Felicidad y casualidad

enero 24, 2018

 

Recuerdo que caminaba por la sombra y de todos modos sentía un calor insoportable. Las escasas ráfagas de viento solo lo empeoraban y sentía cómo calentaban mi piel. Alcanzaba incluso a percibir cómo iba menguando la fuerza a causa de los líquidos perdidos, sudados afanosamente por mi cuerpo en su intento de enfriarse, y consumidos inmediatamente por la seca atmósfera del lugar. Y sin embargo no me podía detener, no quería detenerme. Tenía que llegar a tiempo a la conferencia.

 

Un periódico de la localidad anunciaba, en una página escondida, que se llevaría a cabo una conferencia sobre “las matemáticas de la física” (o algo así). Sería tal día, a tal hora, en tal lugar, e impartida por el maestro Francisco Ramírez. No sé por qué la publicaron. Quizá ese día no hubo suficientes asesinatos, bodas u opiniones de politiquillos y sobraba un pequeño espacio. Posiblemente las tonterías del horóscopo, ese día, no tuvieron suerte de ser publicadas o – simplemente – el tal Francisco era cuate del dueño del periódico. No sé. Lo que sí sé es que mi padre, curioseando la prensa, lo vio y se acordó de que “esas cosas” me interesaban. Me lo hizo saber. Todavía recuerdo, con ternura, cómo se veía (me parecía) impresionante el anuncio.

 

Cursaba el segundo año de prepa, en una prepa común y corriente de este bello país. No sabía nada de física ni de matemáticas, evidentemente. Cursos llevaba y había llevado, sobre todo de matemáticas (desde la primaria), pero en realidad no sabía nada, o casi nada, que no es lo mismo pero es igual. Lo que sí podía asegurar en aquel momento es que esos temas me producían algo que pudiera llamar interés. Es curioso que cuando se le pregunta a las personas de ciencia qué fue lo que les motivó o atrajo a ella, un buen número de ellas responde que tuvieron una profesora o profesor en la prepa que les inspiró. Así de crucial es el rol que juegan las personas a las que confiamos la educación de los chavos.

 

Ya en el auditorio, con aire acondicionado (seguramente ventiladores húmedos, no recuerdo), recuperé la temperatura que hace sentir bien a mi cuerpo y esperé muy contento, con mucha expectativa. Dio inicio el evento y presentaron al expositor. Me pareció todo muy impresionante. Como se imaginarán, nunca había visto algo así, nunca había asistido a una “conferencia”. Francisco habló de Newton y la ley de la gravedad. Eran nombres y temas que había escuchado en la escuela, pero lo que presentó era nuevo para mí y recuerdo que me gustó. Sin embargo, lo que tuvo un impacto mucho más grande no fueron los temas en sí, sino el enterarme de que Francisco pertenecía a una Sociedad Astronómica, a un grupo de personas aficionadas a la astronomía y a la ciencia en general. Al terminar y despedirse llegó lo mejor: invitaba a quienes les interesara a ir y unirse a dicho grupo. Solo era necesario asistir y participar.

 

Fui. Participé y encontré un oasis que fue esencial para mis inicios en el ámbito científico. Ahí conocí a varias personas con intereses comunes – ya no era el único raro que se emocionaba con ver la luna o con ver cómo se movían las alas de un colibrí. Ahí, poco después, en un evento organizado por el grupo, conocí al primer científico de carne y hueso que me convenció de que yo podía serlo: al verlo, así mensote como yo me dije “si ese pudo, seguro yo también”. Terminó siendo mi tutor en la licenciatura. Ahí, el “Panchín”, como le decían a Francisco, me bautizó como fefo. Ahí aprendí que con pasión y con absoluta dedicación, puede uno llegar a ser feliz. Ahí me enteré, de golpe y en frío, que mi vida sería muy interesante y todo gracias a una casualidad. Ahí entendí que era necesario intentar que eso no fuera así, que era necesario que no fuese casualidad.

 

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Schrödinger

enero 20, 2018

 

Hace poco más de un mes preparaba el último examen parcial de mi clase de física moderna. No me decidía qué poner en el examen y después de darle vueltas (cinco minutos) decidí pedirle a quienes tienen la enorme fortuna de tomar mi clase que escribieran todo lo que pudieran sobre la ecuación de Schrödinger, considerando desde luego que es un curso de física y no de historia o literatura. Lo que esperaba con eso es que describieran la ecuación matemáticamente y plantearan un par de problemas específicos incluyendo las soluciones.

