Episodio 22 – 2026: ¿Para eso vas a la escuela?

agosto 20, 2026

¿Para eso vas a la escuela?

Video de la sesión en vivo: https://youtube.com/live/xfBqCk6JjiU

Introducción

Hay frases que parecen inocentes hasta que uno se detiene a pensar en ellas. Una de esas frases es: “¿Para eso vas a la escuela?”

Seguramente muchos la escuchamos alguna vez. A veces aparecía después de una mala conducta, una respuesta considerada irrespetuosa o una calificación decepcionante. Pero hay otra versión mucho más interesante de la pregunta: la que aparece cuando un joven comienza a pensar diferente.

En el episodio 22 de Hablemos de Ciencia con Fefo conversamos precisamente sobre eso: ¿para qué vamos realmente a la escuela? ¿Para aprender a repetir lo que nuestra familia, nuestra comunidad o nuestra sociedad ya piensa? ¿O para adquirir las herramientas que nos permitan construir nuestro propio criterio?

Y si la escuela hace bien su trabajo, ¿no debería producir, al menos de vez en cuando, estudiantes que nos incomoden?

Educar no es adiestrar

Una de las distinciones centrales de la conversación fue entre educación y adiestramiento.

Solemos decir que una persona es “bien educada” cuando conoce ciertas reglas de comportamiento: saluda, habla de determinada manera, respeta determinadas convenciones y sabe cómo debe comportarse en la mesa. Todo eso puede ser valioso, pero no es el sentido de educación que nos interesa aquí.

Educar significa aprender. Significa adquirir conocimientos que antes no teníamos y, sobre todo, desarrollar la capacidad para utilizarlos, interpretarlos, contrastarlos y construir a partir de ellos.

Desde esta perspectiva, una buena educación necesariamente transforma a la persona que la recibe. Si alguien entra a la escuela pensando de cierta manera y, después de años de estudio, conocimientos y experiencias, sale pensando exactamente igual, tenemos derecho a preguntarnos qué ocurrió durante todo ese tiempo.

La educación no debería limitarse a llenar una especie de almacén mental de datos. Debe modificar nuestra manera de enfrentarnos al mundo.

Cuando aprender comienza a incomodar

Esto adquiere una dimensión particularmente interesante durante la adolescencia. A los 15, 16 o 17 años comenzamos a formar con mayor fuerza un criterio propio. Leemos cosas nuevas, conocemos personas diferentes, escuchamos argumentos que nunca habíamos considerado y descubrimos mundos intelectuales que no necesariamente existen en nuestro entorno familiar.

Y entonces puede ocurrir algo maravilloso y, al mismo tiempo, incómodo.

El joven empieza a preguntar:

¿Por qué creemos esto?
¿Cómo sabemos que es verdad?
¿Dónde está la evidencia?
¿Por qué siempre se ha hecho de esta manera?
¿Tiene que seguir siendo así?

Las preguntas pueden aparecer alrededor de la religión, la política, las costumbres familiares, la sexualidad, la historia, la ciencia o prácticamente cualquier aspecto de nuestra vida.

Y entonces llega la frase:

“¿Para eso vas a la escuela?”

La respuesta que propusimos en el programa es sencilla:

Sí. Precisamente para eso.

Pensamiento independiente, pero sustentado

Esto requiere una aclaración importante. Educar no significa enseñar a un joven a contradecir por contradecir.

El objetivo no es sustituir una colección de dogmas familiares por otra colección de dogmas aprendidos en la escuela. Tampoco significa que cualquier opinión sea igualmente válida simplemente porque es “mi opinión”.

La aspiración debería ser formar un pensamiento independiente y sustentado.

Las dos palabras son importantes.

Independiente significa que la persona debe ser capaz de construir sus propias conclusiones y estar dispuesta a cuestionar incluso aquello que siempre había considerado verdadero.

Sustentado significa que esas conclusiones deben rendir cuentas ante el conocimiento, la evidencia, la lógica y los argumentos.

Podemos cambiar de opinión. Podemos equivocarnos. Podemos adoptar a los 17 años una postura que abandonaremos a los 25. No pasa nada. Eso también forma parte del aprendizaje.

Lo preocupante sería no haber desarrollado nunca las herramientas para cuestionarla.

La educación que no incomoda

Aquí aparece una de las preocupaciones centrales del episodio: existe el riesgo de construir una educación cada vez más preocupada por evitar la incomodidad.

Padres y madres tienen, naturalmente, el derecho y la responsabilidad de interesarse por la educación de sus hijos. Deben exigir escuelas seguras, docentes preparados y condiciones adecuadas para el aprendizaje. El problema aparece cuando esa legítima preocupación se transforma en la expectativa de que la escuela solamente enseñe aquello con lo que la familia ya está de acuerdo.

En ese momento el maestro deja de ser maestro y comienza a convertirse en proveedor de un servicio cuyo “cliente” espera no ser contradicho.

Durante la conversación señalamos que esta transformación también afecta la figura social del docente. La presión de padres, tutores e incluso estudiantes puede producir profesores cada vez menos libres para exigir, cuestionar y establecer niveles académicos rigurosos.

Y una educación que tiene miedo de incomodar difícilmente puede enseñar a pensar.

Tener un título no significa estar educado

Hay además una paradoja interesante.

México ha avanzado enormemente en cobertura educativa. Hace algunas décadas, un estudiante de secundaria podía convertirse rápidamente en la persona con mayor escolaridad de toda su familia. La figura del maestro poseía entonces una autoridad intelectual que hoy prácticamente ha desaparecido.

Que más personas estudien es, desde luego, algo positivo.

El problema aparece cuando confundimos escolarización con educación.

Podemos tener certificados, títulos y grados académicos sin haber desarrollado las capacidades intelectuales que supuestamente representan. En el programa usamos una expresión provocadora para describir este fenómeno: credencialización sin sustento.

Y existe una diferencia enorme entre saber y tener un documento que dice que sabemos.

De hecho, la segunda situación puede resultar particularmente peligrosa: quien no sabe puede reconocer su ignorancia; quien posee una credencial puede asumir automáticamente que aquello que piensa debe ser correcto.

Masificar sin bajar el rigor

Nada de esto constituye un argumento contra la expansión de la educación. Al contrario.

