ocurría se me hacía injusta. No encontraba la manera de poder hacerlo sin sentir que no funcionaba para alguien, que no cubría todos los aspectos, que no era útil. Me preocupaba muchísimo la idea de que no podía evaluar igual a todas las personas e incluso llegaba a cuestionar el valor y principio mismo de la “evaluación”.

Afortunadamente solo fue un lapsus – muy corto. Me di cuenta de que si bien no todo lo que se ha hecho en la tradición educativa universitaria (del primer mundo) en los últimos siglos es vigente, y afortunadamente se han logrado avances significativos en muchos hábitos y métodos educativos, el proceso de evaluación “rígido” y temible de los exámenes ha funcionado muy bien. Sé que hay muchas personas que no lo ven así y que sobran argumentos para explicar lo absolutista y limitado de ese enfoque. Sé que se percibe a las evaluaciones “tradicionales” como las culpables (absolutas) del fracaso de muchas personas en el ambiente educativo. Sé que podemos sentir que fueron los exámenes y/o quienes nos evaluaron quienes terminaron con nuestras oportunidades. Quiero obviar – por favor – el caso desgraciadamente muy común de que en efecto la persona que estuvo a cargo de preparar la evaluación (y los cursos) haya sido mediocre, ignorante, malvada, incapaz y/o frustrada, y que en efecto sus “evaluaciones” hayan sido terribles e injustas. Quiero obviarlo no porque no sea importante, lo es, sino porque eso no es un argumento para desechar el concepto de evaluación a través de un examen, no es un argumento para desechar el concepto de calificar, de decidir si una persona sabe hacer algo o no, sin que el resultado hable de las calidades humanas de la misma. Me convencí y cada vez estoy más convencido de que los exámenes (en donde uno demuestra que sí sabe) son irreemplazables. Entonces, me dí cuenta de que el problema está en otro lado, no en la evaluación. La evaluación es necesaria. Es indispensable. ¿Y entonces?

Si quien imparte clase tiene vocación, preparación y nivel, debe tener libertad absoluta para programar, dirigir y evaluar. Ahora, ¿cómo garantizar que quienes estamos como responsables de formar estudiantes sí tenemos vocación, preparación y nivel? Considerando las condiciones laborales y salariales en nuestro país, en todos los niveles educativos (con sus respectivas diferencias y necesidades), es verdaderamente casi un milagro (que obvio, no existen) que de repente se encuentre uno con una persona con esos ingredientes. ESE es el problema.

 

Se agradecen tus comentarios.

 


Eso no es para ti

agosto 9, 2017

“¿Quién es Julián Hinojosa?” preguntó la maestra de sexto el primer día de clases. Quería saber quién era el niño que tenía la beca de aprovechamiento. De acuerdo con Julián, fue una excelente maestra. Recuerda que le enseñó muchas cosas y que ponía un empeño verdadero en su labor.

“¡Niños!, ¿quién es Julián Hinojosa?”. “Yo maestra, acá”. “No, no puedes ser tú, no es posible”.  “¿Por qué maestra?”, preguntó Julián desorientado. “No, claro que no” “¿Cómo va a ser eso posible?, ¿qué no te ves?.” Julián aún más desorientado no supo que decir. “No, tu no eres para eso, no te esfuerces.”. “¿No has visto a los niños en el mercado? Esos que ayudan con los bultos a las señoras, sí esos. Tú deberías estar ahí, cargando bultos.”

Pasaron los días y cuando la directora vio el nombre del estudiante que recibiría la beca de aprovechamiento se sorprendió. No era Julián, y la directora sabía que tenía que ser Julián, era el mejor. Increpó a la maestra y ella simplemente le dijo “pero ¿cómo se la vamos a dar a alguien así?” ¿Así cómo? Preguntó la directora. “Pues así como es él, véalo.” La directora no parecía conformarse. Ya un poco desesperada, la maestra dice “¡Pues prieto!”