Erwin Schrödinger fue un físico austriaco nacido a finales del siglo antepasado. Le conocemos porque inventó una versión de algo llamado “mecánica cuántica”. A su versión a veces se le llama la versión “ondulatoria”. No fue un logro menor el de Erwin, consideremos que junto con la versión desarrollada por Heisenberg (la versión “matricial”) y el trabajo de varias decenas de personas durante las primeras tres décadas del siglo pasado, el desarrollo básico de la mecánica cuántica vino a transformar la vida de todas las personas que hemos vivido después de su formulación.

La “mecánica cuántica” o “física cuántica” es el nombre que le damos a la serie de leyes y principios que rigen la naturaleza en el mundo subatómico, es decir, en el mundo de lo muy pequeño. Así como las leyes de Newton (y Einstein) nos describen cómo la Tierra gira alrededor del Sol, la física cuántica nos dice cómo se comporta un electrón en un átomo. Así como las leyes de Newton nos ayudan a construir puentes y aviones, las leyes de la mecánica cuántica nos ayudan a construir transistores y tomógrafos médicos. No exagero cuando menciono que la física cuántica, o mas bien, el entendimiento de la naturaleza a escalas minúsculas, que se hace a través de la mecánica cuántica, ha transformado la vida de todas las personas. Para dar una sensación de ello, considere que la bases sobre las cuales se sustenta toda la electrónica radican precisamente en ese conocimiento. Si esto no le dice demasiado, le sugiero que vea a su alrededor inmediato y constate cuánto de su vida está influenciada por la electrónica. Ejemplo de ello son controles remotos, celulares, computadoras, hornos de microondas, etcétera. Quizá un poco más alejado de su vida diaria el hecho de que existen satélites, tomógrafos y aceleradores médicos. El hecho de que se pueda producir comida “suficiente”, medicinas “suficientes”, y otro etcétera.

Como se puede ver, el impacto es impresionante y ha modificado la forma de vivir de los seres humanos: ha transformado a la sociedad. Otra cosa muy interesante es que aun no acabamos, es decir, la mecánica cuántica (y todo lo que sabemos) se sigue investigando y explorando. Sabemos que funciona de manera impresionante a escalas increíblemente pequeñas (la milésima parte de la millonésima parte de la millonésima parte de un metro, que corresponde a catorce ceros y luego un uno después de un punto: 0.000000000000001 m). Esto lo sabemos porque esa es la distancia que actualmente explora el Gran Colisionador de Hadrones (Large Hadron Collider) y la mecánica cuántica (junto con la relatividad especial) describe perfectamente lo que ahí se observa. La teoría que describe ese mundo lleva el nombre medio “tonto” de “Modelo Estándar de las partículas elementales”, que está sustentado precisamente en la física cuántica y relativista. Pero no sabemos si seguirá funcionando a escalas menores y como tenemos muchas preguntas abiertas que rebasan el ámbito de acción del “Modelo Estándar”, pues seguimos explorando en búsqueda de nuevos fenómenos que nos ayuden a extenderlo.

Schrödinger y sus cuates no se imaginaban a dónde irían a parar los conceptos que generaron matemáticamente es sus cuadernos y pizarras, simplemente les atraía el poder entender un poquito más sobre la naturaleza. No entendían qué era un átomo e intentaban describirlo, eso era todo. ¿Para qué? Para saber más. Lo lograron y gracias a ello cambiaron las vidas de todas las personas de su futuro. De todas. Impresionante.

 

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Manos a la obra

enero 15, 2018

 

Existen áreas de investigación científica que requieren de una infraestructura física y tecnológica tan grande que es imposible tenerla en una universidad o incluso difícilmente en un solo país. Los países que sí la tienen, por lo general, lo logran en colaboración con otros: los laboratorios se construyen en un cierto lugar, pero son varios los países que aportan recursos para la construcción y/o el equipamiento.

Comúnmente esos centros de investigación requieren de múltiples equipos con muchas componentes diferentes, la mayoría de las cuales tienen que ser creadas por los mismos investigadores (no se pueden comprar, no existen). Un grupo en alguna universidad de algún país puede desarrollar un proyecto, financiado por su propio país, para crear uno de los componentes necesario, llevarlo al laboratorio e instalarlo. Otros grupos harán lo propio con otros dispositivos y así, una vez que todo el equipamiento esté completo y funcionando, llega la época de experimentación. Personas de diferentes lugares del mundo utilizarán el laboratorio para obtener información sobre sus preguntas y proyectos específicos. Participarán compartiendo y discutiendo los resultados y hallazgos.

La vida promedio de dicho tipo de colaboraciones va de las dos a las tres décadas, comenzando desde el diseño y construcción de los equipos hasta la obtención de datos y su posterior análisis. Se trata de proyectos de ciencia básica fundamental que sirven de base para todo lo demás.

