Episodio 26 – 2026: Divulgación

septiembre 23, 2026

Video de la sesión en vivo: https://youtube.com/live/ANY88LbLsr8

Participantes:

  • Luis Cruz
  • Fefo

Referencias:

Introducción

¿Qué significa realmente divulgar ciencia?

A primera vista, la respuesta parece sencilla: tomar conocimiento científico y comunicarlo a personas que no son especialistas. Pero basta pensarlo un poco para descubrir que la cosa es bastante más complicada.

Comunicar, informar, enseñar, hacer periodismo científico y divulgar ciencia son actividades relacionadas, pero no son exactamente lo mismo. Y confundirlas puede llevarnos a perder de vista una pregunta mucho más importante:

¿Para qué queremos divulgar ciencia?

Esa fue una de las preguntas centrales de este episodio de Hablemos de Ciencia con Fefo.

Comunicar no es necesariamente divulgar

Todos comunicamos información constantemente. Podemos comunicar el resultado de un partido de futbol, explicar cómo realizar un trámite, hablar de política, compartir una receta o contar una noticia científica.

Pero transmitir información no convierte automáticamente una actividad en divulgación científica.

Tampoco divulgar es exactamente lo mismo que educar. La educación normalmente persigue objetivos formativos explícitos: queremos que alguien aprenda determinado contenido, desarrolle ciertas habilidades y, muchas veces, sea capaz de demostrar posteriormente que adquirió ese conocimiento.

La divulgación puede producir aprendizaje —y sería extraño que una buena divulgación no lo hiciera—, pero no necesariamente pretende sustituir a una clase.

Y existe todavía otra actividad cercana: el periodismo científico.

Un buen periodista científico investiga, contrasta fuentes, contextualiza información, entrevista especialistas y utiliza las herramientas profesionales del periodismo para contar una historia relevante. Su función es extraordinariamente importante, pero sus objetivos y métodos no son necesariamente los mismos que los de la divulgación científica. En la conversación incluso planteamos que México necesita más y mejores periodistas especializados en ciencia.

Entonces, ¿qué queremos lograr cuando divulgamos?

Aquí aparece, para mí, la cuestión fundamental: la intencionalidad.

Antes de decidir cómo divulgar deberíamos preguntarnos para qué lo estamos haciendo y con quién queremos comunicarnos.

No es lo mismo hablar de ciencia con niñas y niños que con adolescentes, docentes, empresarios, adultos mayores, funcionarios públicos o un público general. Cada audiencia posee experiencias, intereses y necesidades diferentes. Y, por lo tanto, una estrategia de divulgación que funciona maravillosamente con un grupo puede fracasar por completo con otro.

Incluso las motivaciones del divulgador pueden ser distintas.

Alguien puede divulgar simplemente porque la ciencia le parece maravillosa y quiere compartir ese entusiasmo. Otra persona puede intentar despertar vocaciones científicas. Alguien más puede querer acercar un descubrimiento reciente al público.

Todas pueden ser motivaciones perfectamente legítimas.

Pero existe otra que considero especialmente importante.

Vivimos en una sociedad científica y tecnológica

Nunca habíamos dependido tanto de la ciencia y la tecnología.

Los teléfonos que llevamos en el bolsillo, los medicamentos que utilizamos, la energía, los sistemas de comunicación, los alimentos, el transporte y buena parte de nuestra economía son resultado directo o indirecto del conocimiento científico y tecnológico.

Paradójicamente, podemos vivir rodeados de tecnología y continuar siendo profundamente analfabetos desde el punto de vista científico.

Y aquí es importante aclarar qué entiendo por analfabetismo científico.

No significa desconocer el nombre de determinadas moléculas, no recordar una fórmula de física o ser incapaz de enumerar especies de plantas. Nadie necesita convertirse en científico para desenvolverse razonablemente en una sociedad moderna.

El problema fundamental es otro: nuestra capacidad para discernir, analizar evidencia y pensar críticamente.

Una sociedad científicamente alfabetizada no es aquella en la que todos conocen mucha ciencia de memoria. Es aquella en la que una fracción cada vez mayor de las personas posee herramientas para preguntarse:

¿De dónde viene esta afirmación?

¿Qué evidencia la respalda?

¿Es confiable la fuente?

¿La conclusión realmente se desprende de los datos?

¿Existe otra explicación?

¿Qué tendría que ocurrir para que cambiara de opinión?