La educación debe llegar a más personas. Debemos eliminar barreras económicas y sociales y ofrecer oportunidades educativas mucho más amplias.

Pero hemos creado una falsa disyuntiva: o ampliamos el acceso o mantenemos el rigor.

No hay razón para aceptar esa elección.

Como dijimos durante el programa: debemos brindar oportunidades y masificar la educación sin bajar el rigor. Las dos cosas deben ocurrir simultáneamente.

Un certificado obtenido mediante la reducción permanente de las exigencias académicas puede mejorar una estadística, pero difícilmente mejora la educación de quien lo recibe.

¿Útil para qué?

Otra palabra que apareció durante la conversación fue utilidad.

Con frecuencia justificamos lo que debe aprender un estudiante preguntándonos si “le va a servir”. Si alguien quiere estudiar ingeniería, ¿para qué enseñarle aquello que aparentemente no utilizará como ingeniero? Si quiere estudiar ciencias, ¿para qué arte? Si estudiará una carrera técnica, ¿para qué filosofía?

El problema está en nuestra definición de servir.

La educación no consiste solamente en proporcionar las herramientas inmediatamente necesarias para ejercer una profesión. También debe ayudarnos a comprender el mundo, apreciar el arte, interpretar un argumento, reconocer una falacia, leer críticamente, escribir con claridad, entender nuestra historia y convivir con personas que piensan de manera distinta. Durante el episodio señalamos precisamente el peligro de reducir el currículo exclusivamente a aquello que parece tener una utilidad profesional inmediata.

Una sociedad necesita profesionistas competentes.

Pero necesita también ciudadanos capaces de pensar.

Entonces, ¿para eso vas a la escuela?

Sí.

Vas a la escuela para aprender matemáticas, historia, física, literatura y biología. Pero, idealmente, ocurre algo mucho más importante mientras aprendes todas esas cosas.

Aprendes que puedes estar equivocado.

Aprendes a preguntar cómo sabemos algo.

Aprendes a distinguir una afirmación de un argumento.

Aprendes que tradición y verdad no son sinónimos.

Aprendes que una autoridad también puede equivocarse.

Aprendes que cambiar de opinión ante nueva evidencia no es una debilidad intelectual.

Y, eventualmente, aprendes a construir una visión del mundo que sea verdaderamente tuya.

Eso puede generar conflictos. Un adolescente educándose adecuadamente puede regresar a casa con preguntas incómodas. Puede cuestionar una tradición familiar, una creencia religiosa, una postura política o incluso algo que escuchó del propio profesor.

Eso no necesariamente significa que tenga razón.

Significa que está aprendiendo a pensar.

La discusión del episodio terminó precisamente donde quizá debería comenzar la siguiente: si reconocemos estos problemas, ¿qué podemos hacer como individuos, docentes, universidades y sociedad para mejorar la situación?

Porque tal vez una de las mejores señales de que una escuela está haciendo bien su trabajo sea escuchar de vez en cuando, alrededor de alguna mesa familiar, una pregunta pronunciada con cierta desesperación:

“¿Para eso vas a la escuela?”

Y que del otro lado alguien tenga la confianza intelectual para responder:

“Sí. También para eso.”


Episodio 21 – 2026: Pedagogía universitaria

agosto 19, 2026

Puedes ver el video del podcast (trasmitido el 12 de agosto de 2026) aquí: https://youtube.com/live/24AKYgcfv_4

Pedagogía universitaria: ¿enseñar mejor o saber qué estamos enseñando?

La pedagogía es indispensable. Si queremos educar, necesitamos preguntarnos cómo aprenden las personas, qué papel juega el docente, cómo influye el contexto social y familiar, y cuáles son las mejores estrategias para facilitar el aprendizaje. El problema comienza cuando la discusión sobre cómo enseñar termina desplazando una pregunta igualmente importante: ¿qué estamos enseñando y con qué profundidad lo conocemos?

Ese fue el punto de partida de una conversación reciente en Hablemos de Ciencia con Fefo, junto con los maestros Luis Javier y Luis Cruz. La discusión comenzó con algunas de las ideas clásicas de la pedagogía y terminó llevándonos a un problema mucho más profundo: ¿qué queremos realmente de la educación y, en particular, de la universidad?

La pedagogía importa, pero el contexto también

Buena parte de la pedagogía moderna se ha construido a partir de las aportaciones de figuras como Jean Piaget, Lev Vygotsky y David Ausubel. Sus trabajos han permitido comprender mejor las etapas del desarrollo, la importancia del entorno social, el papel de los conocimientos previos y la forma en que construimos nuevos aprendizajes. El problema aparece cuando una teoría pedagógica se transforma en una receta.

Una idea desarrollada bajo determinadas condiciones sociales, culturales y educativas no necesariamente puede trasladarse sin modificaciones a cualquier salón de clases. No es lo mismo trabajar con unos cuantos estudiantes que con cuarenta; tampoco es equivalente enseñar en un contexto económicamente privilegiado que hacerlo donde los estudiantes enfrentan carencias materiales, familiares o lingüísticas.

Por ello, una de las ideas que surgieron en nuestra conversación fue la necesidad de contextualizar la pedagogía. México es demasiado diverso cultural, económica y socialmente como para imaginar que existe una metodología única capaz de resolver todos nuestros problemas educativos.

Pero de ahí surge una pregunta interesante: ¿quién debe hacer la pedagogía?

¿El pedagogo o el docente?

Desde la experiencia de quien está frente a un grupo, resulta natural responder: el docente. Es quien observa diariamente qué funciona y qué no funciona, conoce a sus estudiantes y acumula experiencia durante años de práctica.

Sin embargo, hay que tener cuidado con esta conclusión.

La experiencia es extraordinariamente valiosa, pero experiencia no es lo mismo que investigación.

Durante la conversación utilicé una analogía con la medicina. Un médico clínico conoce problemas que quizá un investigador biomédico nunca enfrenta directamente porque no atiende pacientes. Pero eso no convierte automáticamente al médico clínico en especialista en investigación biomédica. De manera inversa, el investigador que trabaja a nivel molecular tampoco puede ignorar la experiencia clínica.

Ambos mundos necesitan comunicarse.