Como podremos imaginar, la organización y funcionamiento de dichas empresas requiere no solo de la infraestructura física (laboratorios y dinero), sino también de una infraestructura administrativa sofisticada y robusta. Investigadores y estudiantes deben tener la posibilidad de trasladarse y pasar temporadas largas en instituciones distintas a las suyas, el equipo generado y/o adquirido en un país terminará funcionando en otro, la planificación de los proyectos debe contemplar fases de avance intermedias, pero debe ser pensado y organizado a muy largo plazo, etc. Como también creo podremos imaginar, nada de ello es común en nuestro sistema.

En nuestro país no existe un laboratorio o centro de esas características. Para aquellas personas que hayan seguido esta columna no les resultará sorprendente esta situación: simplemente no existen condiciones que permitan si quiera imaginar la posibilidad de crear una empresa de esa magnitud en este momento. Lo que sí hay, aunque en una escala muy pequeña y marginal, es la participación de algunos grupos en proyectos grandes realizados en otros países, pero aún en esos casos, la participación ha sido muy modesta y restringida a pocos aspectos del proceso general de experimentación. Hace falta más.

En la Universidad de Colima estamos intentando participar con la creación de un grupo de investigación que se involucre directamente en una colaboración internacional en uno de esos laboratorios. La idea es que sea un grupo formado por personas que puedan incorporarse a alguno de los proyectos en fase de desarrollo de un laboratorio internacional y pueda mantener una relación de largo plazo.

Se requerirán muchas cosas para que el proyecto se concrete. Representa una forma muy diferente de hacer las cosas que seguramente requerirá de cambios e ideas distintas para resolver los problemas que surjan. Se requerirá conseguir recursos por parte de agencias financiadoras de la actividad científica en el país, se requerirá conseguir recursos humanos del mejor nivel posible, se requerirá brindar condiciones óptimas para el trabajo de investigación y docencia, se requerirá planear proyectos a mediano y largo plazo, se requerirá continuidad y mucha calidad. Lo importante es que todo lo que se requiere es posible. No será fácil, pero estoy seguro de que todo el esfuerzo que tengamos que hacer valdrá la pena al final.

 

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Ciencia y empleo

enero 14, 2018

 

Es conocimiento popular (¿?) que el desarrollo científico y tecnológico de una sociedad es la base de su crecimiento económico y social. Como evidencia clara de ello basta con mirar a los países desarrollados, ya sea los que tradicionalmente han estado desarrollados en los últimos dos siglos o aquellos que han despegado en los últimos 20 años. Evidentemente que el desarrollo científico lleva implícito un sistema educativo robusto e integral.

En fin, si lo que acabo de escribir arriba tiene algo de verdad, una consecuencia inmediata debería ser que si un país en desarrollo invirtiese en ciencia y tecnología (por ende en educación en todos los sentidos), lograría desarrollarse. ¿Por qué no lo hacen?

Para no hablar de cosas demasiado generales, concentrémonos en una problemática muy puntual e importante: el empleo. ¿Puede el desarrollo científico y la inversión en ese rubro resolver el problema del empleo? ¿Cómo podemos generar más y mejores empleos a través de la ciencia y la tecnología?

Personas que se tienen que hacer estas preguntas, muchas veces tomadores de decisiones, necesitan respuestas directas y tangibles. Dependiendo de la necesidad o problemática a la que se enfrenten, casi siempre con una dosis política muy complicada, tienen que tomar decisiones rápidas y visiblemente “amables”. Si se puede rimbombantes, ¡mejor!

Ya que tenemos poco espacio, permítanme hacer el siguiente nano-análisis con la intención de mostrar dónde andamos y qué debemos hacer. Imaginen una línea recta (horizontal). En el extremo izquierdo se encuentran las “soluciones” apresuradas, de emergencia. Las que se toman porque “no queda de otra”. En el extremo derecho se encuentran las soluciones “ideales”, difíciles de implementar debido al tiempo que se requiere para que rindan frutos y las cantidades importantes de dinero que hay que invertir.

Soluciones que tienden al extremo izquierdo son las que abundan en países como el nuestro. Están basadas, casi siempre, en la idea (errónea) de que las empresas siguen a las empresas. Si ponemos empresas de cierto giro, otras vendrán. Suena lógico, sin embargo lo que termina sucediendo es que se tiene que recurrir a la «maquila». Para que las empresas se instalen, sin una infraestructura humana de alto nivel, estas deben ser empresas que solo armen y acomoden. Requieren mano de obra barata. La mano de obra barata no es una fortaleza, no es lo que deberíamos estar utilizando como “atractivo” en nuestras negociaciones. Es más bien un indicador de que hemos fracasado en nuestro intento de desarrollo.

