Las apariencias

julio 11, 2017

No se crea, no es cierto. Usted sabe muy bien que no todo lo que se dice es cierto. Por mucho que una mentira se repita, repita, repita y se vuelva a repetir, al punto que una mayoría pueda llegar a creerla, eso tampoco la hace verdad: sigue siendo una mentira.

No, no es verdad que se ha invertido en ciencia en nuestro país. No se ha invertido ni cercanamente lo mínimo como para pretender que tenemos, o debamos tener, una ciencia saludable, robusta, de impacto. Lo que se ha dedicado de recurso a la ciencia en nuestro país es demasiado insuficiente.

Hace varias décadas, algunos países que se encontraban en condiciones similares a las que tenía el nuestro, invirtieron en ciencia y educación. Invirtieron sin miedo, sin vacilación. Hoy, algunos de ellos impactan la economía mundial y lideran el desarrollo. Nosotros no. Durante ese mismo tiempo, la cantidad de recursos que nosotros dedicamos a esos rubros, ha sido prácticamente inexistente en comparación con lo que debió y pudo haber sido. Lo poco que se “invirtió” ha servido para que exista una “comunidad científica” endeble y poco visible, con realidades cotidianas obtusas y opacas. Nótese por favor que hablo de la “comunidad científica” y no de las personas. Existen en nuestro país personas con nivel y potencial comparable al que existe en los mejores lugares para la ciencia en el mundo, sin embargo la “comunidad científica” mexicana es débil y pequeña. ¿Qué tan pequeña? Por cada persona que realiza investigación científica en el país, se necesitan al menos otras diez.

Esto es un problema importante y hay que resolverlo, sin embargo, me parece que primero es indispensable reconocer (y atacar) otro problema que en mi opinión es incluso más serio: creer que estamos bien. Y es que es tan fácil engañarnos. De tanto escuchar que hacemos ciencia, de tanto desear que eso sea verdad, a veces quienes nos dedicamos a la ciencia también caemos en el error de creer que sí hay una ciencia robusta en el país, que sí se ha avanzado, que ¡ya estamos ahí! (o casi).

¿Por qué nos engañan – engañamos? Si hay algo que mueva montañas en México, son las apariencias. México es – aunque se nos olvide y no se refleje socialmente – un país muy rico. Tan es así, que forma parte de algunos grupos selectos a nivel internacional donde se supone participa en los foros más importantes para el desarrollo del mundo. Dentro de esos grupos se hacen evaluaciones y “rankings” en diferentes rubros, siempre incluyendo la educación y la ciencia. Al salir calificados con niveles paupérrimos en cuestiones educativas y tecnológicas, como que da pena, vergüenza. Esa penilla hace que a veces nuestros dirigentes se pregunten consternados: ¿Cómo es posible que seamos tan malos en esos rubros? ¿Cómo es posible?, ¿con todo lo que invertimos en ciencia (mentira, recuerden)? ¿Pos qué hacen? ¿En qué se gastan todo lo que “les damos”?

Para tratar de mejorar índices, rápido, de manera urgente y apresurada, a veces se intenta el discurso optimista y el “re-diseño” de medidas y métodos. Desafortunadamente, para quienes desean subir indicadores a toda costa sin inversión y de manera inmediata, los resultados de calidad no se pueden maquillar fácilmente.

Desafortunadamente también, a veces parecen no entenderlo y generan un discurso muy poderoso y penetrante en el que nos engañan con mentiras que luego a veces creemos. Pero no, no es verdad. No es cierto que se ha invertido en ciencia en nuestro país. La verdad es que necesitamos que se empiece a invertir seriamente para – primero – generar una base sólida y de alto nivel, que sustente las innovaciones tecnológicas en el futuro. No hay atajos, solo apariencias, y de mala calidad.

 


¡Ay, qué caro!

julio 3, 2017

#HablemosDeCiencia

De seguro han escuchado frases como “Ay, habiendo tanta hambre en el mundo y estos mandando naves a la Luna, ¡qué egoístas!” o como esta “a ver, si saben tanto por qué no curan el cáncer, o el sida, o la diabetes, o ….”
“Deberían de resolver problemas de verdad, como el de que nuestro país tiene mucha agua en ciertos lugares y se están muriendo de sed en otros.”
“¿Para qué gastan tanto dinero en esos aparatotes – que ni sé pa’ qué sirven – mientras hay tanta pobreza en el mundo?”
“Uy sí, andan tomando fotos de Plutón, que está en un lugar al que nunca vamos a ir, y ni se preocupan por lo problemas que sí nos afectan aquí, en este hermoso y lastimado planeta.” Etcétera.
Sí, los científicos somos extremadamente egoístas y no nos importa nada ni nadie, solo queremos despilfarrar recursos persiguiendo nuestras extravagancias…