Algo similar ocurre con la educación. Observar durante muchos años lo que sucede dentro de un salón produce conocimiento valioso, pero realizar, por ejemplo, un estudio etnográfico riguroso requiere formación específica. La pedagogía es un campo de estudio y no simplemente una colección de consejos acerca de cómo dar una buena clase.

Quizá el verdadero problema no sea decidir si la pedagogía corresponde al pedagogo o al docente, sino conseguir que el conocimiento disciplinar, la experiencia docente y la investigación educativa dejen de vivir en mundos separados.

La universidad no es una escuela primaria grande

Aquí aparece una de mis principales preocupaciones.

En la universidad trabajamos con adultos. Jóvenes, ciertamente, pero adultos. Una educación universitaria debería promover progresivamente la transición desde un aprendizaje dirigido por el profesor hacia una mayor independencia intelectual y capacidad de autoaprendizaje.

Esto no significa abandonar al estudiante para que aprenda solo.

Una persona que comienza a estudiar física, matemáticas, medicina, filosofía o derecho no posee todavía la arquitectura conceptual de un experto. Pretender que un estudiante redescubra por sí mismo ideas que a la humanidad le tomó décadas o siglos desarrollar puede convertirse en un desperdicio de tiempo y en una carga cognitiva innecesaria.

En física, por ejemplo, no encuentro ninguna virtud pedagógica en esperar que un estudiante redescubra por sí mismo la ecuación de Dirac.

El objetivo debería ser otro: enseñar al estudiante hasta que progresivamente necesite cada vez menos que le enseñemos.

Esa autonomía intelectual es, en mi opinión, una de las grandes metas de la educación superior.

“Sabe mucho, pero no sabe enseñar”

Todos hemos escuchado esta frase:

“Sabe mucho, pero no sabe enseñar.”

Y puede ser perfectamente cierta. Tener un doctorado no convierte automáticamente a nadie en buen profesor.

El problema es utilizar esa afirmación para justificar el extremo contrario: que conocer profundamente la disciplina es secundario mientras la persona domine técnicas pedagógicas.

La conclusión correcta no debería ser buscar a alguien que sepa enseñar aunque no conozca suficientemente aquello que enseña. Deberíamos buscar personas que sepan mucho y además sepan enseñar.

Esto resulta especialmente importante en la universidad.

Enseñar teoría cuántica de campos, topología, Shakespeare, química orgánica o derecho constitucional requiere conocimientos y estructuras conceptuales radicalmente diferentes. Una pedagogía universitaria seria debería reconocer esas diferencias.

La pedagogía debe dialogar con las disciplinas, no sustituirlas.

Cuando el estudiante se convierte en cliente

Otro fenómeno preocupante es la transformación implícita del estudiante en cliente.

En ese modelo, una universidad comienza a identificar la calidad educativa con indicadores como satisfacción, permanencia, entretenimiento, evaluaciones positivas de los profesores o percepción de utilidad.

Todos estos indicadores pueden contener información valiosa, pero ninguno es equivalente al aprendizaje.

Un estudiante puede salir encantado de un curso y haber aprendido muy poco. También puede terminar intelectualmente exhausto después de un curso extraordinario que transformó profundamente su manera de pensar.

Satisfacción estudiantil no es lo mismo que aprendizaje estudiantil.

El objetivo de la educación no debería ser hacer sufrir a los estudiantes, desde luego, pero tampoco evitar cualquier situación intelectualmente incómoda.

Aprender implica descubrir que algunas de nuestras ideas estaban equivocadas. Implica enfrentarnos con problemas que inicialmente no sabemos resolver. Implica esfuerzo.

Y eso nos lleva a una distinción fundamental.

Dificultad innecesaria y dificultad productiva

No toda dificultad tiene valor educativo.

Existe el profesor que prepara un examen absurdamente difícil simplemente para demostrar que sabe más que sus estudiantes. Eso no es rigor. Es dificultad innecesaria.

Pero existe también una dificultad productiva que no podemos eliminar sin destruir parte del aprendizaje.

Hacer una neurocirugía es difícil. Calcular los niveles de energía del átomo de hidrógeno es difícil. Comprender los procesos económicos que gobiernan una región es difícil.

No podemos hacer fáciles esas cosas simplemente porque deseemos que más personas las aprendan.

La buena enseñanza intenta eliminar obstáculos innecesarios para que el estudiante pueda concentrar su esfuerzo precisamente en las dificultades que sí importan.

Educar no es entretener

En años recientes también se ha vuelto frecuente hablar del engagement de los estudiantes: qué tan involucrados estuvieron, cuánto participaron, qué tan dinámica fue la clase. Eso puede ser positivo, pero nuevamente corremos el riesgo de confundir el indicador con el objetivo.

La pregunta realmente importante no es solamente:

¿Estuvieron involucrados los estudiantes?

Sino:

¿Qué trabajo intelectual realizaron mientras estuvieron involucrados?

Una actividad puede ser entretenidísima y educativamente trivial.

Durante nuestra conversación surgió una forma particularmente provocadora de expresar esta preocupación: alguna vez queríamos formar estudiantes; después nos conformamos con informarlos y existe el riesgo de terminar simplemente intentando entretenerlos.

Una buena clase puede ser fascinante, divertida y estimulante. Ojalá lo sea.

Pero un profesor universitario no es un animador.

Lo que podemos medir no siempre es lo que importa

Otro problema aparece cuando intentamos convertir todo resultado educativo en una métrica administrativa.

No hay nada malo en establecer objetivos de aprendizaje ni en intentar evaluar si se alcanzaron. El problema surge cuando aquello que podemos medir fácilmente comienza a sustituir aquello que realmente valoramos.

¿Qué rúbrica mide adecuadamente la independencia intelectual?

¿Cómo asignamos un número a la madurez matemática?

¿Cómo cuantificamos el gusto científico, la creatividad o la capacidad de reconocer que frente a nosotros tenemos un problema verdaderamente interesante?

Son resultados educativos extraordinariamente importantes y, sin embargo, muy difíciles de reducir a una casilla en una hoja de evaluación.

La educación no es enteramente un problema de ingeniería en el que introducimos un input, realizamos una intervención y obtenemos un output perfectamente medible. Podemos construir modelos educativos y debemos hacerlo, pero necesitamos reconocer sus limitaciones.

