Episodio 26 – 2026: Divulgación

Video de la sesión en vivo: https://youtube.com/live/ANY88LbLsr8

Participantes:

  • Luis Cruz
  • Fefo

Referencias:

Introducción

¿Qué significa realmente divulgar ciencia?

A primera vista, la respuesta parece sencilla: tomar conocimiento científico y comunicarlo a personas que no son especialistas. Pero basta pensarlo un poco para descubrir que la cosa es bastante más complicada.

Comunicar, informar, enseñar, hacer periodismo científico y divulgar ciencia son actividades relacionadas, pero no son exactamente lo mismo. Y confundirlas puede llevarnos a perder de vista una pregunta mucho más importante:

¿Para qué queremos divulgar ciencia?

Esa fue una de las preguntas centrales de este episodio de Hablemos de Ciencia con Fefo.

Comunicar no es necesariamente divulgar

Todos comunicamos información constantemente. Podemos comunicar el resultado de un partido de futbol, explicar cómo realizar un trámite, hablar de política, compartir una receta o contar una noticia científica.

Pero transmitir información no convierte automáticamente una actividad en divulgación científica.

Tampoco divulgar es exactamente lo mismo que educar. La educación normalmente persigue objetivos formativos explícitos: queremos que alguien aprenda determinado contenido, desarrolle ciertas habilidades y, muchas veces, sea capaz de demostrar posteriormente que adquirió ese conocimiento.

La divulgación puede producir aprendizaje —y sería extraño que una buena divulgación no lo hiciera—, pero no necesariamente pretende sustituir a una clase.

Y existe todavía otra actividad cercana: el periodismo científico.

Un buen periodista científico investiga, contrasta fuentes, contextualiza información, entrevista especialistas y utiliza las herramientas profesionales del periodismo para contar una historia relevante. Su función es extraordinariamente importante, pero sus objetivos y métodos no son necesariamente los mismos que los de la divulgación científica. En la conversación incluso planteamos que México necesita más y mejores periodistas especializados en ciencia.

Entonces, ¿qué queremos lograr cuando divulgamos?

Aquí aparece, para mí, la cuestión fundamental: la intencionalidad.

Antes de decidir cómo divulgar deberíamos preguntarnos para qué lo estamos haciendo y con quién queremos comunicarnos.

No es lo mismo hablar de ciencia con niñas y niños que con adolescentes, docentes, empresarios, adultos mayores, funcionarios públicos o un público general. Cada audiencia posee experiencias, intereses y necesidades diferentes. Y, por lo tanto, una estrategia de divulgación que funciona maravillosamente con un grupo puede fracasar por completo con otro.

Incluso las motivaciones del divulgador pueden ser distintas.

Alguien puede divulgar simplemente porque la ciencia le parece maravillosa y quiere compartir ese entusiasmo. Otra persona puede intentar despertar vocaciones científicas. Alguien más puede querer acercar un descubrimiento reciente al público.

Todas pueden ser motivaciones perfectamente legítimas.

Pero existe otra que considero especialmente importante.

Vivimos en una sociedad científica y tecnológica

Nunca habíamos dependido tanto de la ciencia y la tecnología.

Los teléfonos que llevamos en el bolsillo, los medicamentos que utilizamos, la energía, los sistemas de comunicación, los alimentos, el transporte y buena parte de nuestra economía son resultado directo o indirecto del conocimiento científico y tecnológico.

Paradójicamente, podemos vivir rodeados de tecnología y continuar siendo profundamente analfabetos desde el punto de vista científico.

Y aquí es importante aclarar qué entiendo por analfabetismo científico.

No significa desconocer el nombre de determinadas moléculas, no recordar una fórmula de física o ser incapaz de enumerar especies de plantas. Nadie necesita convertirse en científico para desenvolverse razonablemente en una sociedad moderna.

El problema fundamental es otro: nuestra capacidad para discernir, analizar evidencia y pensar críticamente.

Una sociedad científicamente alfabetizada no es aquella en la que todos conocen mucha ciencia de memoria. Es aquella en la que una fracción cada vez mayor de las personas posee herramientas para preguntarse:

¿De dónde viene esta afirmación?

¿Qué evidencia la respalda?

¿Es confiable la fuente?

¿La conclusión realmente se desprende de los datos?

¿Existe otra explicación?

¿Qué tendría que ocurrir para que cambiara de opinión?

Esas preguntas son parte de la cultura científica.

Divulgación y pensamiento crítico

Por eso la divulgación puede desempeñar un papel que va mucho más allá de contar curiosidades científicas.

Puede contribuir a familiarizarnos con una manera de pensar.

La ciencia no es solamente una colección gigantesca de respuestas. Es también —y quizá principalmente— una manera organizada de enfrentarnos a nuestra ignorancia.

Observamos algo, proponemos explicaciones, calculamos consecuencias, las contrastamos con la realidad y estamos dispuestos a abandonar o modificar nuestras ideas cuando la evidencia no coincide con ellas.

Al inicio del programa apareció accidentalmente un ejemplo precioso.

En el siglo XIX, pequeñas anomalías en las órbitas de Urano y Mercurio parecían plantear problemas semejantes. En ambos casos podía imaginarse que la desviación se debía a la influencia gravitacional de un planeta todavía desconocido.

Para Urano, esa estrategia funcionó espectacularmente: los cálculos condujeron al descubrimiento de Neptuno.

Para Mercurio, no.

La pequeña anomalía en la precesión de su perihelio terminó formando parte de una historia mucho más profunda: no hacía falta simplemente otro planeta; necesitábamos una teoría de la gravedad más general que la newtoniana. La relatividad general proporcionó esa nueva descripción.

Dos anomalías aparentemente parecidas condujeron a historias científicas muy distintas.