Soluciones que tienden al extremo derecho están basadas en la idea (correcta) de que las empresas buscan y se van a lugares en donde exista infraestructura humana de mucha calidad. Eso es lo que les atrae.

¿Entonces? ¿Qué hacemos? ¿Cuál es la mejor estrategia? Si buscamos el desarrollo económico y si tenemos un genuino interés en el desarrollo sostenible e integral de la sociedad, debemos desarrollar programas que caigan en varios puntos de la línea. Dada nuestra situación actual y la competencia internacional, sería imprudente dejar de tajo el lado izquierdo, sin embargo, hemos descuidado mucho el derecho. Tenemos que diseñar planes y programas que permitan diversificar y empezar a pensar en el mediano y largo plazo. Así como no podemos dejar de tajo el lado izquierdo (pero si irlo dejando poco a poco), es suicida no empezar a hacer algo con el lado derecho. En el caso concreto de Colima, dadas sus condiciones socioeconómicas y geográficas, con un proyecto pequeño, basado en lo que ya tiene de un alto nivel internacional en términos científicos, sostenido, bien dirigido, sin seguir modas (y protegido), se podría lograr que en un par de décadas el estado se convirtiera en un polo intelectual a nivel nacional.

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Una chulada

diciembre 31, 2017

Prácticamente todas las personas que nos dedicamos a la ciencia damos clases. Dependiendo del sistema de organización universitaria de nuestros países, damos clases a estudiantes que se están formando para dedicarse a la ciencia y/o a estudiantes de carreras no científicas. No somos maestras ni maestros, pero una parte importante de nuestro tiempo y de nuestra contribución a la sociedad es precisamente dar clases. A la mayoría nos gusta.

Otra característica básica de quienes nos dedicamos a la ciencia es que nos encanta el chisme. Nos produce placer andar hablando de lo que hacemos y lo que estamos pensando. No podemos obtener un resultado porque inmediatamente queremos darlo a conocer y compartirlo (presumirlo) con colegas. La manera oficial de hacerlo es a través de las publicaciones científicas y, por lo tanto, quienes estamos activos, publicamos en ellas nuestros hallazgos. Existen revistas de varios niveles de calidad, como en todo, y por lo general intentamos publicar en las más reconocidas (claro que hay quienes, al no poder publicar en revistas serias, que no es trivial, inventan sus propias revistas, pero no nos distraigamos con eso).

Publicar – entonces – es una manera de presumir con colegas lo que hemos logrado. Otra manera muy común e importante de difundir resultados y de enterarnos de lo que otras personas realizan es la participación en congresos científicos. Estos son eventos en los que exponemos nuestros resultados ante una audiencia muy crítica. Aunque se da, es poco común que asistir a un congreso solo para escuchar. Más bien la idea es, además de escuchar y criticar (la crítica es uno de los pilares de la actividad científica) el trabajo de los demás, exponer las ideas propias para que sean analizadas y criticadas por la comunidad científica. Solo así se crece. Nota: desde luego que existen congresos «patito», como las revistas que mencioné antes, pero otra vez, aquí estamos hablando de los serio.

En los congresos se interacciona con personas de todo el mundo y se dan posibles inicios a colaboraciones futuras. En los ratos en que no hay «charlas» (conferencias) se platica de proyectos, ideas, errores y posibles colaboraciones. A la hora del café, a la hora de la comida, a la hora de la cena, prácticamente todo el tiempo, se mantiene uno hablando de los temas de su área y escuchando que hacen las demás personas. ¡Puro presumir!, aunque con cuidado: el ambiente, sobre todo si el congreso es de buen nivel, es bastante crítico y no se perdona fácilmente. Así que, para andar de chismoso, ya sea presumiendo o criticando, más vale tener argumentos sólidos y fundamentados, ya que de lo contrario se puede salir de ahí algo “lastimado”.

Luego hay otro tipo de actividad que combina la presumida y la enseñada, se les conoce como “escuelas”. Una escuela es un evento que puede durar desde una semana a un par de meses en el que se presentan cursos especializados a estudiantes, provenientes de todo el mundo, y pueden ser de nivel licenciatura o posgrado, a veces mixta. Esos eventos son muy bonitos y en lo personal de mis favoritos.