Eventualmente, directora y padres de Julián le pusieron un freno a la maestra. O intentaron, ya que durante todo el año seguía haciéndole comentarios agresivos y vejaciones. Comenta Julián que la cosa se tranquilizó un poco después de que su papá, ya desesperado, le puso un ultimátum a la maestra: “o se tranquiliza o le parto su  ….”

Gracias a las intervenciones familiares y de la directora, la maestra incluso llegó a medio disculparse de algunas cosas con Julián, como el hecho de ponerle calificaciones bajas en materias que no se pueden cuantificar y que por ello, a pesar de haber ganado los concursos de aprovechamiento en su estado, no pudo ir al concurso nacional por su promedio. Sin embargo, el color de piel de Julián no le permitía estar tranquila y volvía a sacar alguna tontería (hasta que la amenazaron, claro está).

Julián es un guerrero. Julián es un sobreviviente. Julián no es su nombre real. Julián es un colega que me compartió esta experiencia que vivió en su primaria, hace algunas décadas, en algún lugar común de nuestro glorioso país. Esa fue, según él recuerda, la primera vez que sintió ese racismo y clasismo tan nuestros. Tan presentes y tan escondidos que a veces creemos – estamos convenidos – que los racistas son los gringos.

Como dije antes, Julián es un guerrero. No lo detuvo su maestra de sexto ni tampoco todo lo que tuvo que sobrepasar después. No solo siguió avanzando y desarrollando su vida en un país y sociedad hostiles, sino que logró lo que muy pocas personas logran en cualquier lugar: se convirtió en un científico. Ahora Julián contribuye para que sepamos más y ofrece su conocimiento y experiencia a jóvenes que desean seguir ese camino.

Desgraciadamente la historia de Julián no es una cosa aislada. Desgraciadamente no todas las personas son guerreras. Desgraciadamente no todas las guerreras triunfan. Me pregunto cuántas personas han “quedado en el camino” por este tipo de obstáculos y sinsentidos.

Luego, en el evento de graduación de la primaria, llegó la hora esperada en que pasaban al frente a quienes obtuvieron mejor aprovechamiento. Nombraron a una niña de primer año, luego a uno de segundo, y así hasta llegar a sexto. Los nombres los leía una niña, de una lista que le dieron los maestros. Al llegar a sexto salió un nombre, no era Julián. Hubo desconcierto. Todo mundo sabía que Julián era el mejor. Se empezó a escuchar por toda la escuela “Julián, Julián, Julián”. La maestra, encolerizada, se dirige a él y le dice “Ándale pues, sube. Ya echaste a perder el evento”.

 


Las apariencias

julio 11, 2017

No se crea, no es cierto. Usted sabe muy bien que no todo lo que se dice es cierto. Por mucho que una mentira se repita, repita, repita y se vuelva a repetir, al punto que una mayoría pueda llegar a creerla, eso tampoco la hace verdad: sigue siendo una mentira.

No, no es verdad que se ha invertido en ciencia en nuestro país. No se ha invertido ni cercanamente lo mínimo como para pretender que tenemos, o debamos tener, una ciencia saludable, robusta, de impacto. Lo que se ha dedicado de recurso a la ciencia en nuestro país es demasiado insuficiente.

Hace varias décadas, algunos países que se encontraban en condiciones similares a las que tenía el nuestro, invirtieron en ciencia y educación. Invirtieron sin miedo, sin vacilación. Hoy, algunos de ellos impactan la economía mundial y lideran el desarrollo. Nosotros no. Durante ese mismo tiempo, la cantidad de recursos que nosotros dedicamos a esos rubros, ha sido prácticamente inexistente en comparación con lo que debió y pudo haber sido. Lo poco que se “invirtió” ha servido para que exista una “comunidad científica” endeble y poco visible, con realidades cotidianas obtusas y opacas. Nótese por favor que hablo de la “comunidad científica” y no de las personas. Existen en nuestro país personas con nivel y potencial comparable al que existe en los mejores lugares para la ciencia en el mundo, sin embargo la “comunidad científica” mexicana es débil y pequeña. ¿Qué tan pequeña? Por cada persona que realiza investigación científica en el país, se necesitan al menos otras diez.

