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¿Para eso vas a la escuela?
Hay frases que parecen inocentes hasta que uno se detiene a pensar en ellas. Una de esas frases es: “¿Para eso vas a la escuela?”
Seguramente muchos la escuchamos alguna vez. A veces aparecía después de una mala conducta, una respuesta considerada irrespetuosa o una calificación decepcionante. Pero hay otra versión mucho más interesante de la pregunta: la que aparece cuando un joven comienza a pensar diferente.
En el episodio 22 de Hablemos de Ciencia con Fefo conversamos precisamente sobre eso: ¿para qué vamos realmente a la escuela? ¿Para aprender a repetir lo que nuestra familia, nuestra comunidad o nuestra sociedad ya piensa? ¿O para adquirir las herramientas que nos permitan construir nuestro propio criterio?
Y si la escuela hace bien su trabajo, ¿no debería producir, al menos de vez en cuando, estudiantes que nos incomoden?
Educar no es adiestrar
Una de las distinciones centrales de la conversación fue entre educación y adiestramiento.
Solemos decir que una persona es “bien educada” cuando conoce ciertas reglas de comportamiento: saluda, habla de determinada manera, respeta determinadas convenciones y sabe cómo debe comportarse en la mesa. Todo eso puede ser valioso, pero no es el sentido de educación que nos interesa aquí.
Educar significa aprender. Significa adquirir conocimientos que antes no teníamos y, sobre todo, desarrollar la capacidad para utilizarlos, interpretarlos, contrastarlos y construir a partir de ellos.
Desde esta perspectiva, una buena educación necesariamente transforma a la persona que la recibe. Si alguien entra a la escuela pensando de cierta manera y, después de años de estudio, conocimientos y experiencias, sale pensando exactamente igual, tenemos derecho a preguntarnos qué ocurrió durante todo ese tiempo.
La educación no debería limitarse a llenar una especie de almacén mental de datos. Debe modificar nuestra manera de enfrentarnos al mundo.
Cuando aprender comienza a incomodar
Esto adquiere una dimensión particularmente interesante durante la adolescencia. A los 15, 16 o 17 años comenzamos a formar con mayor fuerza un criterio propio. Leemos cosas nuevas, conocemos personas diferentes, escuchamos argumentos que nunca habíamos considerado y descubrimos mundos intelectuales que no necesariamente existen en nuestro entorno familiar.
Y entonces puede ocurrir algo maravilloso y, al mismo tiempo, incómodo.
El joven empieza a preguntar:
¿Por qué creemos esto?
¿Cómo sabemos que es verdad?
¿Dónde está la evidencia?
¿Por qué siempre se ha hecho de esta manera?
¿Tiene que seguir siendo así?
Las preguntas pueden aparecer alrededor de la religión, la política, las costumbres familiares, la sexualidad, la historia, la ciencia o prácticamente cualquier aspecto de nuestra vida.
Y entonces llega la frase:
“¿Para eso vas a la escuela?”
La respuesta que propusimos en el programa es sencilla:
Sí. Precisamente para eso.
Pensamiento independiente, pero sustentado
Esto requiere una aclaración importante. Educar no significa enseñar a un joven a contradecir por contradecir.
El objetivo no es sustituir una colección de dogmas familiares por otra colección de dogmas aprendidos en la escuela. Tampoco significa que cualquier opinión sea igualmente válida simplemente porque es “mi opinión”.
La aspiración debería ser formar un pensamiento independiente y sustentado.
Las dos palabras son importantes.
Independiente significa que la persona debe ser capaz de construir sus propias conclusiones y estar dispuesta a cuestionar incluso aquello que siempre había considerado verdadero.
Sustentado significa que esas conclusiones deben rendir cuentas ante el conocimiento, la evidencia, la lógica y los argumentos.
Podemos cambiar de opinión. Podemos equivocarnos. Podemos adoptar a los 17 años una postura que abandonaremos a los 25. No pasa nada. Eso también forma parte del aprendizaje.
Lo preocupante sería no haber desarrollado nunca las herramientas para cuestionarla.
La educación que no incomoda
Aquí aparece una de las preocupaciones centrales del episodio: existe el riesgo de construir una educación cada vez más preocupada por evitar la incomodidad.
Padres y madres tienen, naturalmente, el derecho y la responsabilidad de interesarse por la educación de sus hijos. Deben exigir escuelas seguras, docentes preparados y condiciones adecuadas para el aprendizaje. El problema aparece cuando esa legítima preocupación se transforma en la expectativa de que la escuela solamente enseñe aquello con lo que la familia ya está de acuerdo.