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Yes, …. no

junio 19, 2017

Cuando empezaba mis estudios de licenciatura, recuerdo la sensación – fuerte, casi estomacal –  de participar en alguna reunión de física a la que asistían personas de varias partes del mundo, algunas muy famosas y conocidas en el medio, y en donde yo no entendía mucho porque simplemente no hablaba inglés. Recuerdo la sensación de estar y no estar. De querer pasar por desapercibido y no lograrlo, ya que se tenía que llegar la hora de la comida y me tocaba compartir la mesa con cinco o seis personas, en ese momento desconocidas, de las cuales ninguna conocía el castellano.

No era importante ni relevante en ese momento el poder comunicar mis ideas o mis dudas, lo imperativo era poder sobrevivir el día sin lucir (ante mí mismo, desde luego) como un idiota. El miedo a quedar mal, a no saber qué ni cómo responder porque ni siquiera entendí bien la pregunta. El tener que adivinar cómo menear la cabeza y ver los ojos de quien preguntó para intentar corregir el meneo y que en lugar de ser un “no” sea un “yes”. Hacerlo en un ambiente intelectualmente competitivo y en el que se “juzga” a las personas por sus habilidades mentales, lógicas y de comunicación eficiente. Es difícil describir las sensaciones, así que pido se las imaginen.

Con el tiempo y el trabajo se solventa todo, siempre (y no es una frase barata de Coelho, esto sí es cierto). Eventualmente no solo logré desenvolverme en ese idioma, sino que también entendí lo que era verdaderamente importante y cómo, aún sin haber podido comunicarme como yo hubiese querido, desde esas primeras aventuras, las personas que escuchaban mis gemidos y angustias, lograban determinar mi capacidad y pasión a pesar de todo.

Recientemente volví a experimentar esa sensación pero de una manera diferente y muy interesante. Hace poco visité Fermilab, un laboratorio nacional gringo ubicado en Batavia, Illinois, en el que se lleva a cabo investigación básica de altas energías. Ahí, desde su creación hace 50 años, se han descubierto varias partículas y se ha desarrollado una gran cantidad de tecnología que se aplica en muchas áreas de ingeniería, salud, agricultura y comunicaciones. Es un laboratorio del Departamento de Energía de los gringos que está enfocado a ciencia básica y en el que colaboran miles de personas dedicadas a la ciencia en todo el mundo. Durante la visita asistí a un congreso y de repente, sin pensarlo, me encontré comiendo con un grupo de colegas. Estábamos platicando, bromeando, compartiendo y compitiendo (siempre, amigable y despiadadamente). Lo peculiar es que lo hacíamos en castellano. Luego, casi sin querer, me percato de que uno de mis colegas estaba muy callado y ausente; parecía ensimismado. Miraba de reojo a algunos de nosotros en ciertos momentos como queriendo arrebatar algo de información para buscar contexto. Evidentemente él no habla castellano.

Recordé ese sentimiento de no pertenencia, de sentirme impotente, invisible. Claro que no creo que haya sentido lo mismo por dos sencillas razones. Una: es un científico muy reconocido y con un puesto muy importante dentro del laboratorio. Probablemente hasta contento estaba de pasar inadvertido por un momento y así lograr pensar tranquilamente en sus ideas mientras el resto platicábamos. En segundo lugar, y esto es lo más relevante, él no necesita el castellano para sobrevivir, sabe que en cualquier momento nos cambiamos al inglés si es necesario.

A mí en el fondo me dio mucho gusto la situación. No porque él no entendiera, sino porque dentro de ese escenario, sin planearlo y de repente, ya es común que haya un grupo de personas, científicas de varios países latinoamericanos, discutiendo y trabajando; algo que no sucedía hace apenas veinte años.

 


Ya es tiempo

junio 5, 2017

#HablemosDeCiencia

Por si no tuvieron la oportunidad de leerlo en el Diario de Colima hace unas semanas, aquí va de nuez:

retroceder-en-el-tiempo1Se venció el plazo que dimos para hablar sobre el tiempo. Hace un par de meses, en un intento por interaccionar con ustedes, propuse que escribieran sus ideas sobre la pregunta ¿qué es el tiempo?

Es una pregunta muy difícil. Los conceptos más básicos e ingenuamente familiares resultan a veces ser los más profundos y difíciles de definir, entender y explicar. La meta del ejercicio no era la de obtener sesudos estudios sobre la definición del concepto, sino la de divertirnos pensando y tratando de formular ideas al respecto.