Acceso no significa bajar el rigor

Quizá uno de los retos educativos más importantes de México sea ampliar el acceso a la educación superior.

Queremos que más jóvenes puedan estudiar. Queremos eliminar barreras económicas, sociales, culturales y geográficas que impiden que personas capaces accedan a una buena educación.

Pero existe una diferencia fundamental entre hacer accesible la educación y reducir sus estándares intelectuales.

Si conseguimos que más personas entren a las universidades pero, para lograrlo, disminuimos sistemáticamente aquello que exigimos que aprendan, hemos cambiado las estadísticas sin necesariamente resolver el problema.

La verdadera inclusión consiste en proporcionar los apoyos necesarios para que más personas puedan alcanzar estándares elevados, no simplemente en bajar esos estándares.

Y entonces, ¿para qué educamos?

Al final, todas estas discusiones desembocan en una pregunta todavía más interesante.

Antes de discutir obsesivamente si debemos utilizar aprendizaje activo, clases magistrales, constructivismo, conductismo o cualquier otra estrategia, deberíamos preguntarnos:

¿Para qué queremos educar?

¿La universidad debe transmitir una tradición intelectual?

¿Debe desarrollar personas capaces de ejercer un juicio independiente?

¿Debe preparar profesionistas con competencias específicas?

¿Debe hacer todas esas cosas?

No existe un consenso sencillo. Diferentes tradiciones educativas han respondido estas preguntas de maneras distintas, y precisamente por ello el debate sobre educación no puede reducirse exclusivamente a técnicas de enseñanza.

Incluso deberíamos atrevernos a preguntar por qué hemos construido una sociedad en la que no obtener un título universitario suele interpretarse como fracaso.

Una sociedad sana debería ofrecer diferentes caminos para construir una vida intelectual, profesional y personalmente plena. La oportunidad de recibir educación superior debería estar abierta a todas y todos, pero eso no significa necesariamente que la universidad deba convertirse en el único camino socialmente aceptable.

Pedagogía sí, pero ¿qué pedagogía?

La conclusión no es que la pedagogía sea inútil. Todo lo contrario.

La pedagogía es necesaria precisamente porque educar es un problema extraordinariamente complejo. Pero una pedagogía universitaria seria debería reconocer al estudiante como un adulto en proceso de desarrollar autonomía intelectual; valorar el conocimiento profundo de la disciplina; utilizar diferentes métodos según el conocimiento que se quiere enseñar; distinguir satisfacción de aprendizaje; aceptar la dificultad productiva; y resistirse a convertir toda experiencia educativa en una colección de indicadores administrativos.

Necesitamos profesores que sepan enseñar.

Pero también necesitamos profesores que sepan.

Y necesitamos estudiantes que gradualmente dejen de depender de sus profesores, no porque los profesores hayan renunciado a enseñarles, sino porque les enseñaron tan bien que adquirieron las herramientas para aprender, cuestionar y pensar por cuenta propia.

Tal vez, entonces, la pregunta más interesante no sea simplemente cómo debemos enseñar.

La pregunta anterior a todas las demás es:

¿qué clase de persona esperamos contribuir a formar cuando educamos?

Y de ahí surge otra pregunta que dejamos abierta al final del programa: cuando hablamos de profesores de secundaria, bachillerato y universidad, ¿qué necesita hoy con mayor urgencia un docente: una mejor formación pedagógica o una mejor formación en su propia disciplina?

Esa discusión, me parece, apenas comienza.


Impacto social

julio 12, 2016

Hay muchas razones por las que una persona decide dedicarse a la ciencia, a la investigación. Algunas lo deciden temprano en su camino de formación, otras lo deciden después ya en el ámbito laboral. Hay quienes llegan a la investigación de manera azarosa y hay quienes desde muy jóvenes tuvieron la oportunidad de conocer ese mundo y decidieron participar.

Curiosidad, entusiasmo, pasión por descubrir, casualidad, necesidad. Todas ellas posibles razones para acercarse a la ciencia. Sin embargo, una de las razones más importantes y trascendentes de por qué muchos se han dedicado a la ciencia, es la de querer ayudar a tener una mejor sociedad. Mejorar las condiciones en que vivimos. Mejorar la comida, la salud; reducir la pobreza, el dolor. Aumentar el confort, la cantidad de alimentos. Mejorar el medio ambiente, explorar el universo.

Aunque no seamos muy conscientes de ello y no lo pensemos demasiado, sabemos desde hace mucho tiempo que el conocimiento es no solo útil sino hermoso y necesario: el conocimiento científico, todo, tiene un gran impacto social; hay que seguirlo expandiendo.

¿Cómo se genera el conocimiento? Puedo responder esta pregunta con muchos matices y asegunes, pero es mi intención concentrarme en la parte esencial, aquella que es crucial para que el conocimiento generado sea útil y honesto: el conocimiento (en la actualidad y desde hace ya varios años) se genera con rigor, transparencia y reproducibilidad.

El rigor radica en la consistencia con los conocimientos previos. Las investigaciones e ideas nuevas no pueden contradecir conocimientos previos sin fundamento, ni sin una clara y contundente evidencia que muestre que son incorrectos. Se intenta extender lo que se conoce y, si se descubre que lo que se tenía por bueno resulta ser insuficiente o equivocado, es con evidencia contundente. No puedo simplemente rechazar todo el conocimiento previo “porque no me gusta”, tengo que evidenciar que no funciona. La transparencia se refiere a que si descubrimos algo nuevo, debemos mostrar y explicar absolutamente todo lo que hicimos para llegar a ello. Debemos compartir abiertamente todas nuestras técnicas, suposiciones y resultados. La reproducibilidad significa que otros expertos, de otros lugares, sin que nosotros estemos involucrados, deben obtener los mismos resultados. Dependiendo del tipo de investigación que se haga, la reproducibilidad puede tardarse de meses a décadas. Debemos pensar, a cada paso, que podemos estar equivocados.

¿Dónde se genera el conocimiento? Al igual que la pregunta anterior, iré al grano sabiendo que hay más matices: en las universidades.

