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Invitados
Daniel Martínez Castro – Instituto de Geofísica del Perú
César Terrero – Universidad de Colima (U de C)
Introducción
En el episodio 29 de Hablemos de Ciencia con Fefo partimos de una pregunta deliberadamente provocadora: ¿cómo se va a acabar la vida en el planeta? La conversación terminó llevándonos por El Niño, huracanes, cambio climático, modelos científicos, inteligencia artificial y centros de datos.
Para hablar del tema nos acompañaron Luis Cruz, docente de matemáticas de la Universidad de Colima; César Terrero, doctor en física e investigador de la misma universidad; y, por primera vez en el programa, Daniel Martínez, doctor en ciencias físicas e investigador del Instituto de Geofísica del Perú.
¿Realmente está pasando algo fuera de lo normal?
Huracanes, lluvias torrenciales, sequías, olas de calor, incendios, deshielo… Hoy recibimos noticias de fenómenos extremos prácticamente en tiempo real y desde cualquier lugar del planeta. Es fácil que esa avalancha de información produzca la impresión de que todo está ocurriendo al mismo tiempo y con mayor frecuencia que antes.
Pero una de las ideas centrales de nuestra conversación fue precisamente la necesidad de separar percepción de evidencia.
César planteó al inicio una pregunta fundamental: ¿estamos realmente viviendo una temporada anómala o simplemente tenemos una capacidad mucho mayor para enterarnos de lo que sucede en todas partes? Y, si existen anomalías, ¿son consecuencia de El Niño, del cambio climático o de una combinación de distintos fenómenos?
La respuesta no puede obtenerse mirando por la ventana ni contando las noticias que aparecen en nuestras redes sociales. Hace falta recurrir a observaciones sistemáticas, estadísticas y modelos físicos.
¿Qué es El Niño?
El Niño es un fenómeno natural asociado a cambios en la temperatura superficial del océano Pacífico tropical y a la respuesta acoplada del océano y de la atmósfera.
Daniel explicó que algunas de las regiones particularmente importantes para caracterizarlo son las conocidas como Niño 3.4 en el Pacífico tropical central, y Niño 1+2, más cerca de la costa sudamericana. Cuando estas enormes regiones oceánicas se calientan, se modifica la circulación atmosférica: el aire caliente y húmedo asciende, favoreciendo convección, formación de nubes y tormentas, mientras que en otras regiones aparecen movimientos descendentes que pueden inhibir las precipitaciones.
Y aquí importa muchísimo la escala. No estamos hablando de una mancha caliente en el mar del tamaño de una ciudad. Estamos hablando de regiones que se extienden miles de kilómetros.
Detrás de todo ello existe una interacción fascinante entre los vientos alisios, las corrientes oceánicas, el afloramiento de aguas profundas y la circulación atmosférica. Frente a la costa de Perú, por ejemplo, los vientos contribuyen a desplazar el agua superficial y permiten que ascienda agua profunda más fría. Ese acoplamiento entre océano y atmósfera es parte esencial de la dinámica del Pacífico tropical.
El Niño no significa simplemente “más calor”
Una distinción importante es que El Niño no es sinónimo de cambio climático.
El Niño y La Niña forman parte de una oscilación natural del sistema océano-atmósfera. Durante El Niño ciertas regiones del Pacífico tropical presentan temperaturas superficiales superiores a las habituales; durante La Niña ocurre el comportamiento opuesto. Entre ambos pueden existir condiciones neutrales.
Además, los efectos no son iguales en todo el planeta. Una modificación de la circulación atmosférica puede favorecer lluvia en una región y sequía en otra.
Un ejemplo discutido durante el programa fue el de los ciclones tropicales. Daniel señaló que existe evidencia de que El Niño tiende a inhibir la actividad de huracanes en el Atlántico. La relación con la actividad ciclónica del Pacífico es más complicada y no debemos convertir una correlación observada en una relación causal sin evidencia suficiente.
Esta distinción es muy importante: que dos fenómenos coincidan no significa automáticamente que uno sea la causa del otro.
Entonces, ¿qué tiene que ver el cambio climático?
Aquí llegamos al punto más importante de la conversación.
El Niño es una oscilación natural. El cambio climático introduce una tendencia de fondo sobre la cual ocurren esas oscilaciones.
Una manera sencilla de visualizarlo es imaginar una señal que naturalmente sube y baja, pero cuyo nivel promedio va aumentando. Aunque las oscilaciones continúen, sus valores extremos pueden alcanzarse ahora sobre una temperatura media diferente.
Daniel lo explicó señalando que la temperatura media del planeta y de los océanos ha aumentado y que los fenómenos naturales ocurren sobre ese nuevo fondo climático. También destacó que las proyecciones climáticas anticipan cambios en los patrones de precipitación y un aumento de distintos extremos climáticos.
Esto nos obliga a evitar dos simplificaciones opuestas:
“Todo fenómeno extremo es causado por el cambio climático.”
y
“Como siempre han existido huracanes, sequías e inundaciones, el cambio climático no tiene nada que ver.”
Ninguna de las dos afirmaciones describe adecuadamente un sistema tan complejo.
¿Cómo sabemos que el calentamiento actual tiene una componente humana?
Esta pregunta apareció directamente entre los comentarios del público.
La respuesta nos llevó a hablar de una herramienta fundamental de la ciencia moderna: los modelos.
Un modelo climático no es simplemente una gráfica producida por una computadora ni una adivinanza sofisticada. Es una descripción matemática construida a partir de leyes físicas, alimentada por observaciones y sometida a procedimientos de validación y comparación.
Como comentó César durante el programa, cuando hablamos de modelos nos referimos a descripciones matemáticas de leyes físicas que, utilizando datos, permiten estudiar la evolución del sistema.