Me dio mucha felicidad (soy un egoista empedernido) recibir casi de inmediato varias contribuciones. Algunas de amigos conocidos y otras de lectores que aun no he tenido la fortuna de ver en persona. Las ideas que resultaron de sus análisis y…

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Sangrón

mayo 8, 2017

 

Hace unos días Guille me mostró un comentario que una compañera de trabajo había “posteado” en Facebook. En él mostraba al mundo cibernético una pregunta que su hijo, creo que de 4 años, le acababa de hacer: ¿por qué la sangre es roja?

No solo es una pregunta maravillosa, sino que es del tipo que todas las criaturas humanas tienen y manifiestan cuando están explorando el mundo y aún no han sufrido la inquietante represión escolar y familiar, que por lo general termina con esa ingenuidad y curiosidad que nos caracteriza como especie. Una vez aniquiladas sus curiosidades genuinas, empiezan a preguntar cosas como ¿Para que sirve?

La pregunta sobre la sangre es interesante no solo en el sentido del tema en sí, que obviamente es hermoso y apasionante, sino por lo que involucra: el hecho, aparentemente simple, de que un cerebro humano genere esas inquietudes como reacción a los estímulos externos. Ese es el tipo de preguntas que nos hacemos cuando de verdad estamos aprendiendo.

La respuesta a la pregunta sobre el color de la sangre es: por el hierro. O al menos a cierto nivel, siempre se puede profundizar más o menos. Se puede decir que es roja porque la sangre está conformada de muchas cosas pequeñas, pero principalmente de unas que se llaman glóbulos “rojos”, y que por eso se ve roja. O se puede ir más allá y decir que los glóbulos rojos no son rojos en realidad, sino que contienen hierro, y que es el hierro el que hace que se vean rojos. Esta respuesta puede ser satisfactoria para algunas mentes, aburrida para otras (las echadas a perder, por supuesto) y extremadamente confusa para otras. Esas, las confundidas, seguirán preguntando.  Como alguna vez me dijo Aurelio Figueroa: “por qué tienen que complicar las cosas, no les gusta nada, a todo le sacan preguntas y más preguntas. ¡Sean felices y dejen ser felices a los demás!”

Y entonces, regresando a la sangre, si tienen suerte de que alguien les explique o de poder investigar un poco más, se enterarán que ni siquiera es que haya demasiado hierro en los glóbulos, o dicho de otra manera, que el hierro representa un parte pequeña del volumen de los glóbulos, y que, en realidad, es la gran cantidad de radiación – roja – que producen los átomos de hierro lo que hace que los glóbulos, y por ende la sangre, se vea roja. Y luego quizá se enterarán de que cambia de tonalidad antes y después de salir de los pulmones. ¿Tendrá que ver eso con el oxígeno? Es fascinante.

¿Habrá sangre de otros colores? ¿En los seres humanos? ¿En los animales? ¿De qué depende? Las plantas, ¿tienen sangre? ¿Por qué?

A nivel individual, personal, el generar preguntas es interesante y representa casi la primera etapa de utilización de nuestros cerebros al ir creciendo (aparte de utilizarlo para el funcionamiento general del cuerpo, desde luego). El siguiente paso, que no todos damos, consiste en el intento de responderlas, o al menos entender qué es lo que nos rodea, lo que nos estimula. Ese proceso es el más gratificante y estimulante que además representa, de alguna manera, lo que somos como especie.

Hay algunas personas que a pesar de todos los esfuerzos que tanto los sistemas educativos como los padres de familia realizan (consciente e inconscientemente) para acabar con su curiosidad y sed de entendimiento, siguen así, digamos “enfermitos”. Es muy afortunado que suceda ya que los demás los necesitamos para la generación del conocimiento humano del que depende la existencia y avance de la civilización.

 


Marchando

abril 23, 2017

 

No soy de marchas. No me parecen mala idea, no estoy en contra de ellas, pero no soy de marchas. Recuerdo haber participado solo en una, a mediados de los 90. En aquella ocasión, debido al fortísimo golpe a la economía nacional, la situación de todos sufrió de manera estrepitosa (no era la primera vez, ni la última, pero sí la primera que me agarraba en edad de entender algo). Algunas personas cercanas a mí organizaron una marcha de duelo por la muerte del poder adquisitivo. Fui, marché. Me sentí bien. Compartir con las personas, caminar con ellas, gritar, exigir, sentir por un momento que estaba haciendo algo. Todo fue agradable. Sin embargo, al pasar la euforia y los días, no pude dejar de seguir pensando sobre lo que sentí y logré. Llegué a la conclusión – personal, íntima, ingenua – de que solo había logrado una cosa: sentir que había hecho algo. Lo interpreté, con la ingenuidad e inexperiencia de la edad, como algo malo. Sentí que me estaba engañando a mí mismo y a toda la sociedad. Sentí que era “simplemente” una válvula de escape para que “yo” me sintiera mejor. No me gustó (con el tiempo mi sentir ha cambiado. Entiendo perfectamente que hay “de marchas a marchas” y que algunas son indispensables).