Sé que probablemente se asocie a las universidades con la formación de profesionistas. Sí, las universidades hacen eso, pero no solo eso. Es ahí donde se dan las condiciones para que las personas formadas y entrenadas en la investigación puedan intentar contribuir a la generación de nuevo conocimiento. Para ponernos dramáticos: La Universidad es el refugio de la cultura. Es donde se cuida, se nutre y se reproduce.

 

Agradeceré tus comentarios/dudas/quejas/felicitaciones en la sección de comentarios de este blog.

 


¿Artículo o patente?

julio 11, 2016

 

Una típica: «¿pero hacen algo que sirva o solo artículos que se quedan en el anaquel y que nadie lee?» «A ver, ¿de qué ha servido lo que han hecho?, ¿qué problema social han resuelto?»

Otra muy popular a la hora de discutir sobre la ciencia en México o Colima es la siguiente: «¿Por qué, en lugar de anadar investigando cosas que a nadie le interesa, no se ponen a resolver problemas verdaderamente importantes, como el de las epidemias o el agua o la pobreza?»

A primera vista esas preguntas, hechas casi siempre dentro de conversaciones o situaciones en las que se discute sobre la importancia de la ciencia o el poco apoyo que ha tenido en nuestro país, parecen genuinas, contundentes e importantes; vaya, ¿cómo no se me había ocurrido pensar en eso?

En realidad están mal formuladas. Denotan claramente un desconocimiento básico de cómo funciona la investigación científica o una excusa barata para eludir responsabilidades.

Pongamos algo en claro antes de que surjan pasiones bajas. Sobre la frase de los articulos de anaquel, aquellos que solo se escriben para llenar libreros y que no sirven de nada, es pertinente aclarar algo de manera inmediata: si no se leen y solo sirven para llenar bibliotecas, entonces son de pésima calidad. No sirven, efectivamente. Lo mismo pasa con las patentes, que a veces algunos confunden con resultados que sí sirven. Patentes y artículos que no sirven, que son de mala calidad, terminan en un rincón, sin ningún impacto. Hay que trabajar para eliminar eso.

Lo que sirve, lo que tiene impacto, es lo que se hace con gran calidad y rigor. No importa el área, no importa la pregunta o problema que se quiera entender y/o resolver, si la investigación se hace con calidad, el artículo/patente producido generará un impacto en la comunidad científica y por ende en la sociedad. No se trata de si es artículo o no, se trata de si tiene calidad o no. Ah, y la calidad cuesta, y mucho. Se necesita personal sumamente calificado, una infraestructura sofisticada y MUCHO tiempo. Para poder tener impactos notorios, visibles, tangibles, trascendentes, es necesario invertir tiempo y dinero. No hay atajos. Lo demás serán charlatanerías (que abundan) o fluctuaciones y accidentes que permitirán regocijarnos por unos días, pero que no generarán un impacto sostenido ni sistémico.

Claro que ante la necesidad de resultados visibles, inmediatos, pareciera que la ciencia tenga problemas en ser atractiva. Así es, sí tiene ese problemita, en todo el mundo, aunque en algunos lugares más que en otros. Por lo general se requiere de mucho tiempo para poder dar resultados y nunca, NUNCA, se pueden garantizar. Sabemos que algo de beneficio saldrá, siempre sucede, pero no podemos estar seguros de qué ni cuándo. Dicho así pareciera que es imposible confiar, y lo inmensamente interesante es que es, en realidad, lo único verdaderamente confiable.

Definitivamente que no es una cuestión sencilla para las personas que toman decisiones, ya sean gobernantes, autoridades académicas, etc. Lo que sí es fácil, y que comparto con ellas, es lo siguiente: si alguien garantiza un resultado, es un fraude. O ya está hecho, o manipulará los resultados. Si alguien se acerca a ustedes y les habla de super proyectos relacionados específicamente con los problemas más famosos y mencionados en el momento (y su región), que beneficiarán a toda la población y en poco tiempo, que solo necesitan de su apoyo porque además, pobres ángeles, han estado castigados o bloqueados por las represora comunidad científica que busca solo publicar artículos que nadie lee, seguramente, con demasiada probabilidad, le estarán tomando el pelo. Son timadores y algunos de ellos son tan buenos y convincentes que se han logrado engañar a sí mismos.

 


Listos para el fraude

julio 8, 2016

 

¿Cómo motivar la autocrítica? ¿Cómo enseñarnos a contradecirnos?, ¿a cuestionarnos? La duda y la ignorancia nos carcomen. Bueno, la ignorancia en sí no, más bien el reconocimiento de la misma.

Desde que somos, nuestro cerebro interpreta la información que le llega. Muchas veces, la gran mayoría, dicha información es superficial, a veces fraudulenta y siempre incompleta. Y aún así tenemos que tomar decisiones y saciar la curiosidad. Para cuestiones prácticas y básicas de supervivencia el cerebro nos ha funcionado de maravilla: estamos vivos como especie a pesar de ser muy vulnerables físicamente. Por otro lado, una consecuencia importante de los mecanismos que como especie tenemos para sobrevivir, es que creemos un montón de tonterías.

Para sobrevivir tenemos que ponernos de acuerdo. En el sentido más básico esto significa seguir a los demás. Si están corriendo y gritando, seguro es por algo importante y, aunque en este instante no sepa por qué lo hacen, mejor me voy con ellos, ¡no vaya a ser! En el fondo, buscamos líderes. Es más fácil seguir que tomar decisiones. Es una cuestión de eficiencia, resultados y – sobre todo – de minimización de responsabilidad.

Y entonces ¿qué pasa cuando esos mecanismos automáticos y primitivos siguen funcionando aún cuando ya no sean tan necesarios? Vivimos en una sociedad y época en la que nuestras vidas, al menos para una gran cantidad de seres humanos, no están en un peligro latente de manera diaria. Es más, tenemos tiempo para estudiar, vacacionar, ir al cine, tomar una cerveza, discutir sobre política y meternos en los asuntos de los demás. Sin embargo, a pesar de haber logrado una vida tan falta de preocupaciones letales y llena de momentos de paz, los mecanismos de seguridad en nuestro cerebro siguen ahí. ¿Cómo se manifiestan? ¿Nos hacen bien? ¿Mal? Es interesante que gracias a ellos seguimos creyendo un montón de tonterías, pero ¿es eso malo?