Esas preguntas son parte de la cultura científica.

Divulgación y pensamiento crítico

Por eso la divulgación puede desempeñar un papel que va mucho más allá de contar curiosidades científicas.

Puede contribuir a familiarizarnos con una manera de pensar.

La ciencia no es solamente una colección gigantesca de respuestas. Es también —y quizá principalmente— una manera organizada de enfrentarnos a nuestra ignorancia.

Observamos algo, proponemos explicaciones, calculamos consecuencias, las contrastamos con la realidad y estamos dispuestos a abandonar o modificar nuestras ideas cuando la evidencia no coincide con ellas.

Al inicio del programa apareció accidentalmente un ejemplo precioso.

En el siglo XIX, pequeñas anomalías en las órbitas de Urano y Mercurio parecían plantear problemas semejantes. En ambos casos podía imaginarse que la desviación se debía a la influencia gravitacional de un planeta todavía desconocido.

Para Urano, esa estrategia funcionó espectacularmente: los cálculos condujeron al descubrimiento de Neptuno.

Para Mercurio, no.

La pequeña anomalía en la precesión de su perihelio terminó formando parte de una historia mucho más profunda: no hacía falta simplemente otro planeta; necesitábamos una teoría de la gravedad más general que la newtoniana. La relatividad general proporcionó esa nueva descripción.

Dos anomalías aparentemente parecidas condujeron a historias científicas muy distintas.

Eso también es cultura científica: no decidir de antemano cuál tiene que ser la respuesta y permitir que la evidencia nos obligue a cambiar de explicación.

¿Divulgación o entretenimiento?

Las redes sociales han democratizado extraordinariamente nuestra capacidad de comunicación. Hoy prácticamente cualquier persona puede producir contenido y llegar potencialmente a miles o millones de personas.

Eso es maravilloso.

Pero también ha producido incentivos particulares.

La competencia por nuestra atención favorece videos muy cortos, imágenes espectaculares, gesticulación, títulos provocadores, edición frenética y mensajes diseñados para generar una reacción inmediata.

Nada de eso es malo por sí mismo. La ciencia puede ser divertida. Un divulgador puede hacernos reír. Una producción audiovisual extraordinaria puede ser una herramienta magnífica.

El problema aparece cuando el entretenimiento deja de ser el vehículo y se convierte en el objetivo.

Si después de consumir una pieza de supuesta divulgación científica el público solamente recuerda que algo era “increíble”, “brutal”, “aterrador” o “alucinante”, quizá comunicamos emoción, pero no necesariamente contribuimos a comprender mejor la ciencia.

En el episodio planteamos una preocupación todavía más incómoda: subestimar a nuestra audiencia. Asumir que las personas no pueden concentrarse, razonar o interesarse por una explicación que requiera algunos minutos de atención termina produciendo contenidos construidos bajo esa misma expectativa.

Divulgar no debería significar eliminar la complejidad hasta que no quede nada.

El verdadero reto consiste en hacer accesible una idea sin destruirla en el proceso.

¿Quién debe divulgar ciencia?

Esta pregunta produjo una parte particularmente interesante de nuestra conversación.

¿Tiene que ser científico quien divulga ciencia?

No.

Existen comunicadores y periodistas extraordinarios que no son investigadores y que realizan un trabajo indispensable.

Pero también defendí una idea que considero importante: necesitamos identificar y apoyar a aquellos científicos que poseen interés y habilidad para divulgar.

La mayoría de los científicos probablemente no seremos buenos divulgadores. Tener conocimiento especializado no garantiza saber explicarlo. Son habilidades distintas.

Pero dentro de una comunidad científica suficientemente grande siempre encontraremos personas que reúnen ambas cosas: conocen profundamente un área porque trabajan profesionalmente en ella y, además, poseen la capacidad y el deseo de comunicarla.

Utilizamos una analogía futbolística durante el programa.

No todo futbolista profesional sería un buen comentarista. De hecho, probablemente la mayoría no lo sería. Pero cuando encontramos a un exjugador que además aprendió a comunicar bien, puede aportar algo muy difícil de reproducir: la experiencia de haber estado dentro de la cancha.

Algo parecido ocurre en ciencia.

Quien investiga puede compartir no solamente el resultado final, sino cómo se piensa un problema, qué significa equivocarse, cómo se reconoce una buena pregunta, por qué una explicación resulta convincente y qué incertidumbres continúan abiertas.