Luego, ante la inquietud intelectual de sentirme inútil a la sociedad, volví a diseñar una salida. Me convencí de que los cambios, si es que son posibles, se logran poco a poco y de manera acotada. Que lo importante era encontrar la manera particular en la que cada quien, con sus habilidades y posibles talentos, se enfocara en lograr lo más posible para así, con fundamento, ayudar (poquito) a la sociedad. La verdad es que lo que impulsó esta salida fue un sentimiento inmenso de impotencia. Un reconocimiento de que el problema era tan grande, y yo tan insignificante, que sería imposible hacer nada. Fue una mentira piadosa.

Por otra parte, algo que ayudó a mi mentira, fue el percatarme de que un número importante de las personas que lideraban (al menos en mi experiencia) manifestaciones y marchas, que desde “pequeñas” les interesaban las actividades politicoides (no políticas) y que se rasgaban vestiduras constantemente con los temas más apremiantes, siempre, o casi siempre, terminaban aprovechando la situación para sus intereses personales. Además les faltaba el sustento. Sus “ideas” y “convicciones” se moldeaban convenientemente con el momento y la situación. Claro que estoy generalizando, pero no me equivoco demasiado. Así que eso también me ayudó a tranquilizar mis demonios.

Como dije antes, con el tiempo también me he dado cuenta de que este tipo de acciones y participación sí pueden generar cambios. Sí existen movimientos genuinos y con gran potencial de impacto. No es fácil, no es la única manera, pero es posible.

Ayer se llevó a cabo la marcha por la ciencia en muchas partes del mundo. Esto surgió como respuesta a la situación que se empieza a vivir con la nueva administración de los gringos, sin embargo, al ser mundial, diferentes países y sectores tuvieron diferentes razones para manifestarse. Entre los temas centrales se encuentran la libertad de investigación y el dinero, el sucio dinero. En varias modalidades y problemáticas, en el fondo, mucho se reduce al tema del financiamiento. México no está exento. Tenemos fuertes problemáticas en referencia a la ciencia. El problema no es nuevo pero cada vez es más evidente y, aprovechando que todo mundo se organizó, muchas personas de ciencia en nuestro país participaron. Creo que fue una excelente idea, espero que contribuya a un plan que contenga propuestas y acciones realistas y fundamentadas, que nos lleven a mejorar, poco a poco, con sentido y dirección, la realidad de la ciencia y la educación del país. Si se logra, lo demás caerá solito.

 


Comentarios

abril 6, 2017
Comentario de Juan Medina a través de FB: “Pareciera ser que la ciencia básica en países “subdesarrollados”, está destinada a ser apoyada casi exclusivamente por el gobierno, por recursos públicos. Que hay que hacer, como científico, para que el sector privado aporte, y que aporte entendiendo que quizás no se generen beneficios inmediatos, que es una estrategia fructífera pero a largo plazo? Se me ocurre esa pregunta porque por ejemplo, Carlos Slim, a pesar de ser quien es, y tener lo que tiene, no es ningún Gates, o Zuckerberg, en el sentido que no ha contribuido a innovación tecnológica: prácticamente la importa. Sé que la pregunta es muy general, pero discutir algunas ideas no hace mal.”
Fefo: “La ciencia básica que no es sobre salud es financiada públicamente en todos lados, incluido el primer mundo. Por ciencia básica en este sentido me refiero a la ciencia que se realiza para descubrir y explorar lo desconocido. Sí hay algunos ejemplos de apoyo privado, pero no representan nada en efectos reales. La inversión privada debe entrar en la segunda fase (que hoy es en paralelo), que es donde se aprovecha lo generado y descubierto en la básica. De hecho, ante el ataque que parece haber en la actualidad hacia la ciencia básica, de muchos pero sobre todo de aquellos que no hacen ciencia pero piensan que sí (pseudo – innovadores/emprendedores/economistas/etc), quiero proponer que se sustituya la palabra “básica” por “indispensable”. Es lo mismo, pero lo han olvidado.”