En todos estos congresos y escuelas se presentan algunas conferencias especiales, por lo general de colegas con cierto nivel de reconocimiento e impacto. Algo que puede parecer curioso (a mí me pareció curioso saber que en otras áreas no es así): ninguna de estas personas cobra. Ni conferencistas especiales, ni quienes imparten las clases para las escuelas, y mucho menos quienes presentan sus trabajos en los congresos. Me he enterado recientemente, hablando de chisme, y ha sido una desagradable sorpresa para mí, que, en muchas áreas no científicas, cualquier conferencista de medio pelo termina cobrando, a veces cantidades importantes. Eso sí, por lo general son conferencias en donde no se cuestiona nada y todas las personas van muy bien presentadas. Una chulada.

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¡Qué curioso!

diciembre 29, 2017

Ya me canso de contar cuántas veces he escuchado o leído en diferentes discursos frases cercanas a “no debemos quedarnos con solo la creación del conocimiento sino hay que ver cómo utilizarlo para mejorar la sociedad” (o algo similar). Por lo general son emitidas por personas que ni han generado conocimiento ni lo han aplicado, pero que por alguna razón piensan que la frase tiene sentido. A mí me confunde mucho. Bueno, me confunde si considero que están diciendo lo que quieren decir y no otra cosa, y en realidad sé que están tratando de decir otra cosa. Por lo general (otra vez) lo que intentan decir es que no se hace nada y que se debería hacer algo. O más aun, como son frases emitidas (casi siempre) por personas a las que se les pide/exige/ruega por recursos, y que además son responsables del desarrollo de sus comunidades, les gustaría que hubiese soluciones inmediatas y baratas a los problemas. Al ser imposible, como que se les empieza a generar la idea de que se ha invertido mucho en educación (falso) e investigación (falso) y que no se generan soluciones “reales” y solo se estudian cosas que no tienen nada que ver con los problemas “verdaderos”. La verdad es mucho más complicada, como ya hemos discutido en este espacio.

Existen problemas concretos de importancia social inmediata. Las posibles soluciones involucrarán a los diferentes sectores de la sociedad – incluido el científico – trabajando en sintonía y cooperación. No es seguro que se puedan resolver: no se trata únicamente de que se desee hacerlo. En el caso concreto de la participación de la ciencia y/o la comunidad científica, es importante entender con claridad que las posibles soluciones a los problemas más apremiantes de la sociedad no surgen por receta. Ya la ciencia ha demostrado durante los últimos años que su impacto en la sociedad es garantizado, y que las soluciones surgen de un proceso que se nutre de la abstracción y la curiosidad.

La forma en que vivimos está influenciada en todos los aspectos por el conocimiento adquirido por la humanidad, independientemente de dónde (léase país) se haya generado y transferido. Es verdad que los problemas más específicos y locales de las diferentes regiones sí son atendidos con mayor eficacia por sus propias comunidades científicas (hay un interés tribal, de pertenencia) y por ende aquellos lugares (léase países) en los que existe una comunidad científica robusta son precisamente los que logran avanzar con menor dificultad.

¿Qué es una comunidad científica robusta? Es aquella que cuenta con una masa crítica de personas preparadas en todos los ámbitos de la actividad científica, que no está contrariada por etiquetas de conocimiento versus aplicación, y que ha mantenido un apoyo constante y real durante un tiempo considerable (varias generaciones). Desde luego que existen pocos países con comunidades científicas robustas y consolidadas. Hay algunos que están en ese camino y se están acercando. Algunos incluso ya empiezan a ver los frutos de manera muy tangible. Hay muchos más en los que apenas se está empezando.

Hay otros, como el nuestro, en el que se tiene mucho tiempo “empezando” pero no arrancamos. Hemos sido demasiado tibios. Tenemos una comunidad científica, sí, pero pequeña, endeble, contrariada en sus divisiones y propósitos. La ciencia en nuestro país no ha sido parte del proyecto de nación, lo que necesariamente implica que no ha sido apoyada para ser relevante. Y sin embargo, en el discurso, y por la comparación con otras naciones (sobre todo las desarrolladas, con las que a algunas de las personas que emiten los discursos les gusta comparar), se dice que la ciencia y las personas que hacemos investigación deberíamos “no solo generar conocimiento, sino aplicarlo”. Y yo no dejo de decir en mi mente cada vez que escucho eso “¡qué curioso!, si es obvio que no pueden separarse esas dos cosas”.

 


¿Por qué desconfiamos de la ciencia?

octubre 21, 2017

Pareciera que la experticia es algo negativo. Al preguntar sobre algo, uno esperaría que lo que se busca es una respuesta. Por alguna razón, si la respuesta viene de una persona experta, como que no nos gusta. “¿Son malos (para la salud) los transgénicos?”, le preguntan a una bióloga. “No, para nada”, responde. “¿Y cómo sabes? Yo leí que hay muchos estudios que dicen que hacen mucho daño. Es más, vi un video donde un científico dice que sí.”