Una respuesta común a muchas de las preguntas que nos hacemos es: “depende”. En este caso la respuesta depende demasiado de qué es lo que creemos, cuándo lo creemos y qué tanto dejamos que esas creencias afecten nuestras acciones. Por supuesto que también depende de qué tipo de acciones. Depende de quién nos quiere engañar y manipular y por qué. En otras palabras, en el fondo, seguimos viviendo en un lugar complicado y salvaje. Quizás los riesgos no son tan bruscos y violentos, pero siguen estando ahí y han evolucionado junto con la civilización.

Y entonces ¿qué hacer para no equivocarnos en lo importante, en lo que nos puede afectar y hacer daño? Afortunadamente, desde hace ya varios siglos, hemos desarrollado un mecanismo de autocrítica y decisión que ayuda enormemente a sobrepasar esos mecanismos primitivos. No lo hace de manera individual, es decir, no suprime esos mecanismos naturales en un ser humano en particular, lo que hace es asegurarse de que la información obtenida y analizada se desvincule de los prejuicios de quienes la emiten y estudian. No es fácil, pero ha funcionado muy bien. A veces logra decidir lo que es de lo que no en poco tiempo. A veces le toma décadas, otras incluso más tiempo. Lo interesante es que logra, de manera sistémica, auto-criticarse y corregirse. Puede equivocarse, de hecho lo hace frecuentemente (es precisamente la manera en que funciona), pero luego contrasta y corrige. Deshecha el error y el posible fraude. La equivocación puede durar poco tiempo o mucho años. Puede ser que algunos humanos cometan fraude, intenten utilizarla para lograr imponer alguna idea. Sin embargo, al final, gracias a su sistema de fondo, los fraudes y posibles errores salen a relucir. Eso es útil. Es un sistema a prueba de humanos hecho por humanos. Se llama ciencia y la pueden usar en todo. La ciencia es una manera de resolver incógnitas y problemáticas que nos da confianza en que la soluciones no son capricho de alguien.

 


Felicidades a Pavel y Óscar

abril 3, 2016

Aquí pueden encontrar información sobre la vigésima quinta edición del concurso de investigación para estudiantes del nivel medio superior: «MEF EDUCATIONAL INSTITUTIONS RESEARCH PROJECTS COMPETITION«, cuya fase final se celebrará del 10 al 13 de mayo en Estambul, Turquía.

El concurso tiene dos fases. La primera consiste en que grupos de máximo dos estudiantes y un supervisor envíen un reporte científico y un video promocional de sus proyectos. Estos materiales son evaluados por un comité para determinar si tienen la calidad necesaria para pasar a la segunda (y final) fase, en la que los estudiantes y supervisor presentan de manera presencial sus resultados ante los miembros del comité evaluador. Existen tres categorías: física, química y biología. Hay un premio por categoría.

Este año, por primera vez, México participa en este evento a través de un equipo de la Universidad de Colima conformado por los estudiantes Pavel Ignacio Amezcua Camarena del Bachillerato 18 y Óscar Alejandro Chávez Torres del Bachillerato 25 . Como supervisor funge el Dr. Juan Reyes Gómez.

El equipo de la U de C participó en la categoría de física y logró pasar a la segunda fase.  Su proyecto lleva por título: «Death by carbon monoxide: Search for sensor materials to reduce it»

Aquí pueden encontrar el reporte científico que prepararon: MEF2016-Amezcua-Chavez-Reyes-COLIMA

Aquí pueden ver el video promocional de su proyecto: Death by carbon monoxide: Searching for sensor materials to reduce it

Les invito a que feliciten a estos estudiantes en la sección de comentarios del video (y aquí).

pavel-oscar-2016

 

 

 

 

 


Conmigo mismo

febrero 22, 2016

 

thinky.w529.h352Hablando conmigo mismo …

«… entonces ¿cómo describir el problema? Es un problema bonito. Sí, es más bonito que interesante… creo.»

«¿Cómo lo describo?, ¿cómo lo describo? A ver: ¿qué es lo que se necesita saber? Solo dos cosas básicas pero que pudieron haber olvidado: la circunferencia de un círculo es “Pi” por el diámetro. La otra que debe ser obvia es que el ecuador de la Tierra es un círculo (casi, suponiendo que la Tierra es una esfera y que no hay montes, valles, etc.). »

«Ahí va: imaginemos que queremos “ponerle un cinturón” al planeta justo en medio de la pansa, es decir, justo en el ecuador. Suponemos no hay montañas ni valles; no es verdad, pero lo suponemos. Queremos que el cinturón esté a ras del suelo y que sus extremos apenas se toquen entre sí.»

«… uf, ¿estará claro? A lo mejor eso de que los extremos apenas se toquen es medio confuso. Lo que quiero decir es que el cinturón apenas alcanza a cubrir el ecuador sin que le sobre nada. A lo mejor es lo que debo decir, en lugar de lo otro. No sé, ya veré cuando lo explique.»

«Ahora tengo que ver cómo explico el resto. La pregunta final tendría que ir más o menos así: Si quiero extender el cinturón para que en lugar de posar a ras de la superficie, este se eleve un metro de altura en todo el ecuador, ¿cuánto cinturón nuevo debo agregar?»

«Híjole, a ver cómo lo explico. A mí me parece que está claro pero no estoy seguro. Luego pasa que intento explicar de otra manera y solo logro confundir más el asunto. ¿Cómo hago para asegurarme? Ni modo, no creo poder decir más. ¿Qué es lo más confuso? Eso de que “se eleve un metro en todo el ecuador” puede resultar poco claro. Lo que quiero decir es: el cinturón inicial está “pegado” a la pansa. Ahora quiero agregar más cinturón para que no toque la pansa en ningún lado y que además esté separado en todos lados (por enfrente y por atrás y los costados) un metro.»

«Ya sé qué es lo primero que me van a preguntar, ¿cuánto vale el radio de la Tierra? ¡Ja!»

«Es una pena que no hayan aprendido nada de mate. Solo memorizan procedimientos, pero no entienden nada. Es sintomático que cuando ven un problemita, lo primero que quieren hacer es meter números a una calculadora. Ven una fórmula y no saben qué es, solo quieren meter los números. Por eso van a querer el radio de la Tierra.»