En ese momento el maestro deja de ser maestro y comienza a convertirse en proveedor de un servicio cuyo “cliente” espera no ser contradicho.
Durante la conversación señalamos que esta transformación también afecta la figura social del docente. La presión de padres, tutores e incluso estudiantes puede producir profesores cada vez menos libres para exigir, cuestionar y establecer niveles académicos rigurosos.
Y una educación que tiene miedo de incomodar difícilmente puede enseñar a pensar.
Tener un título no significa estar educado
Hay además una paradoja interesante.
México ha avanzado enormemente en cobertura educativa. Hace algunas décadas, un estudiante de secundaria podía convertirse rápidamente en la persona con mayor escolaridad de toda su familia. La figura del maestro poseía entonces una autoridad intelectual que hoy prácticamente ha desaparecido.
Que más personas estudien es, desde luego, algo positivo.
El problema aparece cuando confundimos escolarización con educación.
Podemos tener certificados, títulos y grados académicos sin haber desarrollado las capacidades intelectuales que supuestamente representan. En el programa usamos una expresión provocadora para describir este fenómeno: credencialización sin sustento.
Y existe una diferencia enorme entre saber y tener un documento que dice que sabemos.
De hecho, la segunda situación puede resultar particularmente peligrosa: quien no sabe puede reconocer su ignorancia; quien posee una credencial puede asumir automáticamente que aquello que piensa debe ser correcto.
Masificar sin bajar el rigor
Nada de esto constituye un argumento contra la expansión de la educación. Al contrario.
La educación debe llegar a más personas. Debemos eliminar barreras económicas y sociales y ofrecer oportunidades educativas mucho más amplias.
Pero hemos creado una falsa disyuntiva: o ampliamos el acceso o mantenemos el rigor.
No hay razón para aceptar esa elección.
Como dijimos durante el programa: debemos brindar oportunidades y masificar la educación sin bajar el rigor. Las dos cosas deben ocurrir simultáneamente.
Un certificado obtenido mediante la reducción permanente de las exigencias académicas puede mejorar una estadística, pero difícilmente mejora la educación de quien lo recibe.
¿Útil para qué?
Otra palabra que apareció durante la conversación fue utilidad.
Con frecuencia justificamos lo que debe aprender un estudiante preguntándonos si “le va a servir”. Si alguien quiere estudiar ingeniería, ¿para qué enseñarle aquello que aparentemente no utilizará como ingeniero? Si quiere estudiar ciencias, ¿para qué arte? Si estudiará una carrera técnica, ¿para qué filosofía?
El problema está en nuestra definición de servir.
La educación no consiste solamente en proporcionar las herramientas inmediatamente necesarias para ejercer una profesión. También debe ayudarnos a comprender el mundo, apreciar el arte, interpretar un argumento, reconocer una falacia, leer críticamente, escribir con claridad, entender nuestra historia y convivir con personas que piensan de manera distinta. Durante el episodio señalamos precisamente el peligro de reducir el currículo exclusivamente a aquello que parece tener una utilidad profesional inmediata.
Una sociedad necesita profesionistas competentes.
Pero necesita también ciudadanos capaces de pensar.
Entonces, ¿para eso vas a la escuela?
Sí.
Vas a la escuela para aprender matemáticas, historia, física, literatura y biología. Pero, idealmente, ocurre algo mucho más importante mientras aprendes todas esas cosas.
Aprendes que puedes estar equivocado.
Aprendes a preguntar cómo sabemos algo.
Aprendes a distinguir una afirmación de un argumento.
Aprendes que tradición y verdad no son sinónimos.
Aprendes que una autoridad también puede equivocarse.
Aprendes que cambiar de opinión ante nueva evidencia no es una debilidad intelectual.
Y, eventualmente, aprendes a construir una visión del mundo que sea verdaderamente tuya.
Eso puede generar conflictos. Un adolescente educándose adecuadamente puede regresar a casa con preguntas incómodas. Puede cuestionar una tradición familiar, una creencia religiosa, una postura política o incluso algo que escuchó del propio profesor.
Eso no necesariamente significa que tenga razón.
Significa que está aprendiendo a pensar.
La discusión del episodio terminó precisamente donde quizá debería comenzar la siguiente: si reconocemos estos problemas, ¿qué podemos hacer como individuos, docentes, universidades y sociedad para mejorar la situación?
Porque tal vez una de las mejores señales de que una escuela está haciendo bien su trabajo sea escuchar de vez en cuando, alrededor de alguna mesa familiar, una pregunta pronunciada con cierta desesperación:
“¿Para eso vas a la escuela?”
Y que del otro lado alguien tenga la confianza intelectual para responder:
“Sí. También para eso.”
Escrito por fefino