Los modelos pueden confrontarse con el clima que ya observamos. Además, pueden realizarse simulaciones incorporando distintos factores. Daniel describió un resultado especialmente importante: cuando se incluyen los cambios en las concentraciones de gases de efecto invernadero, los modelos reproducen la tendencia de calentamiento observada; cuando se elimina artificialmente ese incremento, permanece la variabilidad natural, pero no se reproduce de la misma manera el aumento observado de la temperatura media.
Eso constituye una parte importante de la evidencia científica que permite atribuir una fracción dominante del calentamiento moderno a las actividades humanas.
No basta con decir: “yo siento que hace más calor”
Una de mis partes favoritas de la discusión fue precisamente la distinción entre experiencia cotidiana y medición científica.
Todos podemos decir:
“Este año hizo muchísimo calor.”
O:
“Nunca había visto llover así.”
Nuestra experiencia importa, pero no basta para establecer una tendencia climática.
La analogía que apareció en la conversación fue muy sencilla: podemos tocar la frente de alguien y pensar que tiene fiebre, pero es mucho mejor ponerle un termómetro.
Con el planeta hacemos algo parecido, sólo que nuestro “termómetro” es extraordinariamente más complejo. Utilizamos estaciones meteorológicas, boyas oceánicas, satélites y mediciones de temperatura, presión, humedad, viento, nivel del mar y muchas otras variables.
Y aunque los registros instrumentales modernos tienen una duración limitada, también disponemos de información paleoclimática obtenida indirectamente de distintos registros naturales. Nuestro conocimiento del clima pasado, por tanto, no comienza con la invención de los satélites.
Y entonces apareció la inteligencia artificial…
La segunda parte de la pregunta del título era inevitable.
¿Puede la inteligencia artificial ayudarnos frente al cambio climático o terminará convirtiéndose en otro problema?
Daniel resumió muy bien la primera parte: la IA es una herramienta extraordinariamente poderosa. Puede acelerar cálculos, analizar enormes cantidades de información y ayudarnos a comprender sistemas complejos. Él mismo comentó que ya la utiliza de manera habitual en su trabajo.
La IA podría ayudarnos a mejorar modelos, analizar observaciones y explorar estrategias. Pero existe una diferencia enorme entre encontrar técnicamente una posible solución y lograr que sociedades y gobiernos decidan implementarla.
Una IA puede ayudarnos a determinar qué convendría hacer, no necesariamente puede convencernos de hacerlo.
Y ahí la conversación inevitablemente se volvió un poco de ciencia ficción: quizá una inteligencia artificial suficientemente avanzada llegue a concluir que el problema somos nosotros. ¡Esperemos que no llegue a tanto!
La paradoja de los centros de datos
Hay, además, una ironía interesante.
La IA que podría ayudarnos a estudiar el cambio climático requiere una enorme infraestructura computacional. Los centros de datos consumen energía y necesitan sistemas de enfriamiento; su expansión plantea, por tanto, preguntas ambientales que no pueden ignorarse.
Durante el programa discutimos precisamente esta tensión: el crecimiento acelerado de la IA exige aumentar la infraestructura computacional, mientras que simultáneamente necesitamos hacer esa infraestructura mucho más eficiente y alimentarla, en la medida de lo posible, mediante fuentes de energía con bajas emisiones.
No se trata entonces de declarar que “la IA contamina” y detener ahí la discusión. La pregunta interesante es cuantitativa: ¿cuánta energía utiliza?, ¿de dónde proviene?, ¿cuánta agua requiere?, ¿cómo evolucionará esa demanda y qué mejoras tecnológicas pueden reducir su impacto?
Es exactamente el tipo de problema en el que necesitamos más ciencia, no menos.
El planeta probablemente estará bien; nosotros somos otra historia
Quizá la precisión más importante de todo el episodio apareció cuando hablábamos del “fin del mundo”.
El cambio climático difícilmente acabará con el planeta Tierra. Nuestro planeta ha pasado por condiciones muchísimo más extremas durante sus miles de millones de años de historia.
El asunto es otro:
¿seguirá siendo igualmente habitable para nosotros?
Las condiciones que permiten prosperar a nuestra civilización representan solamente una pequeña región del enorme espacio de condiciones físicas que puede experimentar un planeta. Ya hoy las temperaturas extremas pueden representar un riesgo grave para poblaciones vulnerables, y cambios suficientemente grandes pueden modificar dónde y cómo resulta posible vivir.
La Tierra puede continuar.
La vida puede continuar.
Eso no garantiza que nuestra civilización pueda continuar de la misma manera.
Ciencia frente a percepción
Al final, quizá el hilo conductor del episodio no fue realmente El Niño, ni la inteligencia artificial, ni siquiera el cambio climático.
Fue cómo sabemos lo que creemos saber.
Vivimos inundados de información. Cada huracán, terremoto, incendio o inundación aparece inmediatamente en nuestros teléfonos. Esa enorme disponibilidad de información es maravillosa, pero puede distorsionar nuestra percepción de frecuencia, intensidad y causalidad.
Por eso necesitamos medir. Comparar. Construir modelos. Buscar mecanismos físicos. Contrastar predicciones con observaciones. Corregir los modelos cuando fallan. Y distinguir siempre entre lo que parece estar ocurriendo y lo que los datos permiten afirmar.
Esa es precisamente la función de la ciencia.
Y si algo quedó claro en esta conversación es que los problemas son suficientemente serios como para que no necesitemos exagerarlos. La realidad, medida cuidadosamente, ya nos proporciona razones suficientes para prestar atención.
Escrito por fefino