El hecho de que quien contestó haya pasado tiempo preparándose y aprendiendo, especializándose en un área que precisamente tiene que ver con la pregunta, una persona que ha dedicado buena parte de su vida precisamente a tratar de entender e incrementar nuestro conocimiento en esa área, no es suficiente para contrarrestar una idea formada por lecturas poco técnicas y creencias. Ni siquiera cuenta en la discusión que quien pregunta no terminó la prepa (o si la terminó nadie sabe exactamente por qué ni cómo) y que considera que todas las opiniones cuentan. Perdón, no solo cuentan, sino que cuentan lo mismo.

Es bien sabido – y hasta me resulta cansado el repetirlo – que todas las personas deben tener el derecho a pensar y opinar lo que deseen, pero eso no hace que sus ideas y sus expresiones tengan sentido o que no puedan ser criticadas. Las ideas no tienen por qué ser respetadas, sobre todo si sabemos y podemos sustentar con evidencia que están equivocadas. Ninguna persona está – ni debe ser – forzada a aceptar ninguna idea, independientemente de que yo tenga el derecho de expresarla. Las ideas deben ser analizadas, criticadas, contrastadas y matizadas. Cada quien decidirá con qué se queda. Lo interesante es que cuando estudiamos y nos preparamos un poco, se esperaría que aprendiésemos a explotar nuestra capacidad de análisis para que así, poco a poco, lográramos ir aceptando aquellas ideas que tienen sustento y desarrolláramos la habilidad de ir “soltando” aquellas que no. También, ya que no podemos saber todo, ni podemos volvernos expertos en todo, cuando nuestras dudas e inquietudes recaen en áreas que no dominamos, y queremos tener un poco de idea, se esperaría que al preguntar y recibir información, si esta viene de una persona experta, uno le daría un poco más de peso que si no. No se trata de que un experto siempre tenga la razón, se trata, simplemente, de que un experto sabe más que yo.

En realidad el problema no es creerle o no a una persona experta. El problema consiste más bien en recibir una respuesta que vaya en contra o sea diferente a nuestra pre-concepción. Ahí está el asunto. Es difícil ver que nos equivocamos y más si ya hemos manifestado nuestra idea antes. Nos veremos mal y eso no lo podemos permitir (¡faltaba más!)


Exámenes

septiembre 14, 2017

¿Cómo evaluar? ¿Cómo examinar? Estoy sentado en el escritorio al frente del salón de clase. Tengo frente a mí a un grupo de estudiantes realizando un examen de uno de mis cursos de licenciatura, uno de mis favoritos. Al verlos me pongo a pensar y recordar cuando yo estaba de ese lado. La verdad, lo recuerdo con gusto. Las sensaciones de expectativa, el proceso de cortejo previo cuando estaba tratando de pensar cómo sería el examen. Desde luego que tuve de exámenes a exámenes, y los hubo aburridos, torpes, regulares y excelentes. También una parte interesante del “feeling” era su relevancia. Había exámenes bastante intrascendentes mientras que había otros por los que había esperado – e invertido – desde años. Recuerdo particularmente mis exámenes generales, los que se hacen en el posgrado para obtener la candidatura al doctorado: esos los había estado soñando desde que iba la mitad de mi licenciatura.

Como profesor y evaluador me he tenido que preguntar muchas veces cómo evaluar, cómo calificar. Esto ya que seguramente no hay una manera única de evaluar a las personas que tuvieron la enorme suerte de escucharme durante el semestre. Al principio, en mis primeros intentos de curso, recuerdo que me resultaba muy complicado realizarlo. Prácticamente cualquier cosa que se me ocurría se me hacía injusta. No encontraba la manera de poder hacerlo sin sentir que no funcionaba para alguien, que no cubría todos los aspectos, que no era útil. Me preocupaba muchísimo la idea de que no podía evaluar igual a todas las personas e incluso llegaba a cuestionar el valor y principio mismo de la “evaluación”.