Pero eso tampoco aparece mágicamente.

El científico que quiera divulgar debe aprender a hacerlo. Necesita practicar, escuchar críticas, estudiar técnicas de comunicación y, sobre todo, tener la intención permanente de mejorar.

La divulgación no debería ser un trámite

Aquí aparece otro problema.

Cuando las instituciones convierten la divulgación en un requisito de evaluación académica, existe el riesgo de transformar una actividad valiosa en una casilla que simplemente debemos marcar.

Damos una charla.

Conseguimos una constancia.

Entregamos el papel.

Cumplimos.

El problema no es pedir a la comunidad científica que mantenga una relación con la sociedad. Todo lo contrario. Quienes trabajamos en instituciones públicas tenemos razones importantes para buscar ese contacto.

El problema aparece cuando confundimos contabilizar actividades con producir divulgación de calidad.

Una comunidad científica saludable debería generar naturalmente divulgadores, de la misma manera que genera buenos docentes, buenos mentores, buenos organizadores y buenos investigadores. No todos tienen que desempeñar todas esas funciones con la misma intensidad.

Sería mucho más útil identificar a quienes poseen interés y aptitudes para la divulgación, ayudarlos a desarrollarlas y reconocer seriamente su trabajo, en lugar de obligar a todos a acumular actividades para satisfacer un sistema de evaluación.

Divulgar es compartir una manera de mirar el mundo

Quizá aquí se encuentra la idea que mejor resume la conversación.

La divulgación científica no debería limitarse a decirle al público qué sabe la ciencia.

En sus mejores versiones, también permite mostrar cómo llegó a saberlo.

La diferencia es enorme.

Podemos contar que Neptuno existe. Mucho más interesante es contar que hubo un momento en el que nadie lo había visto, pero las matemáticas y la teoría gravitacional indicaban que algo debía encontrarse allí.

Podemos decir que una determinada afirmación es falsa. Mucho más poderoso es proporcionar herramientas para que una persona pueda preguntarse por qué lo es.

Podemos enseñar una lista de resultados científicos. O podemos despertar curiosidad por la extraordinaria aventura intelectual mediante la cual los seres humanos intentamos comprender la naturaleza.

Para mí, ahí está una de las razones más importantes para divulgar.

No pretendemos convertir a toda la sociedad en científicos.

Pretendemos contribuir, aunque sea modestamente, a construir una sociedad en la que más personas estén dispuestas a preguntar, dudar, buscar evidencia, distinguir entre una opinión y un argumento y cambiar de parecer cuando los hechos así lo exijan.

Y si además logramos transmitir algo del asombro que sentimos quienes tenemos la fortuna de dedicarnos a estudiar la naturaleza, mucho mejor.

Eso también es divulgar ciencia.


Episodio 25 – 2026: Declinismo, marmotas y fungicidas

septiembre 16, 2026

Video de la sesión en vivo: https://youtube.com/live/FY54JMIE5vA

Participantes:

  • Luis Cruz
  • Fefo

Referencias:

Introducción

En el episodio 25 de Hablemos de Ciencia con Fefo terminamos hablando de tres temas que, a primera vista, parecen no tener absolutamente nada que ver entre sí: nuestra tendencia a pensar que el pasado fue mejor, una epidemia de peste entre cazadores de hace miles de años y una nueva generación de productos biotecnológicos para proteger cultivos. De ahí el título: “Declinismo, marmotas y fungicidas”.

Y, sin embargo, hay un hilo que conecta los tres asuntos: la manera en que construimos explicaciones sobre el mundo y lo fácil que resulta sustituir evidencia por intuiciones, recuerdos o ideas preconcebidas.

¿De verdad todo tiempo pasado fue mejor?

“Antes las cosas estaban mejor”. Todos hemos escuchado la frase y probablemente muchos la hemos dicho.

El fenómeno suele asociarse con el declinismo: la tendencia a percibir el pasado de manera más favorable y el presente como una etapa de deterioro. En el programa comentamos que esto no significa que todas las cosas sean hoy mejores que ayer. Hay problemas concretos para los cuales podemos encontrar periodos anteriores claramente mejores. La violencia que actualmente afecta a diversas regiones de México fue precisamente uno de los ejemplos utilizados durante la conversación.

El problema aparece cuando pasamos de afirmaciones particulares a una conclusión mucho más ambiciosa: la humanidad está peor que antes.