«… deja ver cómo les explico la solución. Ojalá alguno de ellos lo resuelva y lo pongo a que lo explique a los demás. Estaría chido. Si no, se los voy a explicar así: primero que se den cuenta que la longitud del cinturón original (L) es precisamente la longitud del ecuador que es «\pi» por dos veces el radio de la Tierra (R), es decir L=2\pi R

«Hasta aquí no voy a tener problemas. Luego tendré que hacer lo mismo para el cinturón extendido. El nuevo cinturón también forma un círculo, solo que uno más grande. El nuevo tiene un radio mayor y sabemos qué tan mayor es. El radio del nuevo círculo es el radio de la Tierra más un metro y entonces lo podemos escribir como (R+1\rm{m})

«Creo que es bastante claro. Si no, tendré que hacer algún dibujito en el pizarrón para que visualmente ayude a comprenderse. Espero no sea necesario. Ya veremos.»

«Y luego le sigo: A la longitud del nuevo cinturón le voy a llamar “T” y por lo tanto su circunferencia es T=2\pi(R+1{\rm{m}}) = 2\pi R + 2\pi(1\rm{m})

«… ahora les recordaré qué es lo que estamos buscando, Les diré algo como “recuerden lo que nos preguntaron. ¿Cuánto cinturón nuevo debo agregar?” En otras palabras, quiero encontrar la diferencia entre las longitudes de los dos cinturones: T-L».

«Ya está: T-L = 2\pi R+2\pi(1{\rm{m}})-2\pi R=2\pi(1{\rm{m}})=6.28{\rm{m}}. «¡Caput!»

 

 


Un rayito de esperanza

enero 17, 2016

Se puede decir que estoy un poco gris. Por un lado la época parece exigir que solo hablemos de cosas dulces y alegres. Ver hacia delante con optimismo y hacer planes para un nuevo ciclo. Todo son deseos maravillosos y sonrisas pasajeras. En otras palabras, es una época llena de frases de libro barato de superación personal y de una gran diabetes emocional. Por otro lado la realidad a la que nos enfrentamos es dura y fría. Pareciera que lo mejor es tratar de olvidarla o ver para otro lado. Si no lo hacemos y la tratamos de enfrentar, el optimismo y los buenos deseos se tornan un poco más austeros. Esto me hace recordar algo que me sucedió hace apenas unas semanas, a inicios de diciembre.

Por ahí de cada dos o tres meses sufro una pequeña crisis existencial. De repente todo me parece inútil y me pregunto – o más bien me reprocho – si ha valido la pena el hacer este o aquel esfuerzo. En esos momentos podría parecer que todo se derrumba, o peor aún, que en realidad no se ha logrado construir nada que pueda derrumbarse.

Permanezco en ese estado un par de días, quizá una semana. Luego poco a poco voy saliendo y vuelvo a la normalidad. No pasa nada, todo va bien: a seguirle.

Pueden ser varios los factores que de repente me ayudan a salir de uno de esos baches, pero afortunadamente siempre salgo y creo que, irónicamente, esos episodios resultan ser útiles. No lo sé.

Lo que sí sé es que en esos días de diciembre andaba como queriendo caer en ese estado de desánimo y sucedió algo que lo impidió. Tuve la oportunidad de participar dando una charla sobre “el Higgs, los neutrinos y otras rarezas” a los participantes del “Taller de Ciencia para Jóvenes 2015”, evento que organiza la Facultad de Ciencias de la Universidad de Colima, como parte de las actividades del Instituto Heisenberg para estudiantes de nivel medio superior.

Esta es la segunda vez que lo organiza y consiste en seleccionar a una veintena de estudiantes de todo el país que se encuentren cursando el quinto semestre de bachillerato. Los reclutan y los “encierran” durante una semana en la que los exprimen al máximo, trabajando de las nueve de la mañana a las once o doce de la noche. Les imparten varios cursos e invitan a científicos locales a que platiquen con los estudiantes sobre sus investigaciones, vidas, etcétera.

segundo-taller

Esta vez tuve la oportunidad de hacerlo justo antes de que clausuraran el taller y la pasé de maravilla. Lo disfruté porque vi la chispa en los ojos de los estudiantes. Estuve platicando con un grupo de mocosos que además de emocionarse con temas científicos y tener una curiosidad genuina, les gusta trabajar y esforzarse. Ver esa sed de aventura, de conocimiento, en ojos de esa edad, es algo que permite, ante cualquier circunstancia, recuperar esperanza.

Me dijeron que quieren estudiar algo de ciencia. Que les interesa la energía renovable, la biotecnología, la química. Otros matemáticas y física. Hay quienes dicen estar orientados hacia lo computacional. Todos con inquietudes y dudas, pero con mucho entusiasmo. Dicen querer mejorar al país. Manifiestan su interés en que las cosas cambien. Aún no saben bien a bien qué es lo que quieren (aún cuando dicen saberlo), pero están en esa búsqueda y tienen ganas, muchas ganas. Por alguna razón creen que con esfuerzo y dedicación se puede mejorar, y les doy la razón. Quiero darles la razón. Me entusiasmo.

 


El cristal a través del cual se mira

enero 12, 2016

Para poder hacer ciencia es necesario, entre otras cosas, adquirir la habilidad de cambiar de parecer. Entrenar el cerebro para que pueda ir en contra de sus prejuicios y primeras impresiones. Es difícil. Además de tener que aprender una cantidad cada vez más grande de conocimientos, técnicas y herramientas, se tiene que modificar la forma de pensar.

El entrenamiento empieza, casi siempre (si se tiene la suerte de poder ingresar a una buena universidad), desde la formación a nivel de licenciatura o pregrado, sin embargo, la formación robusta, específica y dirigida para adquirir esa indispensable habilidad que nos permita cambiar la forma de pensar (otra vez, siempre y cuando se tenga la oportunidad de hacerlo en un buen lugar), se obtiene en lo que llamamos el proceso de doctorado.

Quizá para muchos la palabra doctorado esté asociada de manera muy importante a un título casi nobiliario que denota mucha preparación o que es requerido para un puesto. No es poco común escuchar frases como “ese tipo tiene dos maestrías, ¡es un genio!” o “a ella le gustaría tener dos doctorados”. Cuando se piensa así es como si se considerara al doctorado como “la meta”, el lugar al que se quiere llegar.