Afortunadamente solo fue un lapsus – muy corto. Me di cuenta de que si bien no todo lo que se ha hecho en la tradición educativa universitaria (del primer mundo) en los últimos siglos es vigente, y afortunadamente se han logrado avances significativos en muchos hábitos y métodos educativos, el proceso de evaluación “rígido” y temible de los exámenes ha funcionado muy bien. Sé que hay muchas personas que no lo ven así y que sobran argumentos para explicar lo absolutista y limitado de ese enfoque. Sé que se percibe a las evaluaciones “tradicionales” como las culpables (absolutas) del fracaso de muchas personas en el ambiente educativo. Sé que podemos sentir que fueron los exámenes y/o quienes nos evaluaron quienes terminaron con nuestras oportunidades. Quiero obviar – por favor – el caso desgraciadamente muy común de que en efecto la persona que estuvo a cargo de preparar la evaluación (y los cursos) haya sido mediocre, ignorante, malvada, incapaz y/o frustrada, y que en efecto sus “evaluaciones” hayan sido terribles e injustas. Quiero obviarlo no porque no sea importante, lo es, sino porque eso no es un argumento para desechar el concepto de evaluación a través de un examen, no es un argumento para desechar el concepto de calificar, de decidir si una persona sabe hacer algo o no, sin que el resultado hable de las calidades humanas de la misma. Me convencí y cada vez estoy más convencido de que los exámenes (en donde uno demuestra que sí sabe) son irreemplazables. Entonces, me dí cuenta de que el problema está en otro lado, no en la evaluación. La evaluación es necesaria. Es indispensable. ¿Y entonces?

Si quien imparte clase tiene vocación, preparación y nivel, debe tener libertad absoluta para programar, dirigir y evaluar. Ahora, ¿cómo garantizar que quienes estamos como responsables de formar estudiantes sí tenemos vocación, preparación y nivel? Considerando las condiciones laborales y salariales en nuestro país, en todos los niveles educativos (con sus respectivas diferencias y necesidades), es verdaderamente casi un milagro (que obvio, no existen) que de repente se encuentre uno con una persona con esos ingredientes. ESE es el problema.

 

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Eso no es para ti

agosto 9, 2017

“¿Quién es Julián Hinojosa?” preguntó la maestra de sexto el primer día de clases. Quería saber quién era el niño que tenía la beca de aprovechamiento. De acuerdo con Julián, fue una excelente maestra. Recuerda que le enseñó muchas cosas y que ponía un empeño verdadero en su labor.

“¡Niños!, ¿quién es Julián Hinojosa?”. “Yo maestra, acá”. “No, no puedes ser tú, no es posible”.  “¿Por qué maestra?”, preguntó Julián desorientado. “No, claro que no” “¿Cómo va a ser eso posible?, ¿qué no te ves?.” Julián aún más desorientado no supo que decir. “No, tu no eres para eso, no te esfuerces.”. “¿No has visto a los niños en el mercado? Esos que ayudan con los bultos a las señoras, sí esos. Tú deberías estar ahí, cargando bultos.”

Pasaron los días y cuando la directora vio el nombre del estudiante que recibiría la beca de aprovechamiento se sorprendió. No era Julián, y la directora sabía que tenía que ser Julián, era el mejor. Increpó a la maestra y ella simplemente le dijo “pero ¿cómo se la vamos a dar a alguien así?” ¿Así cómo? Preguntó la directora. “Pues así como es él, véalo.” La directora no parecía conformarse. Ya un poco desesperada, la maestra dice “¡Pues prieto!”

Eventualmente, directora y padres de Julián le pusieron un freno a la maestra. O intentaron, ya que durante todo el año seguía haciéndole comentarios agresivos y vejaciones. Comenta Julián que la cosa se tranquilizó un poco después de que su papá, ya desesperado, le puso un ultimátum a la maestra: “o se tranquiliza o le parto su  ….”

Gracias a las intervenciones familiares y de la directora, la maestra incluso llegó a medio disculparse de algunas cosas con Julián, como el hecho de ponerle calificaciones bajas en materias que no se pueden cuantificar y que por ello, a pesar de haber ganado los concursos de aprovechamiento en su estado, no pudo ir al concurso nacional por su promedio. Sin embargo, el color de piel de Julián no le permitía estar tranquila y volvía a sacar alguna tontería (hasta que la amenazaron, claro está).

Julián es un guerrero. Julián es un sobreviviente. Julián no es su nombre real. Julián es un colega que me compartió esta experiencia que vivió en su primaria, hace algunas décadas, en algún lugar común de nuestro glorioso país. Esa fue, según él recuerda, la primera vez que sintió ese racismo y clasismo tan nuestros. Tan presentes y tan escondidos que a veces creemos – estamos convenidos – que los racistas son los gringos.

Como dije antes, Julián es un guerrero. No lo detuvo su maestra de sexto ni tampoco todo lo que tuvo que sobrepasar después. No solo siguió avanzando y desarrollando su vida en un país y sociedad hostiles, sino que logró lo que muy pocas personas logran en cualquier lugar: se convirtió en un científico. Ahora Julián contribuye para que sepamos más y ofrece su conocimiento y experiencia a jóvenes que desean seguir ese camino.