Para sostener algo así no basta con recordar nuestra infancia, comparar el presente con una década especialmente agradable o seleccionar algunos acontecimientos recientes. Necesitamos decidir qué significa “estar mejor”, establecer indicadores y comparar periodos suficientemente largos.

Además, el progreso no tiene por qué ser lineal. Una tendencia histórica puede coexistir con retrocesos importantes. Podemos avanzar durante décadas en ciertos indicadores y después sufrir una crisis. Reconocer una tendencia de largo plazo no significa afirmar que cada año sea mejor que el anterior ni que el progreso esté garantizado. Esa distinción fue una parte central de nuestra discusión.

Por eso una evaluación seria del declinismo requiere mucho más que impresiones. Necesita historia, ciencias sociales, economía, estadística, matemáticas y, por supuesto, una discusión cuidadosa sobre cuáles indicadores utilizamos y por qué.

Y entonces aparecieron las marmotas…

Una de las historias científicas del episodio nos llevó miles de años hacia atrás, hasta las orillas del lago Baikal, en Siberia.

Comentamos un estudio sobre restos humanos de poblaciones de cazadores-recolectores que vivieron en esa región hace aproximadamente 5,500 años. El análisis de restos antiguos permitió encontrar evidencia de Yersinia pestis, la bacteria asociada con la peste. Lo sorprendente es que se trataba de poblaciones relativamente pequeñas y dispersas, muy diferentes de las grandes concentraciones humanas que normalmente asociamos con epidemias históricas como la peste negra medieval.

La reconstrucción fue posible combinando distintas herramientas científicas: restos arqueológicos, análisis de ADN antiguo y técnicas de datación. En la conversación destacamos precisamente eso: lo extraordinario que resulta que la ciencia moderna pueda tomar huesos de personas que murieron hace milenios y reconstruir parte de la historia epidemiológica de una población.

¿Y las marmotas?

Estos animales formaban parte de la dieta de aquellas poblaciones y podían actuar como reservorios de la bacteria. Esto ofrecía una posible explicación de cómo podía circular el patógeno incluso en comunidades que no vivían hacinadas. Además, la variante antigua discutida en el episodio presentaba características diferentes de las cepas posteriormente asociadas con la transmisión mediante pulgas, lo que hacía todavía más interesante reconstruir su mecanismo de propagación.

La lección no es únicamente “cuidado con las marmotas”. Es mucho más interesante: nuestro conocimiento del pasado cambia cuando aparecen nuevas evidencias. Una hipótesis razonable puede sobrevivir durante años y modificarse cuando nuevas técnicas permiten hacer preguntas que antes eran imposibles de contestar.

Eso es precisamente lo que esperamos de la ciencia.

Del pasado remoto al RNA

El tercer tema nos llevó en la dirección contraria: hacia tecnologías que apenas estamos comenzando a utilizar.

Comentamos el desarrollo de productos agrícolas basados en RNA capaces de interferir con procesos biológicos muy específicos. La idea general es extraordinariamente atractiva: en lugar de recurrir exclusivamente a productos químicos de acción amplia, es posible diseñar moléculas dirigidas contra genes o procesos específicos del organismo que queremos controlar.

En el episodio hablamos del caso de una empresa de biotecnología y de la posibilidad de introducir en México este tipo de productos para aplicaciones agrícolas. También discutimos proyectos destinados al tratamiento de malezas y al desarrollo de productos más selectivos, incluyendo tecnologías pensadas para reducir daños sobre organismos benéficos como las abejas.

Más allá de una empresa o producto particular, lo importante es el principio: la biotecnología moderna nos permite intervenir con una precisión que simplemente no existía para los agricultores de generaciones anteriores.

Y aquí regresamos al declinismo.

No necesitamos regresar al pasado

Existe una tentación comprensible de identificar “natural”, “tradicional” o “ancestral” con bueno, y “moderno”, “tecnológico” o “artificial” con malo.

Pero la antigüedad de una práctica no constituye evidencia de su eficacia, de la misma manera que la novedad de una tecnología tampoco garantiza que sea segura o beneficiosa.

Lo que necesitamos es evidencia.

Una nueva tecnología agrícola debe demostrar que funciona y debe someterse a evaluaciones rigurosas de seguridad e impacto ambiental. Si supera esas pruebas, entonces podemos comparar sus ventajas y riesgos con los de las alternativas existentes.