Esto es un problema importante y hay que resolverlo, sin embargo, me parece que primero es indispensable reconocer (y atacar) otro problema que en mi opinión es incluso más serio: creer que estamos bien. Y es que es tan fácil engañarnos. De tanto escuchar que hacemos ciencia, de tanto desear que eso sea verdad, a veces quienes nos dedicamos a la ciencia también caemos en el error de creer que sí hay una ciencia robusta en el país, que sí se ha avanzado, que ¡ya estamos ahí! (o casi).

¿Por qué nos engañan – engañamos? Si hay algo que mueva montañas en México, son las apariencias. México es – aunque se nos olvide y no se refleje socialmente – un país muy rico. Tan es así, que forma parte de algunos grupos selectos a nivel internacional donde se supone participa en los foros más importantes para el desarrollo del mundo. Dentro de esos grupos se hacen evaluaciones y “rankings” en diferentes rubros, siempre incluyendo la educación y la ciencia. Al salir calificados con niveles paupérrimos en cuestiones educativas y tecnológicas, como que da pena, vergüenza. Esa penilla hace que a veces nuestros dirigentes se pregunten consternados: ¿Cómo es posible que seamos tan malos en esos rubros? ¿Cómo es posible?, ¿con todo lo que invertimos en ciencia (mentira, recuerden)? ¿Pos qué hacen? ¿En qué se gastan todo lo que “les damos”?

Para tratar de mejorar índices, rápido, de manera urgente y apresurada, a veces se intenta el discurso optimista y el “re-diseño” de medidas y métodos. Desafortunadamente, para quienes desean subir indicadores a toda costa sin inversión y de manera inmediata, los resultados de calidad no se pueden maquillar fácilmente.

Desafortunadamente también, a veces parecen no entenderlo y generan un discurso muy poderoso y penetrante en el que nos engañan con mentiras que luego a veces creemos. Pero no, no es verdad. No es cierto que se ha invertido en ciencia en nuestro país. La verdad es que necesitamos que se empiece a invertir seriamente para – primero – generar una base sólida y de alto nivel, que sustente las innovaciones tecnológicas en el futuro. No hay atajos, solo apariencias, y de mala calidad.

 


¡Ay, qué caro!

julio 3, 2017

#HablemosDeCiencia

De seguro han escuchado frases como “Ay, habiendo tanta hambre en el mundo y estos mandando naves a la Luna, ¡qué egoístas!” o como esta “a ver, si saben tanto por qué no curan el cáncer, o el sida, o la diabetes, o ….”
“Deberían de resolver problemas de verdad, como el de que nuestro país tiene mucha agua en ciertos lugares y se están muriendo de sed en otros.”
“¿Para qué gastan tanto dinero en esos aparatotes – que ni sé pa’ qué sirven – mientras hay tanta pobreza en el mundo?”
“Uy sí, andan tomando fotos de Plutón, que está en un lugar al que nunca vamos a ir, y ni se preocupan por lo problemas que sí nos afectan aquí, en este hermoso y lastimado planeta.” Etcétera.
Sí, los científicos somos extremadamente egoístas y no nos importa nada ni nadie, solo queremos despilfarrar recursos persiguiendo nuestras extravagancias…

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Yes, …. no

junio 19, 2017

Cuando empezaba mis estudios de licenciatura, recuerdo la sensación – fuerte, casi estomacal –  de participar en alguna reunión de física a la que asistían personas de varias partes del mundo, algunas muy famosas y conocidas en el medio, y en donde yo no entendía mucho porque simplemente no hablaba inglés. Recuerdo la sensación de estar y no estar. De querer pasar por desapercibido y no lograrlo, ya que se tenía que llegar la hora de la comida y me tocaba compartir la mesa con cinco o seis personas, en ese momento desconocidas, de las cuales ninguna conocía el castellano.