Desgraciadamente la historia de Julián no es una cosa aislada. Desgraciadamente no todas las personas son guerreras. Desgraciadamente no todas las guerreras triunfan. Me pregunto cuántas personas han “quedado en el camino” por este tipo de obstáculos y sinsentidos.

Luego, en el evento de graduación de la primaria, llegó la hora esperada en que pasaban al frente a quienes obtuvieron mejor aprovechamiento. Nombraron a una niña de primer año, luego a uno de segundo, y así hasta llegar a sexto. Los nombres los leía una niña, de una lista que le dieron los maestros. Al llegar a sexto salió un nombre, no era Julián. Hubo desconcierto. Todo mundo sabía que Julián era el mejor. Se empezó a escuchar por toda la escuela “Julián, Julián, Julián”. La maestra, encolerizada, se dirige a él y le dice “Ándale pues, sube. Ya echaste a perder el evento”.

 


Las apariencias

julio 11, 2017

No se crea, no es cierto. Usted sabe muy bien que no todo lo que se dice es cierto. Por mucho que una mentira se repita, repita, repita y se vuelva a repetir, al punto que una mayoría pueda llegar a creerla, eso tampoco la hace verdad: sigue siendo una mentira.

No, no es verdad que se ha invertido en ciencia en nuestro país. No se ha invertido ni cercanamente lo mínimo como para pretender que tenemos, o debamos tener, una ciencia saludable, robusta, de impacto. Lo que se ha dedicado de recurso a la ciencia en nuestro país es demasiado insuficiente.

Hace varias décadas, algunos países que se encontraban en condiciones similares a las que tenía el nuestro, invirtieron en ciencia y educación. Invirtieron sin miedo, sin vacilación. Hoy, algunos de ellos impactan la economía mundial y lideran el desarrollo. Nosotros no. Durante ese mismo tiempo, la cantidad de recursos que nosotros dedicamos a esos rubros, ha sido prácticamente inexistente en comparación con lo que debió y pudo haber sido. Lo poco que se “invirtió” ha servido para que exista una “comunidad científica” endeble y poco visible, con realidades cotidianas obtusas y opacas. Nótese por favor que hablo de la “comunidad científica” y no de las personas. Existen en nuestro país personas con nivel y potencial comparable al que existe en los mejores lugares para la ciencia en el mundo, sin embargo la “comunidad científica” mexicana es débil y pequeña. ¿Qué tan pequeña? Por cada persona que realiza investigación científica en el país, se necesitan al menos otras diez.

Esto es un problema importante y hay que resolverlo, sin embargo, me parece que primero es indispensable reconocer (y atacar) otro problema que en mi opinión es incluso más serio: creer que estamos bien. Y es que es tan fácil engañarnos. De tanto escuchar que hacemos ciencia, de tanto desear que eso sea verdad, a veces quienes nos dedicamos a la ciencia también caemos en el error de creer que sí hay una ciencia robusta en el país, que sí se ha avanzado, que ¡ya estamos ahí! (o casi).

¿Por qué nos engañan – engañamos? Si hay algo que mueva montañas en México, son las apariencias. México es – aunque se nos olvide y no se refleje socialmente – un país muy rico. Tan es así, que forma parte de algunos grupos selectos a nivel internacional donde se supone participa en los foros más importantes para el desarrollo del mundo. Dentro de esos grupos se hacen evaluaciones y “rankings” en diferentes rubros, siempre incluyendo la educación y la ciencia. Al salir calificados con niveles paupérrimos en cuestiones educativas y tecnológicas, como que da pena, vergüenza. Esa penilla hace que a veces nuestros dirigentes se pregunten consternados: ¿Cómo es posible que seamos tan malos en esos rubros? ¿Cómo es posible?, ¿con todo lo que invertimos en ciencia (mentira, recuerden)? ¿Pos qué hacen? ¿En qué se gastan todo lo que “les damos”?

Para tratar de mejorar índices, rápido, de manera urgente y apresurada, a veces se intenta el discurso optimista y el “re-diseño” de medidas y métodos. Desafortunadamente, para quienes desean subir indicadores a toda costa sin inversión y de manera inmediata, los resultados de calidad no se pueden maquillar fácilmente.

Desafortunadamente también, a veces parecen no entenderlo y generan un discurso muy poderoso y penetrante en el que nos engañan con mentiras que luego a veces creemos. Pero no, no es verdad. No es cierto que se ha invertido en ciencia en nuestro país. La verdad es que necesitamos que se empiece a invertir seriamente para – primero – generar una base sólida y de alto nivel, que sustente las innovaciones tecnológicas en el futuro. No hay atajos, solo apariencias, y de mala calidad.