No necesitamos cultivar exactamente como se hacía hace tres mil años simplemente porque aquella agricultura fuera más “natural”. Tampoco debemos adoptar una tecnología simplemente porque sea novedosa. La pregunta relevante es qué nos dice la evidencia. Esta conexión entre biotecnología y declinismo aparece explícitamente hacia el final del episodio.

Y también recordamos a un mexicano extraordinario

Aprovechando las fechas patrias, en el episodio hicimos además una pequeña pausa para recordar a Maximiliano Ruiz Castañeda, un médico e investigador mexicano cuyo nombre es sorprendentemente poco conocido.

Hablamos de su trabajo sobre el tifo, de sus investigaciones para cultivar Rickettsia utilizando pulmones de ratas y de su contribución al desarrollo de una vacuna. También recordamos el llamado frasco de Castañeda, desarrollado posteriormente para facilitar el diagnóstico de la brucelosis.

Castañeda regresó a México y continuó investigando enfermedades que afectaban especialmente a poblaciones pobres y que no siempre recibían la atención científica que merecían. Murió en 1992, después de una larga vida dedicada a la investigación.

Hay muchas formas de celebrar a México. Una de ellas es conocer a los mexicanos que, mediante la ciencia, contribuyeron a mejorar la vida de personas mucho más allá de nuestras fronteras.

Mirar hacia atrás sin idealizarlo

Quizá esa sea la idea que mejor une los temas de este episodio.

El pasado es fascinante. Podemos estudiarlo, aprender de él y maravillarnos ante lo que nuestros antepasados fueron capaces de hacer. Pero conocer el pasado no significa idealizarlo.

Hace 5,500 años, comunidades humanas aparentemente aisladas podían ser devastadas por una bacteria que ni siquiera podían saber que existía. Hace menos de un siglo, investigadores buscaban desesperadamente maneras de producir vacunas contra enfermedades que habían diezmado poblaciones enteras. Hoy podemos recuperar ADN de aquellos muertos, reconstruir epidemias desaparecidas y diseñar moléculas de RNA dirigidas contra procesos biológicos específicos.

Nada de esto significa que vivamos en un mundo perfecto. Mucho menos que el futuro necesariamente será mejor.

Significa algo más modesto y, al mismo tiempo, más poderoso: hemos aprendido cosas.

Y quizá una buena manera de combatir el declinismo sea precisamente esa: no preguntarnos únicamente si sentimos que antes estábamos mejor, sino detenernos a preguntar qué sabemos, cómo lo sabemos y qué evidencia tenemos para afirmarlo.

Ese, después de todo, es uno de los hábitos fundamentales del pensamiento científico.


Episodio 4 – 2026: Cáncer de páncreas y periodismo amarillista

febrero 13, 2026

En este episodio de Hablemos de Ciencia con Fefo nos adentramos en un tema tan delicado como esperanzador: el desarrollo de una nueva terapia para el cáncer de páncreas, una de las enfermedades más agresivas y difíciles de tratar en la actualidad.

La charla se construye desde un enfoque claro y accesible, pensado para todo público. No se trata solo de anunciar un avance médico, sino de explicar qué hay detrás: cómo funciona la nueva terapia, qué la hace diferente de los tratamientos tradicionales y, sobre todo, qué significa realmente cuando escuchamos frases como “nuevo tratamiento prometedor”.

Uno de los puntos importantes del episodio es poner los pies en la tierra: no se venden milagros. Se explica que la ciencia avanza con pasos pequeños pero firmes: primero vienen los experimentos en laboratorio, luego los estudios en modelos biológicos, después los ensayos clínicos… y solo tras mucho trabajo se puede hablar de terapias disponibles para pacientes. Este contexto es fundamental para evitar falsas expectativas y entender por qué el proceso científico lleva tiempo.

También se aborda algo clave en la divulgación: la diferencia entre un resultado preliminar y una solución médica real. El episodio invita a escuchar las noticias científicas con entusiasmo, sí, pero también con pensamiento crítico. ¿En qué fase está el estudio? ¿A cuántas personas se ha probado? ¿Qué limitaciones tiene?

Una entrega especialmente recomendable para quienes quieren informarse sin sensacionalismo, comprender mejor cómo se desarrollan los tratamientos médicos y mantener viva la curiosidad científica.

Puedes ver el episodio aquí: https://youtube.com/live/wqYYeL1G5mw