No era importante ni relevante en ese momento el poder comunicar mis ideas o mis dudas, lo imperativo era poder sobrevivir el día sin lucir (ante mí mismo, desde luego) como un idiota. El miedo a quedar mal, a no saber qué ni cómo responder porque ni siquiera entendí bien la pregunta. El tener que adivinar cómo menear la cabeza y ver los ojos de quien preguntó para intentar corregir el meneo y que en lugar de ser un “no” sea un “yes”. Hacerlo en un ambiente intelectualmente competitivo y en el que se “juzga” a las personas por sus habilidades mentales, lógicas y de comunicación eficiente. Es difícil describir las sensaciones, así que pido se las imaginen.

Con el tiempo y el trabajo se solventa todo, siempre (y no es una frase barata de Coelho, esto sí es cierto). Eventualmente no solo logré desenvolverme en ese idioma, sino que también entendí lo que era verdaderamente importante y cómo, aún sin haber podido comunicarme como yo hubiese querido, desde esas primeras aventuras, las personas que escuchaban mis gemidos y angustias, lograban determinar mi capacidad y pasión a pesar de todo.

Recientemente volví a experimentar esa sensación pero de una manera diferente y muy interesante. Hace poco visité Fermilab, un laboratorio nacional gringo ubicado en Batavia, Illinois, en el que se lleva a cabo investigación básica de altas energías. Ahí, desde su creación hace 50 años, se han descubierto varias partículas y se ha desarrollado una gran cantidad de tecnología que se aplica en muchas áreas de ingeniería, salud, agricultura y comunicaciones. Es un laboratorio del Departamento de Energía de los gringos que está enfocado a ciencia básica y en el que colaboran miles de personas dedicadas a la ciencia en todo el mundo. Durante la visita asistí a un congreso y de repente, sin pensarlo, me encontré comiendo con un grupo de colegas. Estábamos platicando, bromeando, compartiendo y compitiendo (siempre, amigable y despiadadamente). Lo peculiar es que lo hacíamos en castellano. Luego, casi sin querer, me percato de que uno de mis colegas estaba muy callado y ausente; parecía ensimismado. Miraba de reojo a algunos de nosotros en ciertos momentos como queriendo arrebatar algo de información para buscar contexto. Evidentemente él no habla castellano.

Recordé ese sentimiento de no pertenencia, de sentirme impotente, invisible. Claro que no creo que haya sentido lo mismo por dos sencillas razones. Una: es un científico muy reconocido y con un puesto muy importante dentro del laboratorio. Probablemente hasta contento estaba de pasar inadvertido por un momento y así lograr pensar tranquilamente en sus ideas mientras el resto platicábamos. En segundo lugar, y esto es lo más relevante, él no necesita el castellano para sobrevivir, sabe que en cualquier momento nos cambiamos al inglés si es necesario.

A mí en el fondo me dio mucho gusto la situación. No porque él no entendiera, sino porque dentro de ese escenario, sin planearlo y de repente, ya es común que haya un grupo de personas, científicas de varios países latinoamericanos, discutiendo y trabajando; algo que no sucedía hace apenas veinte años.

 


Ya es tiempo

junio 5, 2017

#HablemosDeCiencia

Por si no tuvieron la oportunidad de leerlo en el Diario de Colima hace unas semanas, aquí va de nuez:

retroceder-en-el-tiempo1Se venció el plazo que dimos para hablar sobre el tiempo. Hace un par de meses, en un intento por interaccionar con ustedes, propuse que escribieran sus ideas sobre la pregunta ¿qué es el tiempo?

Es una pregunta muy difícil. Los conceptos más básicos e ingenuamente familiares resultan a veces ser los más profundos y difíciles de definir, entender y explicar. La meta del ejercicio no era la de obtener sesudos estudios sobre la definición del concepto, sino la de divertirnos pensando y tratando de formular ideas al respecto.

Me dio mucha felicidad (soy un egoista empedernido) recibir casi de inmediato varias contribuciones. Algunas de amigos conocidos y otras de lectores que aun no he tenido la fortuna de ver en persona. Las ideas que resultaron de sus análisis y…

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