Cosa muy diferente para las personas que nos dedicamos a la ciencia. Para nosotros representa el inicio. Obtener el doctorado es haber demostrado que hemos aprendido a hacer investigación. El doctorado es simplemente la fase de formación en que nos preparamos para aprender a investigar (la maestría es solo una fase intermedia). Por ende, si alguien desea obtener un segundo doctorado, seguramente el primero no lo hizo muy bien (existen situaciones en las que personas que estudiaron en varios países por azares del destino, y para poder convalidar sistemas distintos, terminaron obteniendo dos doctorados, pero es claramente distinto al caso que estamos discutiendo).

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Imagen de Matt Might (http://matt.might.net)

 

 

Evidentemente el concepto y su significado práctico son cosas que han evolucionado con el tiempo. La actividad científica no es igual hoy a lo que era hace dos siglos, es más, ni siquiera a hace 50 años. Los procesos de preparación y formación de los científicos han cambiado. Las expectativas, las demandas, la realidad laboral y familiar, la ciencia misma, han cambiado. Hubo épocas, por ejemplo, en que el grado ni siquiera existía. Las personas que se dedicaban a la ciencia estudiaban, experimentaban, trabajaban, teorizaban, discutían por años, muchas veces sin lograr nada o casi nada, que no es lo mismo pero es igual. De repente, a veces, se lograba alguna cosita interesante. Lo más común en esas épocas es que luego de pasar “una vida entera” trabajando, los “sabios” escribían sus descubrimientos y teorías en grandes libros para la posteridad.

Conforme más personas se involucraron en la actividad del estudio sistemático de la naturaleza, se avanzó de manera más eficiente y surgieron nuevos mecanismos de organización. Ahora ya existían trabajos (puestos) formales para científicos, lugares donde estudiantes podían ir a entrenar y convertirse en exploradores de la naturaleza. Todo ello, aunado al éxito estrepitoso que el conocimiento científico obtuvo en sus aplicaciones durante el último siglo, ha hecho que tengamos métodos y denominaciones muy particulares para la formación y acreditación de nuestros científicos. Hoy, un doctorado es simplemente la forma de acreditar que se cuenta con el entrenamiento para llevar a cabo investigación. Entrenamiento certificado por una institución de educación superior.

¿Alguien puede hacer ciencia sin doctorado? ¿Hay personas inteligentes sin doctorado? ¿Hay patanes con doctorado? La respuesta a todas es “sí, por supuesto”, pero, con respecto a la primera pregunta, en promedio, o por lo general, no.

 


Una carta

enero 11, 2016

 

eriquiux1Encontré una carta que escribí a mis hermanas hace cuatro años y en la que respondía una pregunta que ellas me hacían: ¿qué haces? Comparto con ustedes mi respuesta.

“… se preguntan qué hago, es decir, cómo es mi día a día. Por lo general uno esta acostumbrado a ver a las personas que laboran ir a un lugar determinado, con un horario fijo y con labores bien definidas. Por lo general uno también ve que la mayoría de estas personas no iría a trabajar si no lo necesitara. Describir mi trabajo en ese sentido es un poco complicado. Tengo por supuesto actividades «normales» que se pueden entender, como dar clases a ciertas horas, dar asesorías, hacer trabajo administrativo, etc. Sin embargo ninguna de estas actividades representan en realidad mi trabajo, son simplemente algunas responsabilidades que tengo debido a mi trabajo.

curru1Mi trabajo es investigar. Investigar acerca de cómo funciona la naturaleza. Tratar de entenderla y de encontrar sus secretos. Este trabajo es muy intenso y muy personal. Es muy apasionado y requiere de mucha concentración. En mi caso, el tipo de problemas que trato de resolver (o encontrar ya que a veces es mas difícil formular un problema que resolverlo) son de carácter matemático. Resulta que la naturaleza nos habla en matemáticas, no sé por qué, ¡pero así es!. Al ser así, entonces, mi trabajo lo puedo realizar prácticamente en cualquier lugar. Lo único que necesito es poder pensar sin distracciones y tener acceso a una computadora cuando se me ocurre la solución (muchos de los cálculos involucrados en la solución de los problemas requieren la utilización de computadoras). 
maribel1
Para ser un poco más concreto (pero me temo que solo un poco más) les contaré lo siguiente: soy físico, lo que significa que mi trabajo es sobre el área de la ciencia llamada física. Prácticamente todo mi trabajo hasta hoy ha sido dentro de la física de partículas, una de las muchas divisiones o sub-áreas de la física, que es la que trata de entender de qué estamos hechos. De qué estamos hechos nosotros, el agua, el sol, el universo entero.

Hemos descubierto, a través de muchos años de experimentación e investigación, que existen unas «partículas» fundamentales que se combinan en diferentes maneras para formar todo lo que podemos ver y tocar. Estudiar sus propiedades y la forma en que interaccionan para combinarse es lo que se puede decir que estudiamos. Existen muchos misterios y dudas sobre estas partículas y sus propiedades. Mi trabajo es tratar de encontrar pistas que nos puedan acercar más a conocerlas mejor. 

Sé que puede sonar efímero e inútil, sin embargo, les puedo comentar que toda la tecnología que ustedes han utilizado (directa e indirectamente) y la que sus hijos van a utilizar, se ha podido crear (y se creará) gracias al entendimiento sobre estos aspectos de la naturaleza. El hecho de que ustedes estén leyendo esta carta en el monitor de la computadora y que esta carta haya llegado hasta ese monitor, ha requerido del entendimiento de una vasta cantidad de fenómenos naturales para ser posible. Es en realidad majestuoso lo que hemos logrado y aún más majestuoso que ha sido siempre generado por la curiosidad de algunas cuantas personas. 

No me equivoco ni exagero en decir que gracias al estudio científico de la naturaleza (en el sentido que les describo arriba) es que vivimos. La derrama tecnológica de los estudios de la física fundamental en las áreas de medicina, producción de alimentos, transportación, comunicaciones, etc. es inmensa. Áreas completas de investigación científica han sido creadas a partir del entendimiento de los aspectos mas básicos y fundamentales de la naturaleza. Como pueden ver, es un mundo apasionante y muy cercano a todos nosotros, aunque a veces no lo percibamos.

Así que eso es lo que hago.”