Eso también es cultura científica: no decidir de antemano cuál tiene que ser la respuesta y permitir que la evidencia nos obligue a cambiar de explicación.

¿Divulgación o entretenimiento?

Las redes sociales han democratizado extraordinariamente nuestra capacidad de comunicación. Hoy prácticamente cualquier persona puede producir contenido y llegar potencialmente a miles o millones de personas.

Eso es maravilloso.

Pero también ha producido incentivos particulares.

La competencia por nuestra atención favorece videos muy cortos, imágenes espectaculares, gesticulación, títulos provocadores, edición frenética y mensajes diseñados para generar una reacción inmediata.

Nada de eso es malo por sí mismo. La ciencia puede ser divertida. Un divulgador puede hacernos reír. Una producción audiovisual extraordinaria puede ser una herramienta magnífica.

El problema aparece cuando el entretenimiento deja de ser el vehículo y se convierte en el objetivo.

Si después de consumir una pieza de supuesta divulgación científica el público solamente recuerda que algo era “increíble”, “brutal”, “aterrador” o “alucinante”, quizá comunicamos emoción, pero no necesariamente contribuimos a comprender mejor la ciencia.

En el episodio planteamos una preocupación todavía más incómoda: subestimar a nuestra audiencia. Asumir que las personas no pueden concentrarse, razonar o interesarse por una explicación que requiera algunos minutos de atención termina produciendo contenidos construidos bajo esa misma expectativa.

Divulgar no debería significar eliminar la complejidad hasta que no quede nada.

El verdadero reto consiste en hacer accesible una idea sin destruirla en el proceso.

¿Quién debe divulgar ciencia?

Esta pregunta produjo una parte particularmente interesante de nuestra conversación.

¿Tiene que ser científico quien divulga ciencia?

No.

Existen comunicadores y periodistas extraordinarios que no son investigadores y que realizan un trabajo indispensable.

Pero también defendí una idea que considero importante: necesitamos identificar y apoyar a aquellos científicos que poseen interés y habilidad para divulgar.

La mayoría de los científicos probablemente no seremos buenos divulgadores. Tener conocimiento especializado no garantiza saber explicarlo. Son habilidades distintas.

Pero dentro de una comunidad científica suficientemente grande siempre encontraremos personas que reúnen ambas cosas: conocen profundamente un área porque trabajan profesionalmente en ella y, además, poseen la capacidad y el deseo de comunicarla.

Utilizamos una analogía futbolística durante el programa.

No todo futbolista profesional sería un buen comentarista. De hecho, probablemente la mayoría no lo sería. Pero cuando encontramos a un exjugador que además aprendió a comunicar bien, puede aportar algo muy difícil de reproducir: la experiencia de haber estado dentro de la cancha.

Algo parecido ocurre en ciencia.

Quien investiga puede compartir no solamente el resultado final, sino cómo se piensa un problema, qué significa equivocarse, cómo se reconoce una buena pregunta, por qué una explicación resulta convincente y qué incertidumbres continúan abiertas.

Pero eso tampoco aparece mágicamente.

El científico que quiera divulgar debe aprender a hacerlo. Necesita practicar, escuchar críticas, estudiar técnicas de comunicación y, sobre todo, tener la intención permanente de mejorar.

La divulgación no debería ser un trámite

Aquí aparece otro problema.

Cuando las instituciones convierten la divulgación en un requisito de evaluación académica, existe el riesgo de transformar una actividad valiosa en una casilla que simplemente debemos marcar.

Damos una charla.

Conseguimos una constancia.

Entregamos el papel.

Cumplimos.

El problema no es pedir a la comunidad científica que mantenga una relación con la sociedad. Todo lo contrario. Quienes trabajamos en instituciones públicas tenemos razones importantes para buscar ese contacto.

El problema aparece cuando confundimos contabilizar actividades con producir divulgación de calidad.

Una comunidad científica saludable debería generar naturalmente divulgadores, de la misma manera que genera buenos docentes, buenos mentores, buenos organizadores y buenos investigadores. No todos tienen que desempeñar todas esas funciones con la misma intensidad.

Sería mucho más útil identificar a quienes poseen interés y aptitudes para la divulgación, ayudarlos a desarrollarlas y reconocer seriamente su trabajo, en lugar de obligar a todos a acumular actividades para satisfacer un sistema de evaluación.

Divulgar es compartir una manera de mirar el mundo

Quizá aquí se encuentra la idea que mejor resume la conversación.

La divulgación científica no debería limitarse a decirle al público qué sabe la ciencia.

En sus mejores versiones, también permite mostrar cómo llegó a saberlo.

La diferencia es enorme.

Podemos contar que Neptuno existe. Mucho más interesante es contar que hubo un momento en el que nadie lo había visto, pero las matemáticas y la teoría gravitacional indicaban que algo debía encontrarse allí.

Podemos decir que una determinada afirmación es falsa. Mucho más poderoso es proporcionar herramientas para que una persona pueda preguntarse por qué lo es.

Podemos enseñar una lista de resultados científicos. O podemos despertar curiosidad por la extraordinaria aventura intelectual mediante la cual los seres humanos intentamos comprender la naturaleza.

Para mí, ahí está una de las razones más importantes para divulgar.

No pretendemos convertir a toda la sociedad en científicos.

Pretendemos contribuir, aunque sea modestamente, a construir una sociedad en la que más personas estén dispuestas a preguntar, dudar, buscar evidencia, distinguir entre una opinión y un argumento y cambiar de parecer cuando los hechos así lo exijan.

Y si además logramos transmitir algo del asombro que sentimos quienes tenemos la fortuna de dedicarnos a estudiar la naturaleza, mucho mejor.

Eso también es divulgar